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ESTACIÓN DE LIBROS
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'A propósito de las mujeres', Natalia Ginzburg

En esta colección de relatos, el nexo común es la mujer. Las mujeres

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret

Actualizada 09/03/2019 a las 10:32
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También acudimos a la literatura con el pretexto de un asunto. De un tema. Cuando queremos saber más sobre él. A veces satisfacemos esa curiosidad con un ensayo o con una recopilación de artículos. Pero ahora pienso en algo distinto. Vuelvo la mirada hacia un registro diferente. Ahora me refiero a ocasiones en que no deseamos acumular conocimientos ni ser instruidos acerca de nada. En que buscamos una manera indirecta de abordar la cuestión. Un modo inventado. Queremos una puesta en escena.

En esta colección de relatos, el nexo común es la mujer. Las mujeres. Gracias a las historias de las que son protagonistas, aprendemos cosas sobre ellas. Al final de la lectura, las conocemos mejor y, sin embargo, lo que extraemos no es una idea, ni una teoría, ni una conclusión que las abarque a todas. Lo que nos llevamos del libro después de acompañar a sus personajes femeninos es más bien una impresión. Siguiéndolos en sus tribulaciones y en sus destinos, nos parece captar algo de su esencia. Algo que comparten a pesar de no ser iguales.

Natalia Ginzburg les da vida. He ahí lo relevante. Porque eso es lo que distingue a un cuento de un trabajo académico. De una obra erudita. El hecho de que el primero sea un texto habitado. Un volumen de páginas donde circula la sangre. Donde hay alguien que respira más allá de las líneas.

No, las mujeres de la autora italiana no son esquemas, ni ejemplos, ni modelos, ni paradigmas con los que ilustrar un planteamiento. Son personas que andan por la calle, que cuidan de sus hijos, que se visten frente a un espejo o que hacen el amor. Son personas que conversan con sus maridos, que se ríen con sus amantes o que se marchan a otro sitio para encontrar la felicidad que no es posible en su casa. Son criaturas únicas y, tal como nos enseñó Isaac B. Singer, precisamente por serlo en cada caso, se parecen al resto de mujeres.

Oh, es cierto que la escritora arregla las cosas en su libro. La señora Ginzburg. Pero eso es una obviedad. La literatura es un arreglo, una composición. Es el resultado de un trabajo manual volcado sobre una materia informe. Es la voz bella que empieza a balbucear de pronto. Es el ser que nace de repente cuando el autor insiste en bombear un corazón con entusiasmo.

Y lo que aquí se prepara tiene que ver con lo otro. Con lo que decía yo antes. Aquí, en estos relatos de un lenguaje elemental, los personajes femeninos dejan en evidencia a los masculinos. Las mujeres hacen empalidecer a los hombres. Se elevan por encima de ellos. Los relegan a un plano secundario. Los desdibujan a su manera. Así ocurre con la madre que se encuentra con su cuñado a espaldas del marido. Con la viuda joven que intenta recuperar su vida sexual. Con la mujer casada que emigra a otra ciudad huyendo de una existencia mediocre.

Sí, claro. Es la autora quien construye, quien imagina, quien fabula. Es ella quien elige y descarta. Y, sin embargo, de todo ese esfuerzo, de esa labor arbitraria a través de la cual se da prioridad a las mujeres, más importancia a su dolor que al de los hombres, acaba surgiendo una especie de verdad. Una verdad en sentido narrativo. Al final hay un acierto en las decisiones de Ginzburg. No sólo porque consigue persuadirnos de la indolencia y de la insatisfacción, de la tristeza y de la inquietud de Anna, de Vilma, de Giulietta, de las figuras creadas por ella, sino porque a la vez nos sugiere los sentimientos de otras muchas mujeres en muchos otros lugares, en todos los tiempos.

De ese modo, regresamos al principio. A la idea con la que empieza esta reseña. Me refiero a que, más allá de su desarrollo, del contenido y la forma de estos relatos, reaparece el asunto de fondo. Aquel que nos ha animado a leerlos. El universo femenino. Y es que quizá otro aspecto que las diferencia de los hombres sea ése. Que las mujeres son un tema literario en sí mismas. Un género aparte.

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