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ESTACIÓN DE LIBROS

El campo del alfarero, Andrea Camilleri

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 19/05/2019 a las 06:00
Lecturas de tren. Esas novelas que nos llevamos para un trayecto de pocas horas. Con la idea no sólo de entretenernos durante el viaje, sino de terminar el libro antes de llegar a nuestro destino. A veces las compramos incluso en el quiosco de la estación. Las vemos junto a los periódicos o en uno de esos expositores giratorios, y sabemos que el enredo contenido en sus páginas nos mantendrá al margen de todo.
Yo también consumo esos productos. No renuncio a que cumplan su función conmigo. Sería absurdo por mi parte. Sería lo mismo que no recurrir a un medicamento contra el dolor o a los somníferos cuando uno lleva días o semanas sin dormir. Así que hago un hueco en el tiempo, elijo un momento idóneo como ese breve desplazamiento entre ciudades, y dedico a la cosa el rato que merece. Ni un minuto más.
El campo del alfarero, Andrea Camilleri

El campo del alfarero ofrece esas prestaciones. Procura ese efecto. En este nuevo caso del comisario Montalbano, el autor siciliano reúne a su equipo de siempre. No sólo a los personajes que acompañan al protagonista en otras historias, sino a su utillaje habitual. A las referencias geográficas y gastronómicas, pero también a la alternancia eficaz entre diálogos simpáticos, alusiones culturales y esas escenas en la intimidad que él contiene con acierto gracias a las elipsis.
Oh, claro, luego está el argumento. Lo que ocurre. Hay un muerto en una bolsa de plástico. El cadáver aparece de un modo y en un espacio concretos. Hay muchos interrogantes al principio, algunos sospechosos y un método de indagar. Hay pistas falsas, intentos de confusión y hechos que no son lo que parecen. Hay móviles, coartadas, motivos y explicaciones dadas por unos a otros. No, no falta nada de eso. Al fin y al cabo, se trata de una novela policiaca.
Quizá, en lugar de narración, habría que emplear el término tracción. Algo tira del lector hacia adelante. Con tirones bruscos, quiero decir. A menudo, a lo largo del texto, el lector desearía quedarse en casa de Montalbano frente al mar, comiendo en la trattoria de Enzo o retozando con Ingrid, pero no es posible. No, porque esa fuerza que he mencionado más arriba, el motor encendido de la trama, no se lo permite. Le empuja de forma continua. Le lleva de un despacho a otro, de una conversación telefónica a otra, de una pesquisa a la siguiente. Le conduce sin piedad de una acción a otra, de una sorpresa a otra, de una gestión a otra. Le mantiene en un movimiento constante y acelerado. Le arrastra de un escenario a otro a golpe de látigo como a un animal de feria.
Cuántas cosas dejadas por el camino. Me refiero a que, al final de la lectura, uno tiene la sensación de haber obedecido las señales equivocadas. El autor ha desatado el nudo, el comisario ha resuelto el caso, el asesino ha sido detenido y, sin embargo, el lector mira a su alrededor con cierta decepción. No porque le haya defraudado la manera de plantear o solucionar el enigma, sino porque él habría querido permanecer. No seguir todo el rato, sino quedarse en algún punto de ese recorrido vertiginoso. No sólo por la razón que he comentado antes, por el placer de la contemplación, de una comida o de unas horas de amor, sino porque intuye que lo literario estaba en otra parte. Sospecha que lo interesante, lo profundo, lo valioso en los confines de la estética y del arte, en lo relativo al alma humana y a sus misterios, estaba oculto en un rincón, en un resquicio, muy cerca de los sitios por los que ha pasado a toda velocidad.
Lo mismo que en esos viajes en los que se obliga al turista a visitar docenas de monumentos y museos en pocos días, cuando él preferiría continuar en la cama o en el balcón, aquí, en este tipo de libros, se condena a quien lee a vivir un torbellino de sucesos que le alejan lamentablemente de lo esencial.
Entonces, ¿volveré a echar mano de alguna de estas novelas? Claro que sí. Porque volveré a coger un tren o un avión. Volveré a necesitar distracción rápida para un trayecto conocido. Un producto de consumo que no me importe olvidar en el asiento, del que pueda olvidarme del todo al llegar.
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