Alfonso Pascal: "Hay duende en la poesía de verdad, no es solo hacer versos"
El escritor pamplonés condensa 35 años de trabajo en 130 poemas que resumen una carrera que comenzó casi adolescente, cuando “se encogía en el sitio” mientras Jesús Mauleón, uno de sus maestros, leía en alto sus primeros versos


Actualizado el 07/10/2020 a las 06:00
La literatura y la poesía llevan dentro de Alfonso Pascal Ros (Pamplona, 1965) toda su vida. Ya de niño, admite que, por leer, era uno de los que menos salían a jugar en la llamada campas de las manzanas, en la Rochapea. En la adolescencia y la primera juventud descubrió a los poetas, y arrancó a a escribir, guiado de la mano de otros autores mayores como Jesús Mauleón. Fue así como llegaron los libros, y han sido una veintena desde aquel primer 'Poeta de un tiempo imaginario' de 1987. Aparecieron también los galardones, casi una decena, como el Ciudad de Pamplona, el Premio a la Creación Literaria del Gobierno de Navarra o el Ciudad de Jaén, entre otros. Así han pasado 35 años, que celebra con una recopilación de su trabajo, 130 poemas, una antología que ha titulado '130 pulsaciones'. Pascal, que trabaja en el Instituto Navarro de Deporte y Juventud, está casado y tiene dos hijos, de 15 y 13 años, que aparecen en el título de dos de sus volúmenes, 'Cuaderno para Miguel' y 'Cuaderno para Pedro'.
¿Por qué ahora una antología?
Tengo poemas desde 1985. Han pasado 35 años. He editado una veintena de poemarios y de algunos de mis libros ni siquiera tengo un ejemplar. Quería ver lo que había y salvar lo salvable, sin reescribir nada.
¿Había mucho prescindible?
Sí. De alguno de esos primeros libros no he podido salvar nada, ni un solo poema. En ellos había mucho de intuición y ritmo. Era el verso o la palabra la que encontraba al poema. Ahora es al revés, el poema se construye desde el principio.
¿Ese cambio se debe a que ha mejorado en su técnica o porque uno madura?
En esos primeros versos, la palabra encontrada daba rienda al poema. Con los años, se va imponiendo la técnica y el oficio, que es algo un poco peligroso, porque puedes perder frescura. Pero sobre todo te lo dan las lecturas, que son imprescindibles. Digo en un poema que cuando levante los ojos del papel, la vida habrá pasado y estará lejos.
Supongo que también tuvo que doler quitar algunos poemas.
Sí, sobre todo porque, para dar la libro un consistencia homogénea excluí poemas largos, de 4 o 5 páginas.
Cuénteme algo de su vida. ¿Cómo llega la poesía a su vida? ¿Fue una especie de fogonazo?
Creo que sí. Con 15 ó 16 años ya tenía libros de folios que encuadernaba, con su lomo con letras grandes. Eran cosas básicas. Hubo un momento fogonazo, sí, sobre todo de descubrir poetas, esos que en el instituto no llegábamos a estudiar, porque el curso terminaba sin tocar la Generación del 27, que era lo que atraía. Dabas Garcilaso o Góngora, que son autores a los que vuelves más tarde, por gusto y por aprender.
¿Qué lecturas le marcaron?
Sobre todo Blas de Otero, César Vallejo y Luis Cernuda. He incorporado nuevos referentes, pero estos tres nunca han cambiado.
Así que todo comenzó en el instituto.
En Irubide. Tuve suerte de caer con profesores como Luis Azcárate o José María Romera, que nos ponía un punto más si nos aprendíamos un poema de memoria. Fueron tiempos de lecturas, muy dispersas, de empezar a comprar libros y descubrir autores. Eso sigue constante, hasta ahora.
¿Cómo fue el salto de leer a escribir?
Yo tuve la suerte que cuando empecé a escribir, alguien me llevó a conocer a Jesús Mauleón, a su casa de Barañáin. Se puso a leer mis poemas en voz alta y yo, con 17 o 18 años, me iba encogiendo. Mauleón era un referente, había sido finalista del Nadal con 'Osasuna se traduce la salud', había leído todo lo suyo. Cuando él empezaba a leer mis versos, decía: “Aquí hay algo, hay algo”. Fue el primer maestro.
Hubo más, claro.
Muchos. En Navarra unos cuantos. He compartido horas con gente de la revista Río Arga, como el propio Mauleón, José Luis Amádoz, Juan Ramón Corpas, Jesús Górriz, algunos de ellos ya desaparecidos. Y con otros más cercanos, como Javier Asiáin o Iñaki Desormais, uno de los mejores poetas navarros, también desaparecido.
¿El primer libro, el primer premio, se siente como un subidón de adrenalina?
Hay momentos puntuales: cuando ves el primer poema publicado en Río Arga, o el primer libro, que viene a raíz de un premio. Aquella además fue una época de escribir en los periódicos, también en Diario de Navarra, en el suplemento Tierra Trágame.
¿Dedicarse a ser poeta significa renunciar al reconocimiento social, se aspira solo al reconocimiento propio?
Parece un contrasentido. Si escribiera solo para mí lo lógico sería dejarlo todo en el cajón. Pero si lo hubieran hecho Vallejo o Cernuda… nos los hubiéramos perdido. Pero es verdad que si buscara reconocimiento social se dedicaría a otro género.
Se define como poeta de largo recorrido… que no busca las modas.
No, las modas no. La editorial, para la portada del libro (dominada por la foto de un columpio), se fijó en una palabras preliminares del libro, en las que cito a Adolfo Marchena, que me define como alguien que se columpia solo. Conozco las ventajas que hay cuando perteneces a grupos literarios, en los que unos se invitan a otros, unos hablan de los libros de otros... pero ese columpiarse solo significa que esos libros míos podrán valer o no, pero siguen siendo actuales, no han pasado de moda. Tampoco lo digo como una medalla. He conocido grupos literarios que merecen la pena. Pero lo cierto es que sigue habiendo más poetas que verdadera poesía, hoy que parece que poesía puede escribir todo el mundo. Yo te podría sacar un verso limpio sobre cualquier cosa, pero no sería poesía.
¿Qué es la poesía?
Tiene que ver con el duende. Parece muy espiritual pero es algo que nos elige. A mí me cuesta mucho ponerme la etiqueta de poeta. El poeta crea versos, y crear es hacer de la nada. Cualquiera cree que puede escribir, pero... crear una palabra que cae muy grande. No todo lo que sale de un bolígrafo es una creación. Cuando lees a Vallejo o a William Blake, ves que hay duende, que eso está inspirado.
En su poesía, ¿qué valores destacaría?
Hay recurrencia a la metapoesía, la poesía que habla de la propia poesía, de todo lo que rodea a la mala poesía. Al principio, con los primeros versos, lo haces de manera más salvaje, ahora desde el sarcasmo, burla, la sátira. Pero lo de los valores no me creo... eso de salvar el mundo. Los versos de trinchera suelen ser muy malos. Esos sí, los versos puede cambiarle a uno, a veces con valores solo estéticos, por la musicalidad.
En su poesía hay referencias a los resignados, los olvidados.
Igual que tienes referentes literarios, los tienes espaciales. Como la infancia, o como los perdedores. Hay un verso que habla de Poulidor, que decía que si hubiera ganado un Tour de Francia hubiese tenido menos fama que quedando tantas veces segundo. Otro personaje que me apasiona es el cartaginés Aníbal, un tipo que atraviesa los Alpes con elefantes, pone patas arriba Roma y cuando está a las puertas de la ciudad, dice que se vuelve.
Ahí se nota su formación. Porque usted estudió historia y escribió varios libros de historia.
Hasta pensé que me estaba encasillando en personajes históricos. La poesía y la historia... son diferentes. Un libro de historia es una mesa con fuentes por todos los lados. Un poema lo puedes escribir echado en un sofá. Pero la historia me apasiona. Y en mi poesía me gusta llevar a circunstancias actuales a personajes históricos, como poner ante un semáforo a alguien del siglo XV.
Dedicó dos libros a sus hijos. ¿Qué dicen de su padre poeta?
Con ellos me parece no es verdad eso de los hijos hacen lo que ven de los padres. Tenemos una biblioteca de 3.000 o 4.000 volúmenes, a mi mujer y a mí nos ven leer, pero ellos de momento no. En cambio, a mí mis padres me lo fomentaron mucho. Sobre todo mi madre, que en cuanto veía interés, no es que me comprara el libro en concreto, sino que trataba de hacerse con la colección.
‘130 pulsaciones. Antología poética. 1985-2020’
Autor: Alfonso Pascal Ros.
Editorial: Celya
Páginas: 172
Precio: 13,50€