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Literatura

La pandemia como argumento de novela

Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizada 20/01/2021 a las 12:04

En los últimos meses, desde que el virus empezó a extenderse entre nosotros provocando confinamientos y otras restricciones a la movilidad, alterando comportamientos y costumbres, se ha hablado a menudo de su potencial literario, de esos rasgos peculiares que hacen de él un asunto tan goloso para quienes nos dedicamos a escribir. Cada vez que en el contexto de la pandemia se introducen medidas de prevención o se crean términos para llamar a los nuevos fenómenos y a las nuevas situaciones, los medios de comunicación, la opinión pública en general, relaciona todo eso con argumentos de corte fantástico, con distopías ya tratadas en novelas y en películas, con tramas inventadas que se hicieron célebres gracias al cine o a la televisión. Por un lado, se establece esa comparación con algo conocido. Por otro, se sugiere la idea de que lo actual, lo reciente, terminará convirtiéndose también en relato, alumbrará a su vez una serie de historias basadas en lo que nos ocurre ahora.

Sí, la tentación de llevar al folio en blanco el universo Covid-19 es tan poderosa como su atractivo narrativo. A estas alturas, el tema no ha generado sólo miles de artículos y cientos de ensayos breves, sino unas cuantas obras de ficción. El reclamo para el escritor, esa llamada que oye a todas horas y en todas partes desde que comenzó este periodo tan extraño, es casi estridente y, sin embargo, el autor hará bien en ignorarlo como a un canto de sirena, en taparse los oídos mientras pueda, en desconfiar todo lo posible de él.

Claro, una cosa son textos de opinión de mil palabras o pequeños opúsculos reflexivos de unas cuantas páginas, cuyo valor reside precisamente en la inmediatez, en su proximidad a los hechos, y otra muy distinta la transformación de éstos en una novela. Para ello, para esa conversión cualitativa y estética, es necesario el paso del tiempo. Sólo con la perspectiva de los años es posible abarcar y comprender algo tan complejo como una pandemia. Sólo desde la distancia cabe mirar atrás y contemplar la riqueza de matices que ofrece una calamidad de este tipo. Sólo cuando nos encontremos más allá de sus efectos, fuera de su alcance, seremos capaces de analizar la catástrofe en su conjunto, asimilar su verdadera dimensión. Sólo entonces advertiremos la variedad de destinos, la diversidad de tribulaciones, los cambios producidos, la ironía de esas consecuencias positivas que, a pesar de todo, se dan incluso en la peor de las desgracias.

Ya ocurrió en el pasado. Me refiero a la precipitación de muchos novelistas. A su obstinación en construir tramas de ficción de manera prematura, sin atender a las premisas que he mencionado más arriba. Hace unas décadas, justo al terminar la Segunda Guerra Mundial, algunos autores alemanes se lanzaron a escribir historias enmarcadas en el Tercer Reich. Sentían la necesidad de tematizar asuntos tan graves como el Holocausto, las vicisitudes de los soldados en el frente o los bombardeos masivos contra la población civil de las ciudades. No sólo experimentaban esa urgencia, sino que se consideraban más legitimados que nadie a la hora de hacer un relato ficticio de todos esos acontecimientos. Confundían la indignación con la inspiración, se creían interpelados por la Historia y, lo mismo que estos días con nuestro virus, competían entre ellos para ver quién era el más rápido en levantar un entramado de avatares y pasiones ambientado en la época y en las circunstancias que estaban viviendo.

No, no podía surgir nada bueno de ese planteamiento. Del abordaje ansioso de los hechos. De la impaciencia por contarlos. De la visceralidad con que se hizo. En la mayoría de los casos, el resultado fueron libros mediocres, novelas lastradas por un exceso de dramatismo. Su prosa nacía estropeada por la emotividad del narrador, quien, desoyendo el consejo de Carson McCullers, se había convertido en amplificador innecesario de los sentimientos de los personajes. En lugar de conmover al lector, de transmitirle el dolor de tantas personas sufriendo a la vez, esas historias le dejaban indiferente, provocaban en él el efecto contrario al que se habían propuesto. Le sumían en una frialdad que, paradójicamente, habría convenido al autor, en una indolencia que habría debido caracterizar su tono y su mirada mientras escribía esa obra.

Otro tanto cabría decir del 11-S. También entonces se dio un fenómeno parecido. También entonces varios novelistas vinculados de algún modo a Nueva York malinterpretaron las señales artísticas de la tragedia. Pensaron que su obligación era responder enseguida, reaccionar desde su oficio, ofrecer su versión. A pesar de su bagaje y de su experiencia, volvieron a caer en la trampa de otras veces. Llevados por una mezcla de vanidad y prisas, cometieron de nuevo el error de confundir la realidad con la literatura, de creer que ésta adquiere de manera natural alguna clase de deuda o compromiso con aquélla, de suponer que todos los sucesos enormes deben tener un reflejo inmediato en las páginas de un libro.

Hay una última cuestión relacionada con todo esto. Con los temas de un escritor. Al margen de que un asunto se aborde en el momento oportuno, desde el punto de vista adecuado, aquél debe ser capaz de identificar su propio mundo, su territorio literario, no equivocarse en ese sentido. No debe dejarse impresionar por lo coyuntural ni por lo espectacular. Debe tener la humildad y la honestidad suficientes para aceptar que, quizá, su universo creativo, ese conjunto de estímulos y desafíos estéticos, de obsesiones e inquietudes, de imágenes y referentes, no es el de los grandes acontecimientos, ni el de los grandes conflictos sociales, ni el de los grandes dramas de la Humanidad. Debe entender que, por lo demás, no se requiere esa coincidencia para generar una obra valiosa, pues en los confines de la literatura lo que importa es la voz singular con la que uno narra, la emoción que se logra al observar lo insignificante.


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