Hijos de Jerónimo

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Belén Galindo

Publicado el 15/04/2014 a las 02:20

Vengo a un Powwow para ser un indio, para encontrar sentido a mi ser. Es parte de la espiritualidad de un indio americano ayudar a los otros y celebrar con cada uno. Cuando vengo a un Powwow, obtengo fuerza para seguir adelante con mi vida”. Este texto de Rachel Snow es el que leo en este encuentro indígena al que asisto. Rodeada de descendientes de auténticos indios originarios de este país, siento que por un momento conecto con el legado ancestral de este pueblo del que hoy no queda más que el folclore y la dignidad de sus descendientes, en medio de las ruinas.

 

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Hace rato que lo observo. Se llama Oatopanwa. Es descendiente directo de la tribu Cherokee, y me explica que su nombre significa “un lugar elevado, donde las montañas acceden al mar desde el acantilado“. Me he acercado a él, le he saludado y al preguntarle por qué ha venido hoy aquí, me ha mostrado un fragmento de papel que ha sacado del pecho, donde lleva escrito este breve texto. Me cuenta que resume parte de sus creencias y es lo que le mueve a venir siempre que puede a un Powwow. Su apariencia de guerrero y su dignidad me han llamado la atención.

 

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Permanece quieto, impasible, sentado, con todos los sentidos puestos en las danzas de los demás indios, escuchando los cánticos. Me sobrecoge su actitud, porque está en posición de fuerza y humildad al mismo tiempo. No estamos acostumbrados a percibir este tipo de energías a nuestro alrededor. Yo al menos no, y me sorprende.

Le pregunto a qué se dedica. Y me cuenta que trabaja en una fábrica y vive en una ciudad de los alrededores. Me explica también que el Powwow es una reunión social, una especie de festival ceremonial que se lleva a cabo con el propósito de reunir a miembros de distintas tribus que se encuentran viviendo en otros lugares. Me dice que, a veces, los Powwows se llevan a cabo en las reservas Indias, pero otras veces, como este en el que me encuentro, tienen lugar en diferentes localidades de los Estados Unidos. Y que siempre que puede, él acude, comparte unas horas con otros indios, y se llena de energía.

 

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La verdad es que estoy impresionada por sus palabras, por lo que me transmite este hombre y por lo que estoy viendo a mi alrededor. Alguien cercano me habló de este evento y vine, sin saber muy bien qué iba a encontrarme. De hecho, es la primera vez que asisto a un Powwow. Para mi sorpresa, nada más entrar al recinto, me ha sobrecogido una especie de emoción, algo que tiene que ver con la espiritualidad ancestral de la que son herederas todas estas personas, y esa emoción que siento, se mezcla en mis sentidos con otras impresiones más turbias. Me duele el hecho de verlos recluidos en un gran almacén, en una nave industrial, como en cautividad, mientras que lo que esperaría de ellos es verlos en una ladera en plenas montañas, en la naturaleza, en el lugar que les corresponde.

 

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Oatopanwa que explica que la mayoría de los Powwows están abiertos al público e incluyen concursos y competiciones de canto, tambores, danzas ceremoniales y vestimentas nativas. Aquí hoy se dan cita indios pertenecientes a muchas tribus. Me dice que más de veinte. Normalmente hay que pagar una cuota de admisión para poder participar y en el interior del recinto se puede comprar artesanía, alimentos y bebidas. Para entrar hoy a este Powwow, en el Pabellón First Tennessee de Chattanooga he pagado 7 dólares. Pero me han dicho también que es tradición que se donen unos cuantos dólares a los tamborileros y a los danzantes. Usualmente se permiten las fotografías, pero se debe pedir permiso antes de tomarlas. En algunos casos se espera una pequeña propina. Y aquí mismo me lo hacen saber. Algunos de los indios a los que fotografío me piden la consabida “tip”, en cuanto les apunto con mi teléfono móvil para sacarles una foto. No es el caso de este hombre, que tan amablemente me ha respondido a todas las preguntas. Le doy las gracias, y él me tiende la mano.

 

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Me siento en una silla a escuchar los tambores, a disfrutar de las danzas. Quiero impregnarme de todo esto que tengo ante mí. Pienso en la historia de los indios americanos que habitaron estos territorios de los Estados Unidos antes de la llegada de los blancos e imprimieron a la tierra las primeras esencias culturales que, mezcladas a las de los colonizadores europeos, dieron como consecuencia este país.Esa mezcla, ese mestizaje, está impreso en cada uno de estos indios. Los hay que visten con orgullo los trajes guerreros de sus antepasados, mientras consultan sus teléfonos móviles.

 

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Los hay que me cuentan que trabajan en una oficina o en un almacén de lunes a viernes y que los fines de semana se dedican a practicar sus danzas con otros indios, y a participar en estos Powwows para que no se pierda su cultura, sus raíces. Los hay que danzan con tremenda energía, con rabia incluso, como queriendo vengar la salvaje injusticia que les llevó casi a la extinción y de la que fueron objeto sus antepasados hace siglos.

 

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Satinka, es descendiente de indios Sioux. Su nombre significa “bailarín sagrado” y me cuenta cómo él ha integrado en su vida cotidiana las creencias de su pueblo de origen. Dice que intenta que cada acto de su vida sea, en la medida de lo posible, un acto religioso. Que reconoce el espíritu en toda criatura de la creación y en sus actos, y que intentarespetar esto siempre y extraer poder espiritual de todas las cosas, personas y animales.

Me siento a su lado y tomo notas de lo que me dice. Me explica que el indio cree profundamente en el silencio, porque es señal de un equilibrio perfecto, es signo del equilibrio absoluto de cuerpo, mente y espíritu. Afirma que él aspira a mantener su mente siempre calmada y firme “ante las tormentas de la existencia. Porque el mundo está enfermo y la tierra llora, mientras los hombres solo piensan en el dinero”.

 

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Me fijo en su mano izquierda. Hace rato que sostiene una lata de cerveza. Y recuerdo algo que he leído sobre la propensión de los indios americanos al alcoholismo, porque quizá su raza es más débil que otras a los efectos nocivos del alcohol. Siento pena. Hay mucha dignidad en medio de una atmósfera que también huele a miseria, a pobreza, a pérdida.

Me intereso por la situación actual de los indios en Estados Unidos y encuentro algunos datos que me ratifican en esta impresión. Hoy en día, las reservas son consideradas una de las áreas de mayor pobreza de los Estados Unidos.La tasa de desempleo es 5 veces más alta que la de la población general de este país, llegando en algunas reservas a ser hasta del 75%, según la Oficina de Asuntos Indígenas. Junto con la pobreza, elalcoholismo y el suicidio son algunas de las lacras de esta sociedad.

 

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Cerca de 10 por ciento de las familias nativas están desamparadas. Más del 14 por ciento de los hogares indígenas carecen de electricidad, una cifra que es diez veces mayor que el promedio nacional. El 20 por ciento de los hogares nativos no tiene agua potable. La tasa de mortalidad infantil es aproximadamente 300 por ciento superior a la media nacional. La expectativa de vida de los hombres nativos americanos es de 50 años de edad... no sé si merece la pena seguir, porque los datos hablan por sí mismos.

Algunos consideran a los indígenas norteamericanos como una raza en extinción. El Acta de Ciudadanía India de 1924otorgó reconocimiento oficial a las tribus de indígenas norteamericanos. Esto se debió en parte al servicio heroico de muchos de ellos en la Primera Guerra Mundial. En la actualidad, existen más de 500 gobiernos tribales reconocidos en los Estados Unidos. Ellos se gobiernan a sí mismos y son consideradas naciones soberanas de pueblos dentro de Norteamérica. Actualmente, existen más de 2,48 millones de indígenas de los Estados Unidos, según la oficina de censos.

Me fascina su pasado. Me inquieta su presente. Me pregunto por su futuro. Y como no tengo respuesta, opto por escucharlos, por observarlos y admirar su dignidad, a pesar de todo. A pesar de la injusticia y del silencio.

 

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