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Literatura

Atravesé las Bardenas, Eduardo Gil Bera

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret

24/03/2019 a las 06:00
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Uno de los retos literarios en el ámbito de la narrativa consiste en convertir en mítico un lugar cercano. Un espacio geográfico conocido. Volver la mirada creativa hacia un sitio e imaginar una historia capaz de alterar su naturaleza. Capaz de dotarlo de un aire de leyenda. Lo ideal es conseguir que, una vez leído el libro, sus vecinos no reconozcan esa región como propia, la vean extraña y deformada, y que, en cambio, todos los demás la identifiquen para siempre con la versión escrita.

Pensándolo mejor, creo que no debe ser un propósito. Debe tratarse más bien de un resultado casual. De algo que se alcance por añadidura. Después de haber perseguido otras metas. Procurando otros objetivos. El autor tendrá ese paisaje en la cabeza, situará allí una trama y a sus criaturas, y al final, de la combinación audaz de los elementos, quizá surja ese lugar nuevo. Un punto al margen de los mapas.

Atravesé las Bardenas, Eduardo Gil Bera

Esta novela sigue un camino parecido. Gil Bera escoge la comarca de las Bardenas, ese territorio árido y pedregoso entre Navarra y Aragón, y narra las peripecias de un grupo de colonos que lo atraviesa. También elige una época y unas circunstancias históricas, y de ese modo pone los ingredientes de lo que habrá.

Claro que cuenta con una ventaja desde el principio. Aprovecha un rasgo de ese escenario, el hecho de que un desierto se mantenga igual a lo largo de los años, para moverse a sus anchas por él. Con una comodidad literaria. Sí, porque desde el momento en que esa tierra apenas se ve afectada por el impacto del ser humano, por su capacidad destructiva, puede ser moldeada por la imaginación del escritor hasta transformarse en algo legendario.

Oh, no me importa emplear el término western. Creo que encaja bien con este relato. Un western ibérico. Y si los de John Ford estaban ambientados en Monument Valley, esa gran depresión entre Utah y Arizona, el de Gil Bera transcurre en las Bardenas, ese páramo entre Mélida y Tudela, entre Cadreita y el límite con la provincia de Zaragoza.

Es una leyenda del Oeste por la inmensidad de sus exteriores, pero también por el argumento. La colonización de un territorio deshabitado. La construcción de un pueblo a partir de la nada. Aquí los pioneros no son familias en busca de campos cultivables, sino presidiarios a quienes se concede una segunda oportunidad y, sin embargo, su empeño y su ilusión son parecidos. En ambos casos, los personajes dejan atrás una existencia al servicio de otros. Optan por la incertidumbre del viaje con la esperanza de ser libres en un entorno diferente.

Y por el camino ya empiezan a lograrlo. Me refiero a lo de formar una comunidad. Con su guía y sus miembros. Con sus voces críticas y sus enemigos. Con sus deseos y sus problemas. En ese colectivo hay un papel para cada uno. Para Dámaso Torrentera, para María Cardelina, para Platón Jesús, para el Churrero y para Malaquías. No, esos hombres y esas mujeres no necesitan casas ni calles para ser algo, para ser alguien, pues mucho antes de llegar a su destino, ya ha nacido con ellos una nueva entidad. Ya se han organizado. Ya han hecho planes de futuro. Ya han establecido reglas. Y sanciones para quienes las infrinjan. Y una forma propia de festejar lo que les pasa.

Yo he visto algo bíblico en todo esto. Una especie de alegoría. Cuando el señor Yaben libera a Dámaso de los trabajos forzosos y le pide que le siga. Cuando le encomienda la misión de conducir a los presos a través de las Bardenas. Cuando le encarga la construcción de un pueblo y le nombra su alcalde. Cuando éste pierde la fe en el proyecto y vuelve a recuperarla cada vez que distingue la furgoneta del ingeniero a lo lejos. Cuando se reencuentra con él en la cima de los cerros. Cuando recibe sus papeles como sagradas escrituras y sus órdenes como lecciones de un padre.

Ese cariz religioso nos remite al principio. Porque cualquier religión empieza con un mito. Se alimenta de mitos. En el libro de Gil Bera, lo mítico es esa expedición que pudo ser el origen de Val del Rey y que quedó en una aventura fallida. Bueno, no del todo. Pero que sean los lectores quienes averigüen por qué.

Atravesé las Bardenas, Eduardo Gil Bera

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