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Premios Tomás Belzunegui

"La mujer que aprendió del coronavirus", por Jose Murugarren

Artículo ganador del premio en la modalidad de relato corto en los XX Premios Tomás Belzunegui escrito por el periodista de ‘Diario de Navarra’ Jose Murugarren Leoz y que habla de Carmen a través de los ojos de su vecina

Relato corto premiado: La mujer que aprendió del coronavirus
Relato corto premiado: La mujer que aprendió del coronavirus
Publicado el 05/06/2021 a las 09:02
Con el coche detenido delante de un paso de peatones la he visto. Cruzaba despacito, agarrada a la mano de una mujer más joven. Su hija. Cuando la vida transita al ritmo de unas piernas de 90 años, la velocidad del mundo hace que te sientas frágil. Por eso, seguramente, me pide perdón con la mano abierta mientras cruza al otro lado de la calle. He frenado hasta detener el coche. Ella es mi vecina, la de la puerta de al lado. Tiene la mirada limpia, la actitud, bonachona y unos brazos, listos para abrazar. La veo y la recuerdo hace unos días cuando nos liberaron del confinamiento y pudo salir a recibir a los nietos. En el momento en que la puerta del ascensor se abrió y los descubrió, le brillaron los ojos y ocurrió el milagro.
Los dedos pequeños de las manos se le estiraron hasta la medida exacta que permitía encajar el rostro de sus niños. Hoy atraviesa la calle y me vienen al pensamiento imágenes del encierro. Una ocasión me dijo “imagina que todo va bien”. Era domingo y yo salía a comprar el pan y el periódico, entre dormido y abatido ante la expectativa de un día más en casa. Fue justo en el descansillo. Ella debió sentirme, abrió la puerta y me abordó.
-¿Qué tal?, preguntó.
-Resistiendo, como en la canción del ‘Dúo Dinámico’, bromeé. Lo hice por salir del paso. Pero debió notarlo. Tenía algún sexto sentido. Hizo un mohín como si descubriera que mi respuesta venía producida por un reflejo autómático. ¿Y usted?, proseguí.
-Acabo de oír misa por internet, me dijo. Y espero un ratito antes de llamar a mis nietos. ¿Llevas bien el encierro?
-Pues no del todo. Hay ratos que sí. Pero en muchas ocasiones me siento como un caracol encajado en su concha. No tengo costumbre de arrastrar la casa a la espalda...
-¡Bah!, me desautorizó. Tienes una concha de 90 metros con calefacción central, luz, frigorífico, ordenador, televisión y balcón con vistas al parque cuando quieras contemplar qué ocurre en la calle, dijo. Y una despensa suficientemente abastecida. Imagina que todo va bien, me soltó. Que el sol brilla y florecen los jardines, que no hay pandemia, que en los hospitales hay camas libres. Que los bares están abiertos.
-¿Eso se puede hacer?
- Por supuesto. Miéntete un poquito. Es domingo. Compra un pan crujiente. Disfruta de tu gente, de tu novela, de las series de la tele, de escuchar música, de la comida... ¡Hay tantas cosas! Y a la tarde tienes una cita con el ‘ejército blanco’, el que está en primera línea. Permítete disfrutar.
-¿Usted lo hace? Quiero decir, si finge que todo va bien.
-Pues claro, respondió sonriente…
El ascensor había llegado hacía un rato. Lo sujetaba presionando el interruptor mientras escuchaba las recomendaciones de Carmen, mi vecina nonagenaria. El tiempo pasaba volando. No así al vecino que llevaba un rato golpeando la puerta un piso más abajo. Él lo reclamaba y yo lo había retenido, abstraído por completo.
Mientras pulsaba el botón pensaba en la capacidad de la mente para moldear el ánimo, para tirar adelante.
A mí me costaba. Acostumbrado a encadenar el lunes al martes, miércoles, jueves, viernes…, y de repente el coronavirus y el confinamiento que nos obliga a frenar al caballo desbocado sobre el que cabalgamos. Fantaseamos con el fin de semana y cuando está delante para amarrarlo nos bloqueamos.
Como si el hábito de amanecer corriendo, llevar a los hijos al cole, trabajar, o comer en diez minutos se metiera en el cerebro y gobernara la voluntad con la fuerza de un mecanismo aprendido que ni siquiera cuando nos ofrecen parar y encerrarnos en casa sabemos detener. ¡Pero cuántas veces soñé con tener tiempo! Y tenía delante el ejemplo de una buena gestión de la situación. Una mujer de 90 años aislada frente al coronavirus y a quien la pandemia había estimulado a lo que en mi empresa llamarían reinventarse. Con 90 años no le han dolido prendas en interiorizar que tenía que darle una vuelta a su manera de organizarse, que tenía por ejemplo que meter tecnología en su vida para seguir conectada a su mundo.
Contaba su hija, la que ahora le acompañaba por el paso de cebra, que estas semanas el ‘whatsapp’ de Carmen echaba humo. Recibía y enviaba mensajes, a los nietos, a una hermana de Murcia… Escribía cada lunes los productos que necesitaba del supermercado y la familia se los hacía llegar.
No había contacto físico y, en ocasiones, junto a una bolsa con comida y escondidos entre las naranjas, los nietos mandaban dibujos. Un vecino que la vio en uno de esos episodios aseguró que la fruta se le cayó como consecuencia de un ataque de ternura. ¿Hay ataques de ternura?, pregunté ingenuo.
El testigo de ese ‘infarto emocional’ relató que uno de los dibujos, representaba un sol en el momento más espléndido del día. En el otro, un montón de corazones y un enorme letrero: “Entre el sol y los corazones faltas tú. Te queremos” dibujado con el trazo desigual de una criatura pequeñita. Cuando ella lo fue a recoger apartó los alimentos y abrazó los dibujos. La ternura fue un disparo que hizo diana en el centro del estómago, corrió como una ráfaga eléctrica hasta la glotis y le paralizó un instante el habla. Como si hubiera metido los dedos en un enchufe con descargas de dulzura y las emociones le bloquearan el movimiento de las manos. Se le cayeron las naranjas, los kiwis, la bolsa de pescado congelado, se desparramó el escabeche de una bolsa de aceitunas y el dulce de membrillo comprado a granel fue a dar contra el suelo de cerámica. ¡Qué fortaleza! Llevaba cincuenta días sola. Enganchada a la tecnología enviaba mensajes de texto, hablaba por teléfono y se había hecho experta en videollamadas gracias a la pericia de los nietos.
Ella no se quejaba. ¡Qué va! Pertenecía a esa generación de mujeres que no encuentra motivos para juzgar a los demás. No critica y solo ve en cada gesto razones para agradecer. Cuando se recuperó del ataque de emociones, entró en casa y preparó un dibujo para que fuera de vuelta la semana siguiente. Le enviaron la compra por el mismo procedimiento y antes de que el ascensor descendiera metió su pequeña obra de arte.
Con las pinturas de cera que guardaba en casa para cuando venían los nietos había garabateado una señora mayor con pelo gris y dos niños, con un trazo tan inseguro como el que le remitieron sus nietos la semana anterior y un mensaje: “La abuela Carmen con sus nietos. Os quiero”. Fui yo quien la sorprendiób en ese momento igual que ahora la contemplo cruzando la calle por el paso de cebra. Ella no se alteró. Al contrario. Me miró con sus ojos oscuros, brillantes , sonrió y me dijo: “Los adoro”, Y descubrí qué larga y hermosa puede ser la vida agradecida.
Pese a todo porque esta mujer también tuvo tiempos difíciles. Me saluda ahora con la mano. Y mis pensamientos se van con ella. Un día tomando café me contó que su marido la había abandonado. Bueno, ella simplemente dijo, “se marchó”. Tal vez porque abandonar contiene una carga de culpa que ella no utiliza ni al elegir los verbos. Carmen entonces era una mujer joven, estaba embarazada de ocho meses.
Las “cosas de la pareja”, así lo describió, no iban bien pero ella detrás de un problema trataba de alumbrar una solución. Su marido, una tarde, le anunció que la dejaba con una nota en el tocador. Sin palabras gruesas, sin grandes reflexiones. Ni siquiera recogió su ropa. Sencillamente se fue. Contaba que abrió los armarios y que reparó entonces que sus faldas y los pantalones seguían conviviendo. Que las dos corbatas que tenía colgaban de la misma percha que sus echarpes. Aquello podía entenderse como una forma de perpetuación del vínculo que les había unido. Ni siquiera aquel momento fue un drama. No hizo caso a las amigas que le decían “¡tíralo todo al contenedor!”. Carmen tenía, tiene, una manera de entender la vida en paz, una visión positiva pero sin expectativas ni exigencias. No hubo tragedia y supo deshacer los lazos que tejió otrora con su marido, sin dolor. Bastó que él en su nota de adiós dijera. “Lo siento. No pudo ser. Te quiero”, para consolarse, para perdonar si es que había algo que disculpar e incluso para perpetuar el afecto toda la vida. Pero nadie le escuchó que echara nada de menos. Cuando le venía a la mente aquel episodio solía decir. “La vida tiene sentido hacia adelante”.
Y así fue. Probablemente con tantos aprendizajes el del covid-19 era uno más. Sin darle más importancia que la que siempre dio a otros episodios. Esa era otra de las características de la forma de ver las cosas de Carmen. Las semanas que su hija no podía llevar la comida era Ana, una joven estudiante de Enfermería quien se acercaba a casa. Carmen preparaba la lista. Ana compartía vivienda dos pisos más abajo y se había ofrecido a ayudar a personas mayores para que el confinamiento resultara llevadero. Ana se animó el día en que murió su abuela. Era de la “misma pasta” que Carmen. Se lo contó un día por teléfono. Lo que no le dijo entonces es que la abuela Jacinta se fue sin despedida. El covid-19 se la llevó una mala mañana en la UCI. Nadie pudo decir adiós a la abuela más comunicativa del mundo. No la dejaron entrar.
No pudo abrazarla. Se le abrió un boquete dentro que no ha superado. Al día siguiente Ana dio el paso.
El primer día cuando Carmen preparó la nota añadió aclaraciones para que la enfermera no tuviera miedo. “Me he puesto los guantes para no infectarte”, escribió, sin reparar que quien corría peligro era ella. A Ana le bastó este mensaje para descubrir que Carmen forma parte de estos mayores que escriben la lista en un papel y lo acompañan con un cálculo generoso de lo que habrá de costar el encargo. “Lo que sobra para ti, indicaba. No he tocado el dinero” dejó subrayado para que Ana lo recogiera con confianza ¿Por qué hay que ser abuela, mayor, para ser depositario de tanto equilibrio y ternura?, se decía Ana cuando recogía los encargos.
-¿Y cómo se fue tu abuela?, preguntó Carmen una mañana después de recibir la compra por el ascensor.
A Ana se le hizo un nudo en la garganta. Se lo explicó en una videollamada. “Sufría fibrosis, una enfermedad pulmonar. Probablemente eso hizo más difícil que a sus 89 años, pudiera superar el coronavirus. Ingresó con fiebre y tos y un día después la llevaron a la UCI con una neumonía que no pudieron atajar. Murió sola. Ni siquiera pudimos llorarla en el cementerio. Me duele mucho... Llevo grabada una frase que me dijo mientras le acompañaba a la ambulancia el día que empezó a sentirse muy mal: “La imaginación es la mitad de la enfermedad...”
-La conozco, interrumpió Carmen en el mensaje de respuesta. “La imaginación es la mitad de la enfermedad, la tranquilidad, la mitad del remedio y la paciencia es el comienzo de la cura o la puerta hacia un final en paz”.
-Se la sabe usted. Quiero pensar que eso fue lo de mi abuela, la puerta hacia un final en paz.
Y me quedo pensando, flotando en esa imagen. Carmen alcanza la otra acera cogida por el brazo de su hija. Bueno…, hace un rato que ha debido llegar. Porque allí no están. Me he abstraído…, y estoy bloqueando el paso de cebra, con el coche parado. Un policía se me acerca y me dice que meta primera.
Antes me pide los papeles. Quiere saber si está justificada mi salida, si voy a trabajar.
-“Recuerde que estamos confinados, que no se puede abandonar el domicilio salvo para ir a trabajar, al supermercado o a la farmacia”. Lo tomo con calma. Incluso sonrío al agente. Saco mis papeles, y pienso “la paciencia es el comienzo de la cura o la puerta a un final en paz”.
-Gracias, dice el policía al devolverme el carné.
-Buenos días, le digo. Y vuelvo a sonreír. Arranco mientras me repito “la paciencia es el comienzo de la cura o la puerta a un final en paz”.
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