Libros marcados

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Belén Galindo

Publicado el 08/08/2013 a las 04:19

Cada vez que leemos un libro dejamos como una marca, un reguero de emociones grabado entre las palabras y las hojas. Es posible que incluso queden señalados los bits de un libro digital. Una huella que no se ve pero quizá se siente, y puede ser que en aquellos lugares donde se acumulan los libros, esa señal sea aún más patente. Pienso en las bibliotecas, en esos templos de la lectura donde cada uno de los ejemplares que se almacenan en estanterías y baldas han sido leídos por decenas, incluso centenares de lectores.

Puedo imaginar que las emociones, las imágenes que despertaron cada uno de esos libros, los silencios, los ojos clavados en un párrafo, la impaciencia porque llegue un final, el suspiro entrecortado de un momento cúspide en una historia, todo eso, se ha quedado colgando en el espacio lector que va del título hasta el Fin.

Día a día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, puedo hacer recuento de una cantidad inimaginable de emociones colándose en cada libro. Imagino los míos, puedo imaginar los tuyos, pero especialmente fantaseo con esos faros de lectura y sus inmensos tesoros: las bibliotecas.

 

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Hago cuentas. A pesar de los tiempos que corren, no hay duda de que las bibliotecas son un pulmón para la sociedad, un lugar para soñar y vivir. Cada vez son más los ciudadanos que las visitan con un incremento en Navarra de 800.000 lectores en los últimos cinco años. Si en 2007, alrededor de 1.486.146 lectores se acercaron a alguna de las 93 bibliotecas de la red Navarra, en 2011 ya eran más de dos millones; y el año pasado fueron 2.286.975 .

 

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A día de hoy, las bibliotecas son uno de los servicios públicos más valorados y siguen transformando vidas, a pesar de los desafíos. Ni las restricciones presupuestarias, ni el desencanto de algunos gestores, ni la escasez de herramientas tecnológicas con las que aprovechar el atractivo de los nuevos soportes y herramientas tecnológicas, como el libro electrónico o las aplicaciones para dispositivos móviles, han logrado que pierdan ni un ápice de su magia y de su enorme utilidad. Todo lo contrario, ante la falta de fondos, muchos profesionales de las bibliotecas echan mano de la imaginación y la creatividad para seguir abriendo caminos que permitan que, más que guardalibros, las bibliotecas sean lugares de encuentro, lectura, información y aprendizaje. El mas difícil todavía convertido en esfuerzo diario.

 

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En verano, las bibliotecas también se ponen el bañador y se acercan a las piscinas. Por no hablar de lo bien que se está en cualquiera de ellas, en pleno estío, cuando en la calle no se puede aguantar el calor y dentro, apenas hay cuatro gatos, y uno tiene la sensación de entrar en un oasis de esos del cine antiguo, con su palmeral y manantial de aguas cristalinas.

Hoy me acuerdo de mis visitas a las bibliotecas de mi infancia y primera juventud. Y sonrío. Pienso en la gran labor que han hecho y siguen haciendo al crear esos espacios vitales, que van más allá de la lectura. Sonrío y calculo el número de sueños, de pensamientos, de momentos que yo también he ido colgando con cada lectura, invisibles, entre los párrafos, bajo el sombrero de un personaje, a la sombra de cada sueño.

Las marcas de los libros no son las que se ven, sino las que se sienten y nos hacen sentir.

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