Periodista

Antonio Pampliega: “Solo espero que, el día que nos extingamos, lo que venga sea mejor”

Antonio Pampliega empezó en 2008 a cubrir zonas de conflicto como periodista ‘freelance’, pero asegura que no conoció la guerra hasta que llegó a Siria, país al que viajó entre los años 2011 y 2015

“Solo espero que, el día que nos extingamos, lo que venga sea mejor”
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“Solo espero que, el día que nos extingamos, lo que venga sea mejor”Iranzu Larrasoaña
“Solo espero que, el día que nos extingamos, lo que venga sea mejor”

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Iranzu Larrasoaña

Actualizado el 12/03/2018 a las 07:44

Antonio Pampliega nació en Madrid, en 1982, y lleva desde 2008 trabajando en zonas de conflicto. Como freelance, ha sido testigo del lado más oscuro del ser humano, ha dado voz a los vulnerables y ha sufrido en primera persona las consecuencias de la guerra. Líbano, Afganistán, Ucrania o el Congo. Aunque ha trabajado en diferentes países, asegura que no conocía qué es la guerra hasta que llegó a Siria. Cubrió este conflicto desde diciembre de 2011, en sus inicios, hasta julio de 2015, cuando ya nadie se atrevía a entrar al país. El pasado martes ofreció una charla en Pamplona, invitado por el Colegio Mayor Larraona, en la que habló de su papel como informador en zonas de conflicto a un auditorio lleno de estudiantes de Periodismo y Comunicación Audiovisual.


¿Qué le cuenta a un estudiante de Periodismo?

Mi intención siempre es mostrarles una imagen real de cómo está la profesión. Cuando salí de la facultad, no sabía lo que era un freelance. Van a tener que pagar por trabajar. Los medios de comunicación españoles te dan entre 35 y 45 euros por crónica desde Siria. También quiero que entiendan la importante labor que hacemos los periodistas en zonas de conflicto. Sin periodistas que cubran la guerra, el mundo es mucho más oscuro.

¿Trabajan con la misma precariedad laboral sus compañeros de otros países?

En septiembre de 2014 estaba, con José Manuel López, cubriendo una ofensiva de las milicias iraquíes, apoyados por los kurdos Peshmerga, en el norte de Irak, contra Estado Islámico. Llegó la BBC con dos coches blindados, escolta armada y dos traductores. Como no podían ir todos al frente, dejaron a un traductor y nos preguntó a ver dónde estaba el nuestro. “No tenemos”, le contestamos. “¿Y vuestro coche?”, volvió a preguntar. “No tenemos”. “¿Y seguridad?”. “Tampoco”. “¿Y vosotros qué clase de periodistas sois?”. Yo le contesté que éramos periodistas lowcost.

¿En su trabajo siempre pierde dinero?

No pierdo dinero, expongo mi vida.

¿Por qué los medios de comunicación no apuestan por estas historias? ¿Causan rechazo?

La gente no quiere ver miserias, pero la indiferencia también mata. Que no lo quieras mostrar no significa que no exista. Lo puedes ocultar pero entonces te llega una oleada de refugiados y te preguntas por qué están viniendo. Si no lo has explicado antes, ya te pueden vender que son terroristas, que vienen a quitarnos el trabajo, etc...Yo soy partidario de sacar imágenes crudas, no del morbo. He sido víctima y no me gustaría que mi madre viese ciertas fotos mías.

¿Cómo enfoca su trabajo para que la gente no aparte la mirada?

Yo hago texto, foto y vídeo. El texto te da más libertad porque puedes ser lo explícito que quieras, no lo estás viendo. Hablo de gente destrozada y no pasa nada, pero esa foto o ese vídeo causa rechazo. Trabajé en Alepo en 2012, para AP, haciendo vídeo. Mandé un montaje de un hospital y el director me preguntó si no podía mandar algo con menos sangre. Es un hospital de guerra, ¿qué quieres? Yo tengo metraje muy duro que no saldrá jamás en la televisión porque no lo mandaría nunca. Pero la guerra se puede contar de muchas maneras, hay que buscar el enfoque.

¿Por ejemplo?

Los niños nunca dejan de ser niños, ni siquiera en la guerra. Llamó mucho la atención una historia que conté de una niña que aseguraba que quería matar a Bashar al-Ásad porque él había asesinado a su madre y su hermana. Tenía solo 12 años. El reportaje que más lo ha petado sobre Siria, que yo haya escrito, es el de Toshifumi Fujimoto, un japonés que era turista en Alepo. También me gusta mucho hablar de la comida. En la guerra se muere, pero también se vive. El que se queda tiene que comer. En estos países el pan es su tenedor, así que tienen que ir a las panaderías. El régimen las machacaba en Siria. Si tienes que matar a bulto, mejor hacerlo donde hay gente.

¿Cuál es el criterio para diferenciar los informativo de lo morboso?

La ética es importante. Me molesta la doble moral que tenemos en Occidente. Aylan tiene que ir en portada, porque no es nuestro muerto, pero al niño de las Ramblas de Barcelona, que sí es nuestro muerto, se le pixela y no va en portada. Así solo se consigue reforzar el discurso de Estado Islámico, que se basa en que nosotros, los occidentales, señalamos a los diferentes. O se publican las dos portadas, o no se publica ninguna.

Y usted, ¿qué habría hecho?

Las dos, porque está pasando. Aunque no lo queramos ver, ese niño está muerto, ¡y está muerto por algo! Nosotros empezamos una guerra en Irak en 2003. Digo nosotros porque España apoyó la invasión de este país. Pegas una patada a un avispero y ahora te comes el marrón. El marrón es Estado Islámico. Este grupo empezó en Faluya luchando contra los marines de Estados Unidos, de hecho es Estado Islámico de Irak.

Se le ve muy implicado con el pueblo sirio...

Sí, porque he visto la revolución desde que empezó. He visto a un pueblo machacado y me duele mucho porque no es como se está contando. Yo he estado en los hospitales y allí no había yihadistas, había niños.

Hace unos días un periodista subía a Twitter una fotografía de la guerra de Siria y recibía un comentario en el que un usuario le pedía que dejase de lado el activismo y se dedicase al periodismo. ¿Qué opina?

El periodista es periodista, pero ante todo es ser humano. Respeto la opinión de un señor que, por ejemplo, tuitea desde su sofá, que no sabe dónde está Siria y que apoya a un dictador, porque Bashar al-Ásad es un dictador, simplemente porque es de izquierdas, ¡pero que se vaya a Siria! Bashar al-Ásad es un dictador, como también lo son Kim Jong-un, Fidel Castro, Stalin o Gadafi. ¿Qué pasa? ¿Son buenos porque son de izquierdas y Franco es malo porque es de derechas? Son lo mismo. Lo que no sabe la izquierda que defiende a Bashar al-Ásad es que cuando Estados Unidos intervino en Afganistán en 2001, antes de mandar a los presos a Guantánamo, los llevaban a las cárceles del régimen sirio para que la Mukhabarat de Bashar al-Ásad les torturase y, a la vez, enseñase a los americanos a hacerlo. No entiendo esa superioridad moral que da Twitter. A mí me atacan mogollón. Dicen que soy amigo de los terroristas. Ellos han matado a mi mejor amigo, ¡que se vayan a tomar por culo!

Ha comentado que la gente no entiende por qué vienen a Europa los refugiados...

Yo no estoy a favor de la inmigración, de hecho no quiero que vengan a mi país. ¡Pero no por racismo! Tú les preguntas si quieren venir a España y te contestan que no. Vienen por necesidad pero eso hay que explicarlo. Hay que contar que llegan de Somalia porque pesqueros españoles han ido a robarles el atún. Esta gente se echa al agua y son piratas. Se convierten en los malos de la película, cuando tú has ido a robarles a su casa. Mi hermano es español y vive en Alemania. ¿Por qué está allí? Porque es inmigrante económico. Si le preguntas te dirá que quiere volver. Es normal.

Tendemos a fijarnos en los niños. ¿Qué pasa con los ancianos que huyen y a los que ya no les queda la esperanza de volver a su casa?

En julio de 2008, en el Líbano, visité un campo de refugiados y conocí a un matrimonio de ancianos palestinos que conservaban la llave de su casa. Seguramente esa casa ya no exista, pero seguían teniendo la esperanza de volver algún día a su tierra. Me dan mucha pena esas personas que llevan 60 años viviendo en el Líbano y que ya no van a poder volver a Palestina. Los ancianos son personas vulnerables a las que no se les tiene en cuenta. En las guerras veo pocos porque son los primeros en morir.

¿Algún día dejará de ser necesaria su profesión?

Si te vas a Atapuerca es posible que encuentres esqueletos humanos con puntas de lanza en el pecho. El ser humano se ha matado siempre. Solo espero que, el día que nos extingamos, lo que venga después sea mejor. Mi visión es muy fatalista. Yo veo lo peor del ser humano. En Siria cogí un rifle de francotirador y miré por la mirilla. Necesitaba comprobar si esa persona sabía a qué estaba disparando. Y sí, cuando aprietas el gatillo, sabes perfectamente a quién le estás metiendo una bala. Lo hice después de ver a un niño pequeñito con un agujero en el estómago.

¿Nacemos malos?

No, nos hacemos malos. He estado en el Congo en un orfanato y los niños no me miraban raro por ser blanco. El odio y el racismo lo aprendemos con los años. Hasta que no nos demos cuenta de la importancia que tiene la educación, como sociedad no vamos a avanzar. Pero claro, es más rentable la guerra.

En la guerra también se ve lo bueno del ser humano.

Por supuesto. La guerra saca lo peor y lo mejor del ser humano. Te encuentras con gente que se desvive por otra. He estado en Afganistán para contar la historia de un médico Italiano, Alberto Cairo, que lleva allí desde 1990 ayudando a los afganos. Estuvo en la caída del régimen de Najibulá, en la guerra civil con los muyahidines, con los talibanes, con la OTAN y sigue a día de hoy. Él te hace creer en el ser humano.

Hablamos mucho de la situación en Oriente Medio, pero hay conflictos más cerca.

En Ucrania sin irnos más lejos. De hecho, cuando empezó aquí el ‘procés’ escuchaba el lenguaje belicista de los políticos, españoles y catalanes, y me llegué a plantear si tendría que trabajar en mi país. No me gustaría. Los que azuzan a las masas son los primeros que van a huir, se va a matar la gente. Mira dónde están Puigdemont y Anna Gabriel. En cuanto la cosa se puso fea se fueron. A todos estos políticos, de un lado o de otro, me los llevaría a Siria y los dejaría un par de horas, ni siquiera un día, para que vieran las consecuencias de la guerra.

Defiende que el periodista no es protagonista. Sin embargo, después de ser liberado tuvo que enfrentarse al dilema de escribir sobre lo que le había sucedido y publicó el libro En la oscuridad. ¿Cómo gestionó ese momento?

Cuando me lo propusieron, rechacé la oferta. Nosotros no debemos ser protagonistas, vamos para contar las historias de los demás. Pero mi familia me dijo que si lo contaba igual esa historia le podía servir a alguien. Así que llamé a la editorial y acepté. La historia ha tenido tan buena acogida porque la gente se ve reflejada en ese secuestrado. Me quedo con un mensaje de una madre que me escribió por Facebook. Me dijo que tenía un hijo, que era un año más pequeño que yo. El 11 de marzo de 2004, cuando iba a clase, le mató Al Qaeda. “Por un segundo, tú has acercado a mi hijo a casa”, me aseguró. Ese es el valor que tiene el libro.

En una entrevista para otro medio comentaba que se equivocó la última vez que entró en Siria porque le dio más valor al reportaje que a su vida. ¿Ha cambiado su manera de trabajar?

Antes lo que me movía era ser el mejor. Intentar llegar a donde nadie había llegado, puede que motivado por un sentimiento de inferioridad. Yo sabía que nos iban a secuestrar. Aún así fuimos y la cagamos. No había nadie en Siria y, si salíamos, teníamos un reportaje cojonudo. De hecho, a Netflix le dieron el Oscar por la misma historia que íbamos a contar nosotros. Antes primaba más mi trabajo que mi vida personal. Lo siento mucho por los afganos y por los sirios pero yo, por más que vaya a una guerra, no voy a ser uno de ellos. Mi vida y mi familia están aquí, me debo a ellos. Esto no quiere decir que no siga trabajando en zonas de conflicto.

¿Ha perdonado al fixer que les traicionó?

Les he perdonado a todos. Después del secuestro entendí que no tiene sentido vivir con odio. Tengo muchos amigos musulmanes y no quería odiarlos a todos. El odio solo lleva a la venganza. La venganza lleva a matar gente. Yo no quiero matar a nadie. A Usama, quien nos vendió, no le guardo rencor. Al Qaeda le pudo pagar 15.000, 20.000 o 30.000 euros, nosotros le íbamos a dar 1.000 por una semana de trabajo. Era la oportunidad de su vida y él decidió vendernos. Su conciencia le dejará dormir o no. Nosotros pudimos matar a nuestros secuestradores, pero no lo hicimos. Hace poco recibí un mensaje de Usama por Facebook en el que decía que no había tenido nada que ver con el secuestro. No le contesté, no tiene sentido.

Ponéis vuestras vidas e historias en manos de esos fixers, ¿cómo dais con ellos?

Intentamos siempre buscar traductores o fixers que hayan trabajado antes con compañeros. Preguntas al periodista que más veces ha estado que te recomiende uno. Luego ya te puede salir bueno o te puede salir malo. En Siria yo era uno de los periodistas que más veces había estado y recomendé a Yousef , un fixer con el que trabajé muchas veces, a casi todos mis compañeros y les dio buen resultado. A Usama lo encontré por recomendación de una periodista y me salió mal. Con ella funcionó, pero cuando ella trabajó con él la guerra no estaba como cuando lo contratamos nosotros. La situación de Usama era mucho peor. Fue culpa nuestra no chequearlo antes, pero cuando lo vimos nos causó una buena impresión.

¿Cómo describe la guerra?

Es indescriptible. Vacío y silencio. La guerra es el que se queda a llorar al muerto.

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