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Arquitectura

Así evolucionó el edificio de La Vasco Navarra donde se ha instalado Zara

El autor recuerda cómo se levantó en Pamplona el edificio donde durante muchos años estuvo la aseguradora La Vasco Navarra y que se proyectó en 1924

El edificio de la Vasco Navarra, recién construido en 1926. Detrás la iglesia de San Ignacio todavía con andamios.

El edificio de la Vasco Navarra, recién construido en 1926. Detrás la iglesia de San Ignacio todavía con andamios.

Colección de J. J. Arazuri
Actualizada 30/08/2019 a las 11:45
  • Juan José Martinena
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En los últimos meses se han realizado importantes obras de rehabilitación en la casa que durante décadas fue sede de la antigua y acreditada compañía de seguros La Vasco Navarra. La conocida cadena de establecimientos comerciales que la ha adquirido ha instalado allí una especie de grandes almacenes, sin que ello afecte a la fisonomía exterior del edificio, obra del ilustre arquitecto pamplonés Víctor Eusa y cuyo proyecto data de 1924. Como bien dice la Guía de Arquitectura de Pamplona, por la singularidad de su construcción y por su privilegiada ubicación en la confluencia de las avenidas de San Ignacio y de Roncesvalles, con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los elementos más singulares y caracterizados del Segundo Ensanche.


Sede de La Vasco Navarra


La Vasco Navarra, la entidad que lo encargó, era una sociedad anónima de seguros a prima fija, fundada en el año 1900, cuyas pólizas -según veo en un anuncio de 1924- cubrían accidentes de trabajo “sustituyendo a los patronos en sus obligaciones, con arreglo a la ley de 10 de enero de 1922”; ofrecía también seguros individuales contra toda clase de accidentes, y otros complementarios “contra el incendio o daños propios por choque o vuelco de los automóviles”, accidentes estos últimos que ya empezaban a producirse. La aseguradora, que contaba con “representantes en todas las capitales y principales poblaciones de España”, tenía su domicilio social en la calle Navas de Tolosa, número 25, en un edificio de su propiedad, ya desaparecido.


En 1924, cuando la compañía estaba a punto de celebrar sus bodas de plata, sus responsables, valorando con una certera visión de futuro el potencial que para el comercio y los negocios iba a tener el Segundo Ensanche, entonces todavía en su fase inicial, decidieron levantar una nueva sede en uno de los lugares más céntricos de la incipiente trama urbana diseñada por Serapio Esparza. Para ello, y en esto tampoco les falló su intuición, acordaron confiar el proyecto al joven arquitecto Víctor Eusa, que había obtenido el título solo cuatro años antes, pero con el número uno de su promoción. Para entonces había firmado los planos del Gran Kursaal de San Sebastián, lamentablemente derribado, que estuvo en el mismo solar que hoy ocupan los famosos cubos de Rafael Moneo, y en Pamplona, el colegio y residencia de las religiosas de María Inmaculada, conocido popularmente como el Servicio Doméstico, cuyo proyecto data de 1924, aunque no se inauguró hasta 1927. En esta primera época de los años 20, elaboraría los proyectos de la iglesia de la Milagrosa (1925), la Casa de Misericordia (1927) y el colegio de los escolapios (1928). El de su otra gran obra, el Seminario Diocesano, es algo posterior, de 1931.


El proyecto del nuevo edificio de La Vasco Navarra data de febrero de 1924. Una vez aprobado y efectuados todos los trámites previos, se acometieron las obras de construcción, que estaban concluidas para finales del año siguiente.


Academicismo con un toque vienés


En lo que se refiere al exterior del edificio objeto de este artículo, cabe anotar que el Catálogo monumental de Navarra dice de él lo siguiente: “Se encuadra dentro del academicismo de la época de formación del arquitecto, aunque en él también se aprecian las enseñanzas de Teodoro Anasagasti en la incorporación de tradiciones árabes, y del lenguaje secesionista”. La esquina que forma la confluencia de las avenidas de San Ignacio y Roncesvalles, la resolvió el arquitecto mediante la curvatura del chaflán, creando así una línea continua con las fachadas que dan a ambas avenidas, que producen una cierta sensación de movimiento por la estudiada sucesión de los entrantes y salientes con que cuentan. “Una vez más -añade el citado catálogo-, a la hora de plantear un edificio, Eusa tuvo en cuenta el entorno urbanístico que lo rodea, sin el cual sus proyectos perderían parte del empaque y la monumentalidad que les son característicos; emplea el arquitecto en el primer y quinto nivel arcos apuntados de influencia oriental y una decoración plana de carácter geométrico a base de cintas, molduras y pilastras que recuerda en cierto modo los repertorios ornamentes de la escuela modernista vienesa”.


Por su parte, la Guía de Arquitectura de Pamplona, editada por el Colegio de Arquitectos en 1994, describe el edificio en estos términos: “Su aspecto exterior es predominantemente académico, pero ya se aprecian algunas de las influencias más poderosas del que luego será el estilo más personal de Eusa, presente en los huecos de planta baja y cuarta y en algunos detalles de diseño interior, que no se conservan en la actualidad -si alguno quedaba, suponemos que desaparecerá ahora-, y sobre todo la arquitectura vienesa de principios de siglo, concretamente el movimiento Secesión.


La admiración de Eusa por ese estilo, con su gusto por la decoración plana y geométrica, alejada del clasicismo dominante, se deja ver en algunos de los motivos decorativos de la fachada, en la puerta y principalmente en el remate original”.


La reforma de 1943


En su aspecto originario, que se mantuvo intacto durante casi veinte años, el edificio constaba de planta baja más cuatro pisos -es decir una planta menos de las que tiene actualmente- y el módulo central de su fachada remataba en un coronamiento de elementos verticales, presidido por una escultura de la diosa Atenea, alineada con el mismo eje de la puerta de entrada. Esta figura mitológica -según recoge la guía antes citada- “recordaba a las que aparecen frecuentemente en las obras del vienés Otto Wagner, especialmente en la Caja Postal de Viena”. Este arquitecto, por el que Eusa debía de sentir cierta admiración, perteneció al llamado movimiento secesionista, que estuvo muy en boga en Austria por aquellos años.


Fue en 1943 cuando la sociedad propietaria decidió elevar el edificio en una altura más, recurriendo de nuevo a Víctor Eusa para que modificase el proyecto original adaptándolo a las nuevas necesidades. El arquitecto, que para estas fechas había dejado atrás el estilo tan personal que había desarrollado hasta el inicio de la Guerra Civil, diseñó como nuevo remate una torrecilla con su chapitel, inspirada en el estilo herreriano, no exenta de elegancia, pero sin duda de inferior calidad respecto a lo que antes había. Porque naturalmente la reforma supuso la desaparición del remate original de 1924 y de la escultura de la diosa Atenea que hasta entonces lo presidía.


Más tarde -sería en los años 80- se instaló en la citada torrecilla un reloj y termómetro digital, que se iluminaba por las noches y que ha sido durante mucho tiempo uno de los más populares de la ciudad, junto con el de la antigua Caja de Ahorros de Navarra. Sería de agradecer que, aunque fuera en una versión más reducida, lo volvieran a incluir en la fachada tras su rehabilitación.

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