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Sopa de Letras
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Así es un club de lectura en USA...

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Así es un club de lectura en USA...
Actualizada 19/08/2013 a las 04:32

 

Faltan unos minutos para las 7 de la tarde y conduzco por los alrededores de mi vecindario. Mi destino es un club de lectura. Pero no voy a un centro cultural, ni una biblioteca o una librería. Me dirijo a una típica casa americana, en medio de un barrio residencial a las afueras de la ciudad de Chattanooga, en el estado de Tennessee: voy a asistir a un club de lectura típicamente americano.

Me han invitado las damas que lo organizan, y yo lo vivo como una nueva experiencia americana. Una muy especial, y como una forma más de integrarme en el vecindario, después de que mi amiga Isabel, que ya asiste desde hace un año a estas reuniones bibliófilas le comentara a una de las organizadoras que en mi país coordino el club de lectura de un periódico.

Llego puntual y la reunión aún no ha comenzado. En un salón amplio, decorado en estilo clásico con muebles robustos de madera oscura y cuadros de paisajes que recuerdan la campiña inglesa, con ventanales que dan al jardín y varios sillones orejeros sobre una alfombra enorme de dibujos orientales, charlan animadamente cerca de una decena de personas. Se nota que se conocen, son vecinas que tienen en común la afición a la lectura y hace años decidieron reunirse una vez al mes alternando las casas de cada una como punto de encuentro. Se ponen de acuerdo al comienzo del curso y proponen mensualmente una lectura para comentarla juntas.

 

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Junto al sillón donde me encuentro charlando con dos de ellas, hay una barra americana que comunica ese espacio con la cocina, y veo dispuestos copas y vasos, así como una selección de bandejas y platos con varios tipos de lasaña, verduras y pasteles de lo más apetitosos. Es una sesión de cena con libros. Interesante.

Van llegando y se sucede una cascada de saludos muy cariñosos. Entre ellas y luego algunas se dirigen a mí. Soy la recién llegada, la nueva. Les resulta exótica mi procedencia. Pienso que Tennessee no es un estado al que lleguen habitualmente muchos europeos y quizá menos españoles aún, pero aquí estamos, Isabel y yo somos una buena muestra. Les interesa saber y me preguntan por cómo son los clubes de lectura en mi país y les cuento cómo los organizamos normalmente. En bibliotecas, lugares públicos, colegios, librerías, y nosotros en Diario de Navarra, además de presencialmente con los escritores que nos visitan desde hace más de cinco años, también por Internet.

Veo en sus rostros que para ellas es tan extraño eso de reunirse en un lugar público, pudiendo hacerlo en casa, como para mí lo es encontrarme en el salón de una casa desconocida dispuesta a comentar el libro en cuestión. Tenemos en común el amor por los libros, el gusto por la lectura, el placer de comentar las impresiones tras la lectura, el interés por descubrir en las palabras del otro el poso que dejó el mismo libro que leímos eso nos une, por encima del idioma, de la cultura y de las formas de llevarlo a cabo. Me doy cuenta de que un club de lectura puede ser también una dimensión de encuentro, sea donde sea y como sea.

Pero antes de hablar del libro, cenamos. La anfitriona ha pasado la tarde cocinando, ha preparado delicias para las casi veinte personas que hemos invadido su hogar y ha dispuesto mesas en el comedor y en el salón, con el objeto de atender correctamente a cada una de ellas. La puesta en escena es impresionante. No ha escatimado en vajilla, con tres platos por servicio, en mantelería ni en nada de lo que voy observando. Estoy impresionada y me alegro de haber pasado por casa esta tarde antes de venir y haberme cambiado de ropa. La elección de un vestido sencillo pero elegante y mis zapatos de tacón, me parece una modesta forma de corresponder a semejante parafernalia y atenciones de las que, casi sin saberlo ni esperarlo, me estoy beneficiando.

Cenamos. Tomamos café, pasteles y pasamos al salón. No hay un espacio libre: están ocupados el sofá, los sillones, las sillas y hasta la alfombra porque dos de las asistentes más jóvenes se han sentado ahí, y acaban de sacar de una bolsa unas agujas con lana. Están tejiendo. Y al ver la indiferencia con que las miran las demás, creo que lo hacen habitualmente. Será pues un club de lectura con libros, cena y patchwork. Imposible más sabor americano, pienso.

 

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Por fin, una hora después de haber llegado, comenzamos a charlar sobre el libro. Se trata de El Jardín olvidado, de Kate Morton. Una de las asistentes toma el papel de moderadora que, me dicen, también va rotando, como el de anfitriona. Ha preparado una serie de diez preguntas que va lanzando a las asistentes dando paso al coloquio, que resulta animado, fluido, interesante y con muchas horas de rodaje, observo. Hablan todas, no se quitan la palabra, pero no hay silencios ni hace falta insistir para que hablen. La mayoría de las cuestiones son sobre el hilo argumental, pero también se interesan por la trayectoria de la autora y luego, por las cuestiones de fondo, las preguntas más generales que les ha despertado la lectura.

Llega un momento en que yo también me animo, intervengo, les doy mi opinión, incluso les interpelo sobre alguna cuestión que no ha salido a relucir. Sigue habiendo un punto que refleja su mirada de algo exótico, distinto, en sus ojos al fijarlos en mí. Debo sonar raro y quizá incluso les parezcan extraños mis puntos de vista Pero responden, se animan, me siguen y luego me dan las gracias por las aportaciones. Me está encantado esta experiencia, pienso.

Antes de marcharnos, dos horas y media después, quedamos para el próximo encuentro. Y me dicen que me esperan en las próximas sesiones. También me piden que les recomiende algún autor español para las próximas lecturas. Lo haré. Volveré. Ha sido interesante, y divertido. Os confieso que ha habido algún momento que he dudado si estaba viviendo ese momento o acababa de meterme en alguna película americana, o incluso dentro de un libro “made in USA”. Al fin y al cabo, los clubes de lectura modernos, se asentaron y generalizaron aquí, en los Estados Unidos, y tengo la sensación de haber bebido por un momento de algún tipo de fuente original de este fenómeno que como ya sabéis, soy incondicional seguidora.

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