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Archivo de Navarra

Los 4.000 emigrantes navarros de Raquel Idoate

Identifica a miles de navarros que salieron hacia América en el siglo XIX

Foto de Raquel Idoate Ancín, fotografiada en la biblioteca del Archivo de Navarra.
Raquel Idoate Ancín, fotografiada en la biblioteca del Archivo de Navarra.
Actualizada 16/02/2021 a las 18:01

En la conversación, la pamplonesa Raquel Idoate Ancín habla de “los míos”. Se le escapa nombrar así a más de 4.000 emigrantes navarros, de la montaña occidental, que salieron hacia América entre 1840 y 1874. “Llevo estudiándolos mucho tiempo”, se justifica la joven historiadora. Al fin y al cabo, en su tesis doctoral, dirigida por el catedrático de la UPNA Ángel García Sanz y calificada como sobresaliente cum laude, les identifica a todos ellos, con el nombre y al menos un apellido, en muchas ocasiones los dos. Es más, también describe los engranajes personales y empresariales que favorecían la emigración al nuevo continente, y por extensión, retrata una sociedad rural y pobre, la navarra del siglo XIX, de la que salió un porcentaje no pequeño de la población.

Raquel Idoate ha obtenido la información sobre todo del Archivo Real y General de Navarra, donde analizó los documentos de la familia Fort, comisionados que captaban a los emigrantes, pero también ha recorrido uno a uno los pueblos de donde salieron, los de la Navarra Atlántica, todos los de la montaña al oeste de Baztan. “Me he encontrado incluso con algunos de sus descendientes”, comenta. Algunos de esos lugares llegaron a perder por la emigración el 11% de su población. Fueron localidades como Arantza o Leitza, donde casi en cada casa uno de su miembros salió rumbo a América, especialmente a Argentina, Uruguay y Cuba. “En la zona de Cinco Villas el fenómeno se agudizó porque coincidió con el cierre de las ferrerías”, explica. Aunque a veces podían mediar otras causas, la motivación fundamental de aquellos emigrantes era la pobreza y el hambre. “No había tejido industrial, fue un siglo con muchas guerras, hasta cinco, y las familias acababan endeudadas. Además, el sistema de heredero único que regía en el norte de Navarra no dejaba muchas más salidas” a los hermanos menores.

Se trataba de jóvenes, de entre 16 y 25 años ellos y un poco mayores ellas, solteros casi todos y de extracción rural, en torno al 80% hombres y el 20% mujeres. Pocos sabían algo más que firmar su nombre. La historiadora, que espera que su tesis pueda publicarse dentro de un tiempo, señala que por su origen es probable que se comunicarán en euskera, aunque irían abandonando el idioma a su llegada a América.

LEGALES E ILEGALES

Estos emigrantes pasaban por el notario, para completar unos documentos que son los que han llegado al Archivo de Navarra y donde aparecen los nombres y las historias que ha recopilado Raquel Idoate. Son consentimientos que daban las mujeres a sus maridos y sobre todo los padres a los hijos para que viajaran a América. Había convenios y también fianzas que ponían aquellos que no tenían el dinero suficiente para pagar el pasaje o quienes dejaban un sustituto para que hiciera de su parte las quintas, el servicio militar.

Pero también hubo emigrantes ilegales, que por razones evidentes apenas llegan a la documentación oficial. “Se les descubre, por ejemplo, cuando se les busca para pagar lo que deben del pasaje, y como no aparecen, las familias deben revelar su identidad verdadera”. O como le ocurrió a Miguel Fermín Oreja, un joven de Errazkin que salió hacia México para huir de la Primera Guerra Carlista con el nombre falso de Pedro Arriaga. “Al cabo de un tiempo volvió e hizo un testamento por el que dejó dinero para que se arreglase la iglesia y se pagase al maestro de instrucción primera de su pueblo. Murió cuando regresaba a México”.

Los emigrantes salían de Pasajes, Bayona o Burdeos para un viaje que les costaba más o menos lo que ganaban en un año. “Los 1.600 reales que ganaba el tamborilero de Lesaka eran un precio posible”. La mayor parte de ellos eran labradores, pero también había otros oficios como carpintero, carbonero, zapatero, chocolatero... Algunos, como ocurrió con el ilegal de Errazkin, tienen la suficiente fortuna como para poder donar dinero a su pueblo. “Por ejemplo, he encontrado un grupo de emigrantes que vivían entre Montevideo y Buenos Aires, de los que no tengo los nombres, que decidieron mandar dinero para arreglar la iglesia de Sumbilla”. Incluso hubo algunos navarros que murieron en Cuba y dejaron a sus familias una herencia que incluía, junto a dinero, herramientas o ganado, esclavos negros.

También se dio el caso de quienes pasaron por penalidades y problemas. Por ejemplo, Raquel Idoate ha recogido historias como las de dos goizuetarras que, cuando volvieron de Uruguay, reclamaron dinero a otros navarros, a los que conocían como el chavalo de Elizondo o el Negro de Elizondo. O la de los emigrantes de Etxalar y Bera contra los que los hermanos Brie, comisionados de mala fama y armadores del barco en el que viajaron, lanzaron “un aviso a los vascos” reclamándoles lo que les debían del pasaje si o querían atenerse a otras medidas.

La familia Fort de Elizondo, ejemplo deempresa que sustentaba la emigración


Una de las aportaciones más originales del trabajo de Raquel Idoate se el estudio de la estructura empresarial que sustentaba la emigración. Lo hace gracias al análisis de los documentos de una familia, los Fort, que llegó a Elizondo desde Francia, y después de comenzar trabajando como curtidores, prosperaron dando asistencia a los emigrantes. “En España no encontrado un fondo de documentos igual. En Francia hay dos, pero de un solo agente. Este es de una estructura de tres generaciones en la que hasta seis personas trabajaban como comisionados”, explica la doctora.

En Navarra, los comisionados se encargaban de captar a jóvenes y animarles a emigrar. Bien relacionados con la empresa naviera Apeztegui Hermanos, por cada pasaje ganaban una comisión. “Les tramitaban la escritura del viaje, les hacían pequeños préstamos para que pudieran pagar el viaje, hacían de apoderados de los emigrantes en algunos actos en Navarra, o se encargaban de traer y repartir las remesas de dinero que enviaban”. Los Forto tenían una estructura suficientemente fuerte como para tener destinados a familiares de confianza en América, donde ayudaban a los emigrantes a dar los primeros pasos, les hacían de apoderados, y sobre todo se encargaban de cobrar el dinero que faltara de pagar por el pasaje.

QUEJAS Y DESASTRES

El viaje, en todo caso, era una experiencia dura. “La prensa denunció las condiciones en las que se mandaban a los emigrantes. No les daban el menú que les habían ofrecido, se vendían más pasajes de los que cabían, se propagaban infecciones. Cuando un emigrante moría, como solo tenía que pagar hasta el momento del fallecimiento, se engañaba a las familias... Hay alguna crónica describía cómo se bajaban cadáveres de los barcos”. También hubo naufragios, como uno en 1856 de dos barcos franceses, en el que murieron varios navarros de Azpilkueta, Irurita y Sunbilla, y que fue una de los justificantes para que se endureciera la ley que regulaba la emigración.

Tampoco los comisionados se libran d elas críticas. “Se decía que engañaban a la gente, que aparecían por los pueblos con cadenas de oro y asegurándoles que en América iban a encontrar una tierra de prosperidad y fortuna, que no era tal”.

Una historiadora hija y nieta de archiveros


Con su tesis doctoral, Raquel Idoate Ancín, de 35 años, está ampliando la labor que ya hizo su padre, Carlos Idoate Ezquieta, que hace tres décadas también investigó la emigración navarra a América en ese mismo periodo de tiempo, de 1840 a 1874, solo que desde el Baztan. Carlos Idoate localizó a unos 1.200 navarros de esa zona que salieron hacia el Nuevo Mundo, por motivos y en condiciones parecidas a los de la montaña occidental.

Raquel Idoate, de hecho, es la tercera generación de una familia consagrada a la historia. Su padre, Carlos, fue muchos años director del servicio de Archivos y Patrimonio Documental del Gobierno de Navarra, y su abuelo, Florencio Idoate, fue una figura esencial en la investigación histórica en la Comunidad foral y dirigió el Archivo un largo periodo de tiempo.

Por su parte, Raquel, licenciada en Humanidades en la Universidad de Navarra y Máster de Estudios Avanzados de Historia, Espacio y Patrimonio en la UPNA, ha trabajado en empresas de gestión cultural y archivística. También conoce América, ya que vivió cuatro años en Colombia.Ha presentado comunicaciones en congresos científicos y es autora de artículos publicados en la revista Príncipe de Viana: “Maestros carpinteros, una saga familiar: los Biguiristi”, “El pleito de las ferrerías de Artikutza y Urdallue (1496-1498)”, “Conflictos sobre la explotación de recursos naturales en Navarra” y “El proyecto de Camino Real de Pamplona a Logroño”.

UN VIAJE EN BUSCA DE OPORTUNIDADES

1. Pobreza. Los emigrantes de la Navarra Atlántica dejaban atrás una situación de falta de recursos.

2. Jóvenes. Eran jóvenes de entre 16 y 25 años, hombres solteros en su mayoría, y de extracción rural

3. Comisionados. Empresas como la de la familia Fort captaban emigrantes, les ayudaban con papeles y pasajes y cobraban por ello

4. Promesas falsas. Hubo algunos comisionados que prometían a los jóvenes una fortuna que no era tal.

5. Dinero para el pueblo. Algunos emigrantes prosperaron y dieron dinero para su localidad natal.

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