La maquinaria de la memoria
Cuanto más lejos está el tiempo que vuelve a la memoria, más fuerte es el impacto que consigue desencadenar el recuerdo.

Actualizado el 09/04/2019 a las 16:50
Algunos lugares o algunas personas poseen la cualidad de mostrarnos sin ningún tipo de pudor o excusa que el tiempo pasa a la velocidad del rayo. Ocurre con una canción, una película, un espacio o un aroma que, tras un periodo de ausencia, irrumpe en nuestros sentidos y el hecho de volver a tenerlo cerca, volver a verlo, escucharlo o respirarlo, consigue refrescar y traer de vuelta a la memoria un tiempo que ya no existe, pero que por un momento se impone y se hace muy real.
Cuanto más lejos está ese tiempo que vuelve a la memoria, más fuerte es el impacto que consigue desencadenar el recuerdo. Me ha pasado este fin de semana en la reunión de los treinta años de antiguos alumnos del colegio donde estudié bachillerato. Puede ser que el hecho de que no hubiera vuelto por allí en años, influyera, pero las tres décadas que hace que dejé atrás los muros del colegio no pudieron evitar que me volviera a sentir de nuevo una estudiante de quince años.
También diré que la regresión temporal no ha sido espontánea, sino que más bien se ha ido gestando en las últimas semanas, a través de la secuencia de emociones que ha supuesto la tarea de organizar la reunión de antiguos compañeros. Ha sido emocionante intentar localizarlos, pero aún más especial fue el momento de reencontrarnos, de volver a ver caras conocidas que había dejado de tener cerca durante años. Se nos notaba a casi todos ilusionados, algo nerviosos y expectantes. Había un tintineo especial, algo vibrante, como un ritmo de cascabeles, conforme íbamos llegando al exterior del colegio y esperábamos junto a la puerta, el lugar que se había elegido como punto de encuentro.
Algunos estaban igual. Otros habían cambiado tanto que parecían personas distintas, pero en todos, sin ninguna excepción, se leía el mismo brillo en la mirada: nos volvíamos a sentir alumnos del colegio, sentíamos la punzada de que el reencuentro nos hacía revivir aquellos años de estudiantes, volvíamos por unas horas atrás en el tiempo. Recordábamos motes y apellidos, anécdotas e historias.
La emoción se intensificó en los metros que tuvimos que recorrer desde los alrededores. Allí seguía la tienda de chucherías de la calle próxima o las bancadas de la plaza. No importaba que esos lugares ya no fueran los mismos de entonces o que les hubieran cambiado el nombre porque sentíamos que formaban parte del umbral de un paisaje que nos llevaba directos a aquel tiempo de la memoria. A medida que nos acercábamos al colegio, nos volvía a salir acné y se nos hacía más pequeño el entorno. Era como si toda la seguridad y el aplomo ganado a fuerza de vivencias y experiencias en los últimos treinta años, fuera menguando para devolvernos a la frágil expectativa y a todo el idealismo de la adolescencia.
Algunos científicos mantienen que los viajes en el tiempo son posibles. Dicen que, en el fondo, lo que hace falta es idear un aparato que pueda transportarnos a la velocidad de la luz. Me consta que aún no lo han inventado, pero el día que lo logren no sé si serán capaces de crear algo tan vívido y tan especial como nuestro reencuentro de antiguos alumnos, que nos llevó a años luz de aquí, a través de la memoria y de la nostalgia.