El idilio de Padilla con Pamplona: de la nada al todo y de la muerte a la vida
Juan José Padilla, que debutó en Pamplona cuando era un desconocido ante una corrida de Miura en 1999, ha salido seis veces a hombros tras 25 paseíllos en San Fermín


Actualizado el 02/12/2017 a las 11:31
La Monumental de Pamplona y Padilla han sido la misma cosa desde hace muchos años, exactamente desde que el matador de Jerez de la Frontera debutara un once de julio de 1999 en una corrida de Miura en la que cortó tres orejas y salió a hombros. De ser un desconocido absoluto a encaramarse en lo más alto tras una tarde sencillamente memorable, en la que le cortó una oreja al mítico Bombito, un torazo llegado de Zahariche que estuvo apretando al peto del caballo del picador más de diez minutos y que pasó a la historia por su infinita bravura. Juan José Padilla, con la plaza de bote en bote, cortó después las dos de Alpargatito. La locura desatada al máximo con un diestro ignoto, de blanco y oro con remates rojos. Casi como un mozo más para convertirse en el torero predilecto de los tendidos de sol durante casi dos décadas. 18 temporadas seguidas en Pamplona y varias veces con su vida puesta en entredicho, especialmente la cornada que le asestó otro toro de Miura en el cuello en 2011. El parte médico fue sencillamente dramático: "Cornada en región cervical que diseca en su totalidad y en sentido transversal el cuello. Presenta fractura de la cara anterior de la segunda y tercera vértebras cervicales y contusión en el esófago. Pronóstico muy grave".
Increíblemente salió vivo. Un milagro, y Pamplona para siempre sellada en el corazón de un diestro que diez años después recibió en Zaragoza una pavorosa cornada en el cuello que cambió para siempre su imagen. El torero tuerto, el Pirata que vivió en su reaparición pamplonesa del año siguiente una de las tardes más emotivas y emocionantes que se recuerdan: miles de banderas piratas ondeando, "¡Illa, illa, illa... Padilla maravilla!", como canto iniciático desde el callejón hasta la chapa verde de las altura de la reforma de Moneo. Todo más allá del toreo, porque Padilla se convirtió en un hombre renacido que se había hecho perito en burlar a la muerte y continuar por la vida como si tal cosa. Padilla es el torero icónico por naturaleza, burlador de la muerte, corredor de los encierros, rodeado de niños, las banderillas al borde del abismo, los desplantes de espaldas con los pitones rozando los alamares de la chaquetilla.
En la pasada feria alcanzó los 25 paseíllos en Pamplona. El Pirata ha paseado 17 trofeos, ha desorejado a un toro y ha salido a hombros seis veces. Casi nada. Navarra es parte de su vida. Ha toreado en casi todas sus plazas, ha tentado en casa de Miguel Reta toros colorado de la casta de la tierra, ha participado en cursos universitarios, en encuentros gastronómicos, hasta es caballero de la Orden del Cuto Divino.
Tras la cornada de Zaragoza dejó de vérselas con Miuras y otras ganaderías de similar ralea, pero muchos aficionados recuerdan su salida a hombros en 2013 ante toros de Fuente Ymbro con Iván Fandiño en la tarde en la que el torero vasco de Orduña desorejó a un excepcional ejemplar de Ricardo Gallardo. Padilla, en aquella corrida de gris perla con remates negros, se volvió a subir al carro de triunfo en una plaza que ha sido suya como pocas.
Seguro que la Meca organizara una gran despedida al toreo de Jerez el año que viene, cuando además se cumplen las veinte temporadas de alternativa de El Juli, que también tiene previsto hacer algo especial en San Fermín tras su ausencia en la última feria.
