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Entrevista
Filosofía

Javier Gomá: “Todos somos ejemplo para todos, sea de barbarie o civilización”

Considerado uno de los intelectuales más influyentes de España, Gomá ha elaborado una filosofía que explica nuestro comportamiento por la ejemplaridad y la imitación. Hace unos días participó en un encuentro en Pamplona

Javier Gomá, instantes antes del encuentro que tuvo en Pamplona invitado por la asociación Co.CiudadaNa.
Javier Gomá, instantes antes del encuentro que tuvo en Pamplona invitado por la asociación Co.CiudadaNa.
Actualizada 17/05/2021 a las 06:00

La del filósofo Javier Gomá es una conversación sosegada, donde es inevitable tirar por elevación. En su discurso salen a menudo a relucir autores y títulos. En sus respuestas parece a veces escaparse con sus razonamientos solo para volver al final al tema requerido. El pensador, al que la revista Foreign Policy incluyó entre los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica, ha escrito libros de ensayo, centrados muchos en el concepto de ejemplaridad, se ha adentrado en el mundo del teatro y escribe con cierta asiduidad en la prensa española. La semana pasada viajó a Pamplona, para dar una conferencia invitado por Co.CiudadaNa, una asociación que busca “elaborar conocimiento mediante la acción reflexiva y propositiva” en Navarra.

¿Cómo ha andado la sociedad española de ejemplaridad durante la pandemia?
Soy muy creyente en la importancia de las costumbres. Cuando se estudia un país, demasiado frecuentemente se tiene en cuenta el comportamiento de quienes están en el poder, esa pequeñísima minoría, pero lo verdaderamente decisivo es cómo se comporta la inmensa mayoría, la ciudadanía. Joaquín Costa, uno de los regeneracionistas, definió la ley como una promesa de costumbre. Los políticos deberían comportarse como fuente de moralidad social y aprobar leyes transformadoras de la sociedad. Con esto quiero decir que la minoría política, no solo en España sino en el mundo entero, se ha visto desbordada por un fenómeno sin precedentes. No puede ser casual que la gran mayoría de los políticos del mundo haya tenido una actuación no muy brillante frente a la pandemia. Respecto a la ciudadanía, hubo un primer momento de extraordinario pánico, y cuando uno actúa por pánico suspende casi todo lo demás. Provoca cierta docilidad al poder público, que tomó medidas muy radicales, que implicaron el arresto domiciliario y la ruina de negocios. Se actuó con un principio, que se ha visto abierto a la discusión, que fue el del cierre total del país en honor de los más débiles. Los jóvenes y las clases activas se encerraron y se arruinaron para preservar la dignidad de las clases pasivas (en referencia a los más mayores). En esta medida hubo algo de convicción, algo de asunción del principio de la dignidad y algo de miedo colectivo. Ese pánico va a ir desapareciendo, y cuando se vaya, ¿qué se va a ver? Mucho dolor. Se va a dar un debate entre la euforia por cierta recuperación y la desesperación y la rabia de muchos perjudicados.

Ha dicho que la pandemia ha desnudado la fragilidad humana a nivel de especie. ¿Cómo nos puede afectar esa revelación?
Una de las grandes experiencias en la pandemia es comprender que la fragilidad no es solo individual. Sabemos que tú y yo podemos morir porque nos atropelle un coche o nos dé un ataque… Pero como especie nos estaban llegando noticias, mezcladas con pseudociencias, que prometían la superación de la vejez, la enfermedad, la muerte, que nos íbamos a instalar en un estadio intermedio entre los hombres antiguos y los héroes griegos, casi inmortales, casi omniscientes. De pronto la pandemia nos ha dicho que la especie humana también es vulnerable. Y eso es nuevo. La pandemia es la primera experiencia universal y simultánea de la humanidad en su conjunto. La conciencia de la fragilidad de la especie llevará a acentuar su cuidado. Si piensas que la especie, por sí misma, sin necesidad de cuidados, es superpotente, puedes olvidarte de ella. Si la especie en su conjunto es vulnerable, se desarrollará un sentido de cuidado. Una de las maneras en que se expresa es un sentimiento de cosmopolitismo. Cuando una especie con tantas variedades de razas, pueblos, lenguajes, geografías... tiene la misma experiencia simultáneamente, se acentúa la pertenencia a una sola especie, a una sola raza, la humana, y a un solo principio, la dignidad.

Ha trabajado casi toda su vida con el concepto de ejemplaridad. ¿Se podría explicar con esa expresión común de ‘dar ejemplo’?
También. Permítame una frase más académica: hasta hace unos años toda filosofía debía proponer una ontología, que tenía que responder a la pregunta ‘¿qué hay en el mundo?’, y una pragmática, sobre ‘¿qué hacer con lo que hay en el mundo?’ A la primera pregunta, la filosofía de la ejemplaridad dice que lo que hay en el mundo es el ejemplo personal y lo que puede hacerse es imitarlo. Todos los hombres y mujeres del mundo viven en una red de influencias mutuas. Ya no vivimos en una época aristocrática, en la que unas elites marcaban las pautas de comportamiento. Frente a ese esquema de minoría selecta, propongo la mayoría selecta: todos somos ejemplos para todos. En la medida en que vives, transmites un ejemplo positivo o negativo a tu entorno, eres ejemplo de civilización o de barbarie. Y los demás lo son para ti. Si eres consciente de ello, nace un imperativo: que tu ejemplo sea eficaz, fecundo y civilizado. Es la responsabilidad del ejemplo.

Dicho así, habrá a quien le abrume el encargo.
Es que no es un tema de opinión. Quieras que no, estás influido por padres, hermanos, vecinos, amigos, viandantes... incluso influencias literarias, televisivas... vivimos en un orbe de ejemplos. Por tu mero existir eres un ejemplo positivo o negativo. Tengo una comedia, Quiero cansarme contigo o el peligro de las buenas compañías, que habla de que el buen ejemplo genera mala conciencia y el malo, lo contrario. Si tienes un compañero de trabajo que cumple, que hace cosas con mucho valor, tienes sin quererlo un problema; si es descuidado, negligente, sin talento, inmediatamente te has dignificado. La comedia va de un tipo cuya única desgracia es tener un cuñado ejemplar y la mera comparación le está generando problemas matrimoniales serios. Por eso invita a un vecino machista, egoísta, desagradable. Cada vez que lo hace, cuando el vecino se va, su mujer, en vez de reprocharle, le abraza llena de dulzura. El mal ejemplo rehabilita, el bueno genera problemas. No hay zonas exentas de la influencia del ejemplo.

Su modelo habla de la imitación en un tiempo donde se pondera lo original, lo individual, el genio.
La historia de la cultura tiene un antes y un después en el siglo XVIII. Hasta entonces las culturas de todos los tiempos interpretaban el mundo como un cosmos. De pronto, se produce una ruptura radical y sustituimos la visión cósmica del mundo por la subjetividad. El yo se enamora de sí mismo. El modelo más acabado del hombre pasa a ser el artista y el modelo más acabado del artista es el genio, un autocreador que se impone por encima de todas reglas comunes de comportamiento y convivencia. Cuando eso ocurrió, y lo hizo con muy pocas personas, resultó emancipador. Sin embargo, fue devaluándose, masificándose y se ha convertido en mercancía de la industria cultural y educativa. Basta decir que hasta el siglo XVIII lo mejor que podía hacer un hombre o mujer era ser virtuoso; a partir de Rousseau se trataba de ser sincero. La sinceridad, la espontaneidad del yo, no sometida a códigos, parece lo más esencial de la individualidad. Eso ha producido una sociedad en la que todo límite a la personalidad propia es considerado una enajenación, un empobrecimiento. Somos una subjetividad maleducada, y por educación entiendo la asunción de reglas. En buena parte todos somos víctimas de la vulgarización de una ética maleducada.

Sin embargo, usted ha defendido la vulgaridad.
Soy muy partidario de la verdad, la justicia y la belleza que ha representado la generalización del principio de igualdad. Desde que existe sociedad humana unos pocos mandan. Lo extraordinario del siglo XX es la generalización del principio de igualdad: todo hombre y mujer, por sí mismos, tienen la misma dignidad. Libertad e igualdad, que son padres bellos, se han abrazado y han producido una hija fea, la vulgaridad. Pido un respeto, que no una defensa, para la vulgaridad, porque la igualdad aunque parezca vulgar, posee una verdad, una justicia y una belleza. En modo alguno debemos estar tentados de añorar la época aristocrática, con una minoría selecta. Pero la vulgaridad es un punto de salida para transformarla en ejemplaridad, en la dirección de la excelencia igualitaria.

¿Esa filosofía del ejemplo elimina la vida privada?
Toda ejemplaridad es pública, siempre somos ejemplo para alguien. Estoy a favor de la vida privada como principio jurídico, donde cada uno elige su modo de vida sin interferencias públicas. Pero desde el punto de vista ético, la vida privada es una coartada para la vulgaridad moral: como mi vida es mía puedo hacer lo que me da la gana. No es así. Está el tribunal de tu conciencia y en lo moral siempre vas a ser un ejemplo positivo o negativo.

Pues las vidas privadas que más suelen trascender no suelen ser las más ejemplares.
Aquí distingo entre imitación y mímesis. La imitación la hace un sujeto consciente y racional a otro sujeto. Siempre vas a imitar, lo que importa es la elección racional de tus modelos. Otra cosa es la mímesis, que es la imitación no racional, instintiva, como la de los animales. Es una perversión del ideal de la ejemplaridad. Muchas personas, aireadas por los medios de comunicación cuando se orientan al espectáculo, son ejemplos sin ejemplaridad, meras notoriedades. Su ejemplo no es fuente de moralidad social.

 

“La crispación solo me da miedo si llega a las calles”

Si todos funcionamos por imitación, ¿cómo podemos cambiar, cómo puede avanzar la sociedad?
En mi libro Ejemplaridad pública trato de recuperar el concepto de carisma. Lo puso en circulación Max Weber (sociólogo alemán) para hablar de la capacidad de transformación que tienen algunos individuos. Él, creo que equivocadamente, dijo que la única fuente de legitimación moderna era la ley y puso al carisma y la costumbre en época premoderna. Yo trato de recuperar ambas para la modernidad. Las costumbres hoy lo son todo. Si no, a una sociedad menos avanzada le bastaría con fotocopiar las leyes de las más desarrolladas. Pero la ley sin costumbre es papel. La democracia es un sistema en que nadie obedece a nadie, sino todos a sí mismos. De hecho, la democracia tiene un lema sorprendente: “Un hombre, un voto”. ¿Qué quiere decir? Que en democracia los más importantes no son los mejores, los más virtuosos, los listos o los experimentados, sino que se recoge la voz de todos, da igual que seas pastor que premio Nobel. Presupone que todos los hombres y mujeres de una sociedad son mayores de edad y pueden dictarse a sí mismos lo que quieren. Eso a la democracia la hace grande y frágil, porque depende del comportamiento de todos y cada uno de los ciudadanos. ¿Cómo podemos desarrollar ejemplaridad en la sociedad? No puede establecerla un dictador ni la ley, sino el comportamiento de los ciudadanos y el carisma de individuos que producen ondas de transformación. Si eres consciente de la influencia que tiene tu ejemplo, civilizador o lo contrario, nace el imperativo de que sea social, civilizado… no bárbaro. Es un proceso lentísimo por el que personalidades carismáticas innovan y transforman su entorno.

Ahora que habla de política. Sé que ha escrito que la crispación que vivimos forma parte de la lógica política, pero ¿no le da cierto miedo?
Acabo de leer la biografía de Plutarco sobre Solón, creador de la Atenas clásica, donde el grado de crispación le hizo salir de la ciudad. A Temistocles, el héroe griego de Salamina, también le expulsaron. Con Pericles el grado de crispación también fue enorme. La crispación es inherente la política, cuya ley es obtener el poder. Y como éste está siempre ocupado, se intenta expulsar al que lo ocupa por todos los medios. Por eso la crispación me da miedo solo si trasciende a la sociedad. A día de hoy veo crispación en los políticos y en algunos medios de comunicación, no en la calle. El problema es cuando el amigo/enemigo de la política lo ocupa todo. Eso lo vimos en el proceso independentista de Cataluña, cuando la lucha política se trasladó a la sociedad, y unos odiaban a los otros dentro de la familia. Esa sociedad fracturada me preocuparía. En España hoy no la veo.

“Lo que hace la vida digna de ser vivida nace de la mortalidad”

Acaban de lanzarse las obras de teatro que escribió a raíz de la muerte de su padre. ¿Qué lleva a uno escribir sobre la figura perdida?
Yo he sido asiduo conferenciante, y un conferenciante no es muy distinto de un actor, experimenta la misma sensación de recibir un préstamo colectivo de atención, que hay que devolver con intereses, con conocimiento, emoción... Llevaba tiempo madurando la filosofía en escena. Entretanto murió mi padre y tuve un sentimiento de lo inconsolable. Yo había meditado mucho sobre la muerte, pero una cosa es el concepto de la muerte y otro la experiencia de esa privación. El ensayo ilumina lo que toca porque lo convierte en concepto, pero tiene una limitación: la experiencia de la privación no la quieres decir, sino mostrar. Si la abordas con el ensayo, con el concepto, distorsionas una realidad que es una realidad oscura, penosa. En cambio, el teatro tiene la capacidad de mostrar sin conceptualizar, hace más justicia a una experiencia radical.

Me refería, más que al género, a qué se busca escribiendo sobre una pérdida así.
En mi obra Inconsolable hago una mención a la literatura maleducada, la que aprovecha para evacuar su dolor y su desgarro y utilizar a los espectadores como testigos mudos de tu terapia. Ya Montaigne en sus Ensayos dijo algo revolucionario, que el tema de su libro era él, pero añadió: “De mí me interesa solo lo que es común con los demás”. La literatura maleducada destaca lo singular que a uno le ha ocurrido. La bieneducada se nutre de sus vivencias, sí, pero le interesa las que son comunes con los demás.

Usted ha dicho que en nuestro tiempo la presencia de la muerte es común, se ve por todos los lados, pero no la mortalidad, la conciencia de que uno va a morir. ¿Ha cambiado eso con la pandemia?
No quiero ponerme didáctico, ni redimir la pandemia con supuestas lecciones morales, ni consolarme de la muerte y la ruina con moralejas bienpensantes. Además descreo de las transformaciones de un fin de semana. Las costumbres son muy lentas y muchas veces necesitan para percibirse más del plazo de una vida humana. La conciencia de la muerte, la mortalidad, es trágica porque te hace ver el contrasentido de que estemos dotados de una dignidad extraordinaria y estemos condenados a la indignidad máxima, que es el cadáver. Sin embargo, de la conciencia de esa tragedia nacen todos los bienes que hacen la vida digna de ser vivida: la ternura, el amor, la amistad, la justicia, la ciencia, la filosofía, la filantropía, la tolerancia, el arte…


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