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ESTACIÓN DE LIBROS
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'This Wheel´s on fire', Levon Helm

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret

Actualizada 15/03/2019 a las 12:01
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Me gusta leer en idiomas diferentes. Cuando lo hago en los que no son mi lengua materna, me siento ante otra clase de desafío. Ante un reto distinto al habitual. Por mucho que los conozca, siempre hay palabras que se me escapan. Expresiones que no entiendo bien. Y aunque es verdad que podría consultar su significado en muchos sitios, yo prefiero quedarme con esas lagunas.

Quizá sea una insolencia querer saberlo todo. En el contexto de un libro. De cualquier libro. También en aquellos cuyo lenguaje nos resulta familiar. Sí, porque en esos casos, cuando indagamos hasta el final, nos perdemos una parte importante. La belleza del enigma sin resolver. Renunciamos a ese margen de misterio de las cosas que sólo se comprenden a medias.

A menudo hay un estímulo añadido. Un interés especial. Gracias a él, superamos la pereza que notamos a veces al leer en otro idioma. A mí me ocurre con obras como ésta. Con esta historia de The Band contada por Levon Helm, uno de sus miembros. Tengo tantas ganas de meterme en ella que se me olvida en qué lengua está escrita.

He aquí un género peculiar. El de las vidas de músicos. El de las biografías de grupos de rock. Y es que en este volumen se cruzan ambos asuntos. Aunque para Helm hubo un antes y un después de The Band, en su libro hay una referencia constante a esa formación. Hay un relato de cómo él, originario de Arkansas, se juntó en Canadá con cuatro chavales de Ontario dando lugar a aquélla. Hay una crónica de su trayectoria. De su evolución y de su ruptura. Hay una reflexión profunda acerca de las circunstancias que acabaron propiciándola.

Esta clase de lecturas genera una sensación de vértigo. Se da en ellas un tratamiento vertiginoso del tiempo. Las novelas también juegan con esa dimensión, también la dilatan o la comprimen a conveniencia y, sin embargo, en las memorias de alguien real el efecto es mayor. El autor concentra setenta años en trescientas páginas y el lector los recorre en unas pocas horas. El autor abarca toda una vida y el lector se ve "obligado" a asimilarla con rapidez. A encajarla en los confines de la suya. A adaptarla a otros parámetros.

No sólo eso. Hay algo más. Un fenómeno común a este tipo de autobiografías. Me refiero a esa jerarquía natural que se crea entre las etapas vividas por el personaje. Por mucho que éste insista en destacar otros periodos, la historia acaba reduciéndose a uno en concreto. A unos años relevantes. A esa fase decisiva en que el protagonista alcanzó el estatus por el que fue reconocido más tarde.

Aunque antes he usado el término jerarquía, es más preciso hablar de selección. De un descarte drástico. Casi despiadado. De un rechazo hacia lo que queda más acá o más allá de ese momento. Sí, porque tanto Levon Helm como nosotros acabamos girando sólo alrededor de él. De las canciones, los discos, los conciertos y las giras de The Band. En definitiva, de los hitos que despertaron la atención del público, el interés del mundo del rock a finales de los sesenta y principios de los setenta.

Pero Helm también quiere hablarnos de valores. De ética profesional. De cómo el éxito transforma a las personas. De cómo las envilece. De hasta qué punto cuesta preservar la honestidad en un entorno tan caótico. De la dificultad de armonizar los proyectos colectivos con las ambiciones individuales.

Describe la pérdida de inocencia que significó para él el encontronazo con un mundo que, precisamente en su época, dejó de ser idealista para convertirse en un negocio de gente sin escrúpulos.

Me gustan los epílogos. Esas páginas finales donde el autor nos cuenta qué fue del personaje. Pues bien. Ese recurso literario también cabe en las biografías. La ventaja de que Stephen Davis ayudara a Helm a escribir la suya es que eso le ha permitido añadir un epílogo en esta edición. En la más reciente. Hay un instante en que Davis toma la palabra y narra los últimos años del músico. Nos recuerda que murió en 2012 y cómo desde entonces, debido al buen concepto que todos tenían de él, se han sucedido los homenajes en su memoria.

Yo creo que cada libro está escrito en un idioma diferente. Es un idioma diferente. Creo que la lectura no consiste en descifrarlo ni en traducirlo. Leerlo debería ser como un viaje al extranjero. Oh, sí, lo bueno es seguir confusos durante un rato.

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