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ESTACIÓN DE LIBROS

La casa del páramo, Elisabeth Gaskell

El escenario, la campiña inglesa a mediados del siglo XIX, ejerce el atractivo suficiente como para generar lectores por sí mismo

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret.

03/03/2019 a las 06:00
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A menudo escogemos las novelas por el lugar. Por el sitio donde se desarrolla la trama. Por el entorno geográfico donde transcurre la historia. Y no es un criterio equivocado. No, porque en esos casos hay una predisposición por nuestra parte. Nos gusta tanto el paisaje que cualquier argumento ubicado en él será bien aceptado por nosotros.

La casa del páramo, de Elisabeth Gaskell

Oh, no digo que no vaya a haber decepción. Me refiero al libro en concreto. Puede que los personajes o sus vicisitudes nos resulten desagradables. Puede que las descripciones tediosas o la torpeza del autor a la hora de narrar nos lleven a rechazar la lectura. No hay garantía de calidad en ese sentido. Y, sin embargo, como deseamos estar allí, en el país que sea, nuestra imaginación se ve estimulada desde el principio y contribuye a sostener la novela en la medida de lo posible.

La casa del páramo es un ejemplo de todo eso. El escenario, la campiña inglesa a mediados del siglo XIX, ejerce el atractivo suficiente como para generar lectores por sí mismo. Una vez sumidos en la lectura, nos adentramos con ilusión en un medio rural aún no contaminado por el progreso. Aún no estropeado por el hombre. Gracias a ese encanto que tienen los espacios donde vivimos sólo unos días y sólo de manera virtual, disfrutamos del pueblo de Combehurst, de las extensiones verdes que lo rodean y de las casas que ocupan los protagonistas. Los términos bosque, riachuelo, colina o sendero, utilizados con frecuencia a lo largo del texto, nos seducen enseguida. Son puntos de luz que van encendiéndose poco a poco, que titilan alegremente entre las páginas. Conllevan belleza y nos prometen un relato a la altura del lugar.

La autora planta la semilla de lo que ocurre. He ahí un elemento relevante. Narra hechos que sucedieron en el pasado. Circunstancias que más tarde, ya metidos en el tiempo de los acontecimientos, motivarán el comportamiento de los personajes y justificarán sus acciones. Nos presenta a esas figuras en fases anteriores de su vida, en su etapa de crecimiento y aprendizaje, y de ese modo consigue la coherencia necesaria para construir un drama.

Ah, y es el momento de recordar que estamos ante una historia de amor. Entre Maggie Browne y Frank Buxton. Entre la hija de una familia humilde y el hijo de un terrateniente con recursos. Entonces, expuesta la situación de partida, lo importante es que las cosas vayan evolucionando de manera que surjan los impedimentos para la prosperidad de esa relación. Que esos obstáculos tengan una raíz verosímil. Que haya una concordancia entre los caracteres y los sentimientos. Entre los temperamentos y los impulsos. Entre los sucesos y la actitud que adopta cada individuo ante ellos.

Lo que interesa, en definitiva, es desembocar en un dilema moral. Crear las bases para poder llegar a él. Y eso es lo que consigue Elisabeth Gaskell en su libro. Porque ahí reside la esencia de una novela. En llevar a los protagonistas a un instante en que deban escoger entre dos valores. Entre dos dignidades. Entre dos decisiones. Y una vez ahí, tomado el camino que sea por parte del personaje, también será valioso que el lector trascienda el contexto de la historia y vincule mentalmente su desenlace a referentes propios que queden más allá de lo leído.

La casa del páramo termina bien. A menudo es un alivio saber de antemano que hay un final feliz, así que yo opto por decirlo. No creo que ese dato perjudique la lectura. No creo que eche a perder el entusiasmo de nadie. Y es que, en contra de lo que aseguraba Tolstoi en Anna Karenina, la felicidad también puede adoptar formas diferentes. Tiene orígenes distintos. Se alcanza por vías muy diversas. Es lo que se abre después de haber superado muchos tipos de desgracia.

Ah, y la dicha siempre ocurre en un lugar concreto. Ése que nos atrae de manera singular. Ése que nos ha descrito la autora al principio. Ése en el que nos hemos sumergido con ayuda de su técnica y de nuestra capacidad de abstraernos. Ése que nos gusta tanto que incluso aceptaríamos un libro ambientado en él aunque no pasara nada. Claro que sí. Bueno, y si sucede algo como en este caso, bienvenido sea.

Paisaje.

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