Qué le falta al Día del Libro?

Publicado el 25/04/2013 a las 12:14
Ya se sabe que las comparaciones son odiosas, pero año tras año, cuando llega el Día del Libro, tengo la impresión de que quienes mejor se lo montan son los catalanes, sin lugar a dudas. Eso de maridar la jornada bibliófila con su fiesta de Sant Jordi no es ninguna mala idea. Más bien es un acierto que consigue que el 23 de abril salgan a la calle familias enteras y compren libros como quien compra el pan, unas lechugas o recambios para la impresora del ordenador.
La fórmula del éxito está en que han dado con la forma de ponerle alma a un día previsto en el calendario para fomentar la venta de libros. Sí, de acuerdo, ya sabemos todos que hay más, que se trata de conmemorar el aniversario del fallecimiento de Cervantes y de Shakespeare, a la vez que se intenta sacar a la calle la librería y dar visibilidad a un gremio, el de los libreros, que está (como casi todos) de capa caída en medio de esta crisis que no respeta a nadie, por muy culto y leído que uno sea.
Este año las cifras en torno al negocio del libro son bastante deprimentes. No tanto por las ventas obtenidas el pasado día 23, que no fueron tan malas ayudadas por uno de los pocos días soleados que nos ha dejado esta tibia primavera; sino porque el sector del libro se desangra poco a poco. A la lacra general de la crisis hay que sumarle el problema del pirateo y el cambio de modelo al libro digital, que no acaba de dar con el cauce óptimo para llegar al lector a un precio adecuado que generalice el modelo y dé un empujón a las ventas.
En esta situación, no estaría de más pensar en cómo se puede dar alas al Día del Libro. Más allá de esas estampas casi utópicas de la ciudad Condal, donde los libros se venden el día 23 como churros, podemos contagiarnos de un espíritu similar al de Sant Jordi, que aúne lo comercial con lo cultural y con la tradición incluso? Pensando en paralelo, creo que de entrada lo de mezclar aquí los libros con San Fermín, no creo que encaje, más allá de Hemingway y La Fiesta... La mayúscula y la minúscula.
A falta de recursos económicos para impulsar el Día del Libro, es posible que funcione lo de aportar unas altas dosis de imaginación en el cocktail. Y eso ya es tarea de todos. De la misma forma que algunos locales e incluso peñas y sociedades, que no se dedican de ordinario a los libros, han comenzado a ofrecer placeres culinarios para acompañar actos literarios y presentaciones de libros; e igual que comienzan a proliferar los locales que, más allá del negocio, propician un punto de encuentro con y para la cultura literaria.
Los libreros merecen nuestro aplauso y merecen contar con el impulso de todos los que, como lectores, hemos disfrutado año tras año de la organización del Día del Libro. Pero ahora queremos más. La escuálida supervivencia del sector del libro exige pasos adelante para incentivar lo comercial y lo cultural. Quizá es momento de que nos involucremos para reinventar esta efeméride y hacer del Día del Libro una fiesta, más allá de una celebración que promueve la venta. La fiesta de los lectores, de los libreros y de los libros.