Rojo sangre en las aulas

Publicado el 19/10/2013 a las 01:55
Ya está aquí Fall break, una especie de puente foral a la americana, con unos suculentos días de fiesta a las puertas del otoño, preludio en el calendario de la fiesta de Acción de Gracias. Aprovechando el ambiente prefestivo, hablamos en la universidad de los Sanfermines, la tomatina de Buñol y el Presente de Indicativo del verbo ir.
Cada vez disfruto más impartiendo estas ocasionales clases de español en la Southern Adventist University de Tennessee. Este fin de semana algunos profesores han tenido que salir de viaje o acudir a congresos en el extranjero, así que vuelvo a tener el privilegio de poder enseñar algo a estos estudiantes americanos y de aprender yo mucho más de ellos. Hoy, además, imparto más de una clase, con lo que el privilegio no será para mí ni doble ni triple sino que se multiplicará por cuatro.
Tengo una mañana intensa en la SAU con nada más y nada menos que cuatro clases por delante: una de cultura española y tres de lengua castellana. Para celebrarlo, el temario se viste de rojo y blanco porque, entre clase y clase de gramática, donde analizaremos el presente de indicativo y los verbos irregulares como el verbo “ir”, en clase de cultura voy a hablarles de una fiesta que conozco bastante bien: los Sanfermines.
Tengo la suerte de encontrarme con un terreno bien abonado porque el profesor titular de la asignatura les ha enviado previamente unos enlaces con vídeos. Así ha conseguido que conozcan de antemano el contexto de estas dos fiestas de España y vean algo de lo que hoy trataremos en clase. De hecho, algunos de los estudiantes puede que incluso hayan podido vivir la experiencia de correr un encierro o mancharse de tomate hasta las entretelas sin salir siquiera de los Estados Unidos. Este verano varias ciudades americanas han decidido impulsar un sucedáneo de ambas fiestas, entre el rojo sanfermín y el rojo tomate, que ha sido un auténtico éxito si tenemos en cuenta que la participación se ha contado por miles de personas.
Son cerca de una docena de alumnos, interesados e interesantes. Su aspecto es de lo más heterogéneo. Llevo aquí ya más de tres meses y no hay forma de que me acostumbre a este mestizaje maravilloso y rico en matices de todo tipo que conforma racialmente la universidad (como la sociedad) americana.Tengo la vista hecha ya al mayoritario blanco pálido caucásico de Pamplona, y no deja de sorprenderme el colorido humano de la clase, que me hace recordar aquellos anuncios de United Colors Of Bennetton... Os confieso que una y otra vez me siento fascinada por semejante variedad y riqueza.
Para empezar, les hablo del origen y de la historia de las dos fiestas. Me entretengo menos en la tomatina de Buñol, que les apetecería visitar para poder mancharse sin límites y les hace sonreír; pero me detengo más en los Sanfermines de Pamplona que les interesan porque lo veo en sus miradas; y que también les atemorizan de entrada solo con el hecho de imaginar una manada de toros bravos corriendo por las calles de una ciudad que tiene más de mil años.
Creen que el peligro es el toro. Y les cuento que muchas veces, el mayor peligro son los corredores. Sobre todo los inexpertos, los patas, los que corren borrachos o mal provistos de calzado y se caen haciendo tropezar a los que vienen detrás, los que cometen imprudencias como correr tocando el lomo del toro, o grabando en vídeo o agarrado a otro corredor.
Creen que lo que puede herirte son las astas puntiagudas. Y les explico que casi siempre son astas romas, pero que la fuerza de la testuz de un toro puede destrozar a un hombre de un empellón certero en un segundo. Preguntan por las normas. Quieren saber si hay que pagar por asistir. Si hay multas por cometer imprudencias. No saben que cada año hay decenas de heridos tras los encierros, ni que existe una cifra negra, un rosario de muertos que han perdido la vida en esos metros por correr delante de los toros en una fiesta tan antigua como la nuestra.
Se emocionan cuando les detallo la muerte por herida de asta de toro en el abdomen del joven americano Mathew Peter Tassio, en el tramo de la Plaza Consistorial, hace cerca de quince años. La única muerte en el encierro que a mí me tocó vivir y contar, entonces como periodista de Radio Navarra Cope. No imaginaban que las cosas pueden acabar tan mal. Pero sienten, mientras se lo explico con ejemplos y anécdotas, que los encierros y por ende los Sanfermines no son un simple juego, que son mucho más que una fiesta. Entienden que queda algo primitivo y ancestral en esta ceremonia vestida de tradición en la que el hombre se mide con el animal casi de la misma forma en que se hacía en el origen de los tiempos.
Preguntan por el pañuelo rojo. Les entusiasma la idea de honrar a San Fermín de esa forma, al recordar con el rojo anudado al cuello que nuestro mártir murió degollado.
Y una y otra vez el rojo, la sangre y el riesgo les hace mudar la expresión. Ya no sonríen como cuando hablábamos del rojo de tomate en la ropa que queda tras la fiesta de Buñol. Ahora el rojo de sangre de la fiesta de Pamplona les ha dejado otra esencia en el rostro. Les leo en los ojos un poco de temor, otro de perplejidad, también hay respeto, y hasta incredulidad. No me lo dicen, pero sobrevuela el aula una idea, a caballo entre la pregunta y la aseveración: Pero cómo es posible que algo así ocurra, siga ocurriendo, en el siglo XXI, se viva y se visite, y sea cierto?
No puedo contestarles, mejor que no me lo hayan preguntado... Porque, mi respuesta será apasionada, les puedo dar muchos argumentos con el corazón pero si lo pienso fríamente, puede que tengan razón y no sabría muy bien qué responderles.