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Sopa de Letras
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Escritores de feria

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Escritores de feria
Actualizada 10/06/2013 a las 15:00

Carmen Martín Gaite decía que la tarea del escritor es una aventura solitaria, y es cierto. Es un hecho innegable que pasan horas, meses y años trabajando en soledad, inmersos en su mundo interior, levantando universos de papel con alma, como artesanos de la palabra. Solos. Ahí están el autor y su obra.

Pero hay un momento en que los escritores, por muy solitario que sea su trabajo, deben salir al mundo y enfrentarse cara a cara con los destinatarios de su personal creación: los lectores.

Asistimos además, a un momento en que tanto editores como escritores disfrutan del favor de un gran número de personas que, más allá del acto (también solitario) de la lectura, participan de ese fervor que les impulsa a querer conocer al autor, saber más de su obra, y contar, a ser posible, con unos cuantos ejemplares en sus estanterías de casa, firmados de su puño y letra. Y ante este hecho, lo lógico es sentir gratitud y alivio, porque con la crisis que tenemos encima, es una suerte poder contar con ese gentío que aún con menos dinero en el bolsillo, sigue congregándose en torno a la figura del libro y del autor, en muchas ocasiones, para además, terminar comprando.

Asistimos al espectáculo del libro. Es la parcela correspondiente al show del proceso de creación literaria, el aparato comercial del que algunos autores disfrutan como niños, y que otros aborrecen hasta el punto de pactar con sus editores cuántos lugares visitarán y cómo lo harán, arañando el mínimo posible con tal de no seguir por más tiempo la ruta de los mercaderes del libro.

Este cara a cara con los lectores, que cada vez es más habitual y al que los propios escritores ya están en buena parte acostumbrados, tiene dos momentos álgidos; uno es el tiempo concreto del lanzamiento y presentación de la obra; y el otro, el que más nervioso pone a algunos, es la feria del libro. nervios? Pues sí. No a todos, ojo.

Los hay que disfrutan siempre del contacto con los lectores, del intercambio de impresiones, de firmar ejemplares y comentar lo que a cada uno le ha parecido tal o cual personaje o capítulo. Ya lo he dicho: algunos y algunas disfrutan de toda esa parafernalia como niños. Y hacen bien. Total, tienen que hacerlo, así que es muy sabio el hecho de sacarle partido, aprender de los lectores y disfrutarlo.

Pero otros, ¡ay! viven con cierta aprensión y acumulanaltasdosis de cansancio ante ese ritual que supone el ir y venir hasta su caseta o jaima, allí donde le haya colocado su editor. Ese peregrinar de gentes desconocidas que se acercan a ellos como si les conocieran de toda la vida y reiteran hasta la saciedad los mismos tópicos y preguntas, mientras el autor se siente como un caballo en boxes o como un vendedor de frutas y hortalizas a granel.

Luego está el tema del ego, claro. No todos los escritores pertenecen al gremio del escritor que apenas descansa la pluma firmando ejemplares. De esos hay pocos, para qué nos vamos a engañar. Tan solo unos pocos autores lucen a sus pies esas largas colas de lectores esperando una firma. La mayoría se contenta con que alguien aparezca por allí de vez en cuando, en el mejor de los casos que sea un grupo, y termine comprando unas cuantas decenas de ejemplares.

 

firmarlibro

 

Me cuentan mis amigos escritores que la gente que se acerca a ellos en la feria del libro suele ser educada y agradable, correcta; y que normalmente les cargan las pilas y dan ánimos a los autores para que sigan escribiendo. Que llegan con una gran sinceridad a contarles cosas de su vida, el por qué les ha marcado el libro, a quién van a regalarlo o quién les puso en la pista de tal o cual novela, y que se van agradecidos por esa firma, esa mirada dedicada de su autor predilecto.

Entre la flora y fauna de lectores están los ojeadores, aquellos que observan y miran a cierta distancia sin llegar a tocar los libros expuestos; están también los manoseadores, que realizan un auténtico test táctil a los ejemplares, pero que no acaban comprando ninguno; los avispados que van buscando un ejemplar y apuntan a tiro fijo; los preguntones, incluso los pedantes que llegan a la feria con ganas de alcanzarle razones al autor y hacerle saber que han detectado tal o cual errata entre sus páginas, y luego, claro, la gran mayoría; los lectores atentos, interesados y agradecidos, que llegan, para comprar o no, y que comentan educadamente con el escritor determinados aspectos de la obra. Ellos son el verdadero y auténtico latido de la feria. El oxígeno de los editores. Y el motor de los escritores.

Larga vida al escritor en feria. Y al lector, por supuesto.

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