El legado del abuelo Ricardo

Publicado el 25/03/2017 a las 12:04
Poco antes de las pasadas navidades había planeado entrevistar a Ricardo Otamendi, un pamplonés casi centenario, con una interesante vida a sus espaldas, digna de ser narrada. Me habían adelantadoque era dicharachero y simpático, inteligente y entrañable, que había colaborado a levantar el barrio de San Juan, que contaba historias con una gracia inusual, y yo me moría de ganas de escucharle. Tenía intención de preguntarle acerca de sus lecturas,porque había sido un lector constante que, sin duda, tendría un punto de vista peculiar también en este aspecto. Sin embargo, y a pesar de su salud de hierro, una neumonía inoportuna lo tumbó de un día para otro y falleció apenas una semana antes de poder conocerle. Estos días, gracias a su nieto Mikel, he podidover algunas de sus fotografías y también echar un vistazo a los libros que guardaba, y conocer a travésde sus recuerdos, al abuelo Ricardo.
Una vez escuché en una película una frase que decía algo así como que "somos la suma de los momentos compartidos con otras personas y la impresión que todos esos momentos han dejado en nosotros". Venía a decir que, sin los demás, no seríamos quienes somos y que, en origen,cabe imaginar como una buena definición el hecho de que seamosuna especie dediamantes en bruto a los que el mundo y nuestros encuentros con otras personas terminan modelando, dando forma así a nuestro carácter, a nuestras emociones y percepciones.
De la misma forma, es posible que los objetos que consideramos lo suficientemente preciosos como para conservar durante años en nuestros cajones y estanterías, también hablen de nosotros de alguna manera.
Eso es lo que viene ahora a mi menteal ver los libros y las fotografías que atesoraba el abuelo Ricardo. Ahora que él ya no está y no puedo hacerle preguntas, son estos objetos los que me cuentan cosas. Reviso las fotografías y me doy cuenta de que estos objetos me hablan, y son un buen reflejo del espíritu intrépido de Ricardo Otamendi, a la vez que un espejo de una generación que tuvo que soñar e imaginar lo que, en muchos casos, no podía vivir en primera persona.
"Mi abuelo era un tipo único. Pasó su infancia en un orfanato en Bilbao y, a la edad de 8 años, un bombardeo al puerto de esta ciudadevitó en el último momento que un barco de la cruz roja inglesa lo evacuara junto con miles de niños al extranjero. Luego, siempre nos contaba que su primer regalo una noche de reyes fue una naranja, y quede niño repartía el periódico Euzkadi por las calles de Bilbao, ya que unos tíos suyos trabajaban en la rotativa. De joven se dedicó a casi todo y contaba que para sobrevivira veces cazaba gaviotas y vendía naranjas a los viajeros de los autobuses junto al teatro Arriaga", me explica su nieto Mikel.
Observo con detalle loslibros del abuelo Ricardo. Se me representan como una huella dactilar de sus gustos lectores. Ahí se dan la mano un antiguo manual de aritmética francesa junto con un puñado de grandes obras de la literatura del siglo pasado en ediciones que seguramente él mismo fue comprando a lo largo de los años. Además, hay otros libros más actuales como 'Los pilares de la tierra', de Ken Follet, 'Carta blanca', de Lorenzo Silva, o 'El Club de la buena estrella' de Amy Tan, que le prestaba en los últimos años su nieto, con quien compartía el placer por la lectura.
Ricardo Otamendi debió de ser un hombre interesante e interesado acerca del mundo que le rodeaba. Hay pequeños gestos en algunas fotografías que muestran su carácter extrovertido y me hablan de un ser inquieto y curioso, en constante búsqueda de horizontes. Me consta que seguía muy de cerca, por ejemplo, los viajes de su nieto Mikel, quizá porque era una forma de hacer realidad los sueños que las novelas de su juventud le fueron inoculando en el alma gota a gota, letra a letra.
Entre sus libros, 'Tarzan en la selva'.Cuántas veces sentiría Ricardo que él era como aquel hombre de la selva, un 'tarzan' en medio de la jungla de la vida? Se sentiría identificado con el mito del buen salvaje, esa metáfora del hombre libre que, a pesar de sus limitaciones, no está contaminado en su esencia por los vicios de la modernidad?
Lo imagino leyendo el clásico de Edgar Rice Burroughslleno dereferentes profundos y metafóricos, con lazos culturales que apuntan directamente a la historia del niño lobo de Herman Hesse,alRobinson Crusoe de Daniel Defoe, e incluso a la teoría deRosseau que habla del hombre que vive en estado de pureza en plena la naturaleza. Lo imagino leyendo esa novela y haciéndose preguntas.
"Después de esa dura infancia en Bilbao, mi abuelo se trasladó a Pamplona a trabajar de limpia-cristales. En aquella época, uno de sus cometidos era subir varias veces al Fuerte de San Cristóbal andando a llevarle comida al marido de la patrona donde vivíaporque estaba preso tras la guerra. Hablaba con frecuenciade lo que le tocó ver allí, de cómo vivían aquellos hombres sin libertad y siempre decía que los presos estaban muertos en vida, llenos de piojos, famélicos, sucios y enfermos".
Ya en Pamplona, Ricardo Otamendi estudió en el Centro Mariano en la calle mayor y tomó parte en la fundación de la peña La Jarana. De hecho, en el reciente XX aniversario de la peña, participó en un libro recopilatorio que se publicó con este motivo puesto que era uno de los pocos miembros fundadores que quedaban vivos.
Le toco ir a hacer 'la mili'durante dos añosa Guipuzkoa y, según cuenta su nieto Mikel, aquella etapa le dejó muchasexperiencias de todo tipo: "En la mili fue cabo de dinamiteros, cocinero del capitán, secretario -al ser de los pocos que sabía leer y escribir-, gastador en los desfiles por su planta y su altura... Una parte de la mili la hizo en un batallón de zapadores, picando en los túneles,donde vio suicidarse a un prisionero de guerra que estaba trabajando con ellos. Trabajó también construyendo nidos de ametralladoras en Fuenterrabia. Aquella época -nos contaba el abuelo- fue dura, pero también le deparó buenas amistades. Uno de sus amigos en la mili, fue un joven albañil que después resulto ser un tal Flores quienmontó la empresa Construcciones Flores y construyó medio barrio de San Juan y el edificio Singular de Pamplona".
Los recuerdos de su nieto Mikel se mezclan con la impresión de sus lecturas. Cuándo leería Ricardo Otamendi el clásico de Harper Lee 'Matar a un ruiseñor'? O el inolvidable 'A sangre fría', de Capote? Dos novelas que marcaron en los años 60 a toda una generación por la capacidad con que recrearon la crueldad vividaen Estados Unidos en uno de los peores momentos de desigualdad racial; así como la violencia más brutal ocurrida en un recóndito y tranquilo pueblo del ámbito rural norteamericano. Dos novelas decisivas que hablan de una sociedad fragmentada, de un mundo en profunda crisis, naufragando en las aguas de una moral contradictoria y enferma.
Qué sentiría Ricardo al leerlas? Sus ediciones son dela segunda mitad de los años 60Cómo impactarían aquellas lecturas en su mundo, inmerso en plena juventud en aquellos años en esta Pamplona nuestra? Una Pamplona que estaba en pleno desarrollo industrial con la construcción, por ejemplo, del Polígono de Landaben. Unaciudad que avanzabaen aquellos años difíciles y llenos de conflictos con la mirada puesta en un futuro que hablaba de mejores condiciones de vida. Y vuelvo a imaginarme a Ricardo Otamendi en aquel marco lleno de incertidumbres sociales y políticas. Loobservoen esta fotografía donde se le ve enamorado, recién casado, comenzando una nueva etapa, mientras camina con su mujer en una mañana soleadapor la Plaza del Castillo.
"Mi abuelo siempre contaba una anécdota que hacía referencia a mi abuela: estuvo preso en la mili por ayudar a un amigo a ir a Pamplona a ver a su novia y, cuando estaba en el calabozo, lo llamaron de urgencia del alto mando del cuartel porque sospechaban que era un espía. Esto ocurrió porque mi abuela, Maritxu, de origen parisino e infancia tudelana, le mandaba desde Pamplona el periódico con mensajes secretos que hicieron sospechar que algo raro pasaba. Dichos mensajes del tipo: RIpiCArparDOpoTEpeQUIpiEpeROpoMUpuCHOpo no eran mas que mensajes de amor encripatados que le mandaba mi abuela “Ricardo te quiero mucho”.
Permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él, dice Miguel Delibes en un momento de la novela 'El camino', otro de los libros que el abuelo Ricardo guardaba entre sus tesoros literarios yotro libro que suponeun alegato en favor de la naturaleza, de los ritmos pausados y orgánicos, frenteal mundo artificioso, urgente y programado de las grandes ciudades y de todo lo que excede en su complejidad. Sería Ricardo Otamendi un adelantado a su tiempo? Fue un hombre sabio en su sencillez, dispuesto a aceptar la vida con arrestos y determinado a vivir cada instante, aprovechando lo mejor que traía la existencia?
Me atrevo a decir que sí y que eso es, probablemente lo que Ricardo Otamendi eligió como rumbo en muchos momentos de su vida. Ejerció multitud de profesiones. Fue casi de todo, pero quizá su dedicación a la venta en el mercado es lo que más gratificaciones profesionales le dio. Pasó 33 años al frente de su puesto de encurtidos en el mercado y cuando le llegó el momento de jubilarse, una nota publicada en 1987 en Diario de Navarra, a modo de homenaje, recogía sus palabras y ahora deja entrever parte de su espíritu: "Llevo varios días despertándome a las 6 de la mañana pensando en el puesto, pero me parece tonto. Con 64 años y medio, meterme de nuevo en todo este ajetreo. A partir de ahora, pienso aprovechar para cogerme esas vacaciones que no tengo desde hace 30 años. Mis amigos dicen que ahora podré pasear, pero... voy a estar todo el día paseando? No sé, iré a ponerme moreno a Salou con mi mujer".
"Mi abuelo nos llevaba a conducir a parajes desiertos montados sobre sus rodillas. Nos enseñó a andar en bici. Nos llevaba a las competiciones de atletismo, a nosotros, sus nietos, y a todos los amigos que cabían en un Austin de color azul marino chulísimo que se convertía en una fiesta llena de niños que iban a las carreras como locos de contentos. Nos compró una carabina y lo primero que nos enseñó era que nunca, nunca, nunca había que disparar a los pajaros. Sólo a latas", me cuenta su nieto, Mikel G. Otamendi, con una sonrisa llena de nostalgia dibujada en la mirada...
A Ricardo le quedó tiempo para todo, menos para envejecer. Lo decía Gabriel García Márquez y es cierto: "No es verdad que las personas dejande perseguir sueños porque se hacen viejos, se hacen viejos porque dejande perseguir sus sueños". Y el abuelo Ricardo no se hizo nunca viejo porque seguramente siguió siempre, hasta el último de sus días, alimentando sus sueños.
Desde que se jubiló tuvo tiempo para ir a Salou, para pasear con su perro, para dibujar y pasar horas con su familia, para conocer a sus nietos y biznietos, y para sembrar cariño y buenos recuerdos en todos aquellos que le conocieron. Incluso le dio tiempo a dejar una huella en los queno llegamos a conocerle en persona, pero tuvimos la fortuna de saber de él indirectamente a través de los herederos del legado de vida del abuelo Ricardo. Personas que, como su nieto Mikel, continúan sus pasos yno dejan de perseguir sus sueños.