Nuevo libro
Los terrores de la Antigua Roma, en el nuevo libro de Gonzalo Fontana
Gonzalo Fontana, profesor de Filología Latina en la Universidad de Zaragoza, ha presentado en Pamplona ‘Sub luce maligna’, una antología de textos sobre criaturas y hechos sobrenaturales


Actualizado el 25/06/2021 a las 06:00
El fantasma del muchacho comenzó a visitar a su madre cada noche. Aparecía corpóreo, sonrosado, feliz, y abrazaba y conversaba con ella a diario. Hasta que el padre se enteró y acudió, se desconoce si por miedo o por celos, a un mago para que encadenara al fantasma a su tumba y le impidiera salir, como así pasó. Al conocer la madre lo ocurrido, decidió llevar a su marido a juicio para que los jueces ordenaran la liberación del fantasma.
Este texto, 'El sepulcro encantado', es una declamación escolar que servía de modelo retórico para que los escolares romanos del siglo III aprendieran a hacer un discurso. Obviamente, el caso no es real, pero revela prácticas reales de los romanos, temerosos de que los cuerpos enterrados se transformaran y salieran de sus tumbas. Lo ha demostrado la arqueología con “hallazgos absolutamente macabros”, como esqueletos con los pies serrados, con enormes piedras en las rodillas o clavados por la boca al ataúd.
Son palabras de Gonzalo Fontana Elboj (Huesca, 1965), profesor titular de Filología Latina en la Universidad de Zaragoza, que el miércoles presentó en Pamplona 'Sub Luce Maligna'. Antología de textos de la Antigua Roma sobre criaturas y hechos sobrenaturales (Editorial Contraseña), sobre pasajes relativos a espectros, casas encantadas, vampiros, monstruos, dragones, licántropos o muertos vivientes que poblaban los temores y las fantasías de la Roma de la Antigüedad.
“He tratado de reconstruir aquellos miedos, una forma de vida en el fondo no tan distante a la nuestra”, sostuvo Fontana, que destacó la importancia del texto de El sepulcro encantado porque es el único con el que existe un refrendo literario de lo que se observa en la arqueología. Escrito en “un latín endemoniado”, lo ha incluido en la antropología, convirtiéndose “en la primera traducción al castellano”, contó en su presentación en la librería Ménades junto a Alfonso Castán, editor de Contraseña.
Estructurado en ocho capítulos con introducciones previas de Fontana, el libro contiene casi 120 textos, algunos jamás traducidos hasta ahora al castellano, entre textos literarios o inscripciones en piedras o tablillas, apuntó Fontana, especialista en Filología Clásica y en Historia de las Religiones y autor de diversas monografías académicas, como las relativas a la religión romana y al cristianismo primitivo.
Y si en la extensión de los textos hay variedad, también en los autores: de grandísimos como Virgilio -Fontana ha tomado para el título el sintagma sub luce maligna que aparece en el poema Eneida-, Horacio, Ovidio, Séneca, Cicerón... a otros menos conocidos como Floro, Valerio Máximo o Lactancio, e incluso anónimos, sobre todo en los capítulos dedicados a las maldiciones y conjuros amorosos que encargaban los romanos.
Y es que no podemos ver esas prácticas con los ojos de hoy. Fontana lo explicó. “Cuando nos enamoramos, pensamos que es algo que nos sale de dentro, que es nuestro. Para el romano, no pasaba así. Para él, el amor era un miasma que se le había metido dentro tras un hechizo amoroso, y hay miles de tablillas de gente que buscaba a un mago para que encadenara y sometiera sexualmente al fulano o la fulana por la que estaban interesados”, añadió el profesor, que reconoció entretenerse mucho “aprendiendo cosas nuevas” -“los licántropos, el Evangelio de Juan o inscripciones bizantinas en Jordania”-.
Más interesado por los romanos que por Roma, Fontana señaló que “la imagen que la élite romana transmitió de sí misma es muy distinta a la vida real de los romanos”, “bastante parecida” a la nuestra. “Vida desdichada, llena de temores y sin sentido, la materializaron a través de imágenes como metáforas de su angustia y fantasmas”. Porque los romanos temían que se les muriera un hijo, o el burro, y que se les quemara el pajar. “Y frente a nosotros que vivimos en un paisaje objetivo, taxonómico, indiferente, los romanos vivían en un mundo animado: realidad, plantas, rocas, árboles, bestias, aves... estaban llenas de alma y participaban en la forja del destino de los seres humanos, lo que llamamos magia”, explicó Fontana. Para nosotros, las plantas pueden ser venenosas si tienen determinados alcaloides, pero para los romanos el problema no estaba en los alcaloides, sino en la magia de la planta. Así, había que saber administrar la magia de plantas, rocas, animales... “porque intervenían en el destino de los hombres”. Por eso, en ese mundo asediado, los romanos trataban de defenderse y acudían a la bruja del barrio para pedir una maldición contra quien considerasen.
Porque el romano vivía en un mundo encantado, en una realidad que solo tenía sentido si el mundo circundante también. Hasta el siglo IV, hasta la extensión del cristianismo, “que sienta en las almas una forma de estar en el mundo en la que por fin el hombre es responsable de su destino”. “El cristianismo es salvarse o condenarse, y eso depende estrictamente de uno, es una experiencia solitaria, algo que no podían vivir los romanos: no concebían la idea de salvación”.