El adolescente que no me cuenta nada

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User Admin

Publicado el 08/06/2015 a las 09:30

El otro día, aprovechando que hacía buena tarde, fui con una gran amiga a una terraza a tomar algo. Estábamos charlando tranquilamente cuando junto a nosotros se sentó toda una reunión familiar, están libres estas sillas? sí, claro...y comenzaron una animada conversación que casi no me dejaba que oyera la voz de mi amiga. Pero no, no es esa reunión sobre la que quiero hablar hoy, pero nos permitieron que por un momento centráramos la atención en las otras mesas.

Una pareja de padres que después de tantos años se habían contado todo y ya parecían no tener conversaciones nuevas comían pipas acompañadas por una cerveza. De repente, se les acercó un niño de unos cinco años y le pidió al hombre que jugasen. Él, que puede que hubiera tenido una semana horrible en el trabajo y quería disfrutar de un poco de tranquilidad, le contestó que por qué no iba a jugar con unos niños que correteaban cerca, y el niño, con toda su inocencia le dijo: "pero papá, yo quiero jugar contigo..." y ahí concluyó la conversación: el padre siguió comiendo pipas y el niño se quedó toqueteando una silla, sin saber muy bien qué hacer con ese gusto amargo que recorría su garganta...

No soy quién para juzgar a ese padre porque no sé cuáles eran sus circunstancias. No sé si todavía estaba gestionando el dolor por una pérdida y no le apetecía jugar o si ya se había pegado todo el día jugando con su hijo, pero me vino a la cabeza esa frase que tanto oímos los psicólogos: "ojalá hubiera..." seguida de aquello de lo que se arrepiente el hablante y que ya no podrá hacer.

Me voy a poner en el caso de que ese padre trabaja a turno partido, come fuera, y cuando vuelve no tiene ninguna gana de jugar con su hijo, porque además, él ya cuida de que no falte de nada a su mujer y al niño, que es lo que le han inculcado para ser un buen padre. Para los rollos emocionales y para jugar ya están la madre y los amiguitos...

Es muy duro ser padre y hasta que los hijos no son adultos y se ven los resultados, viene muchas veces a la mente la duda de "no sé si lo estoy haciendo bien...". Y esa duda, cuando es sana y no desemboca en ideas irracionales, es muy sana, porque te activa, te hace pensar en mejorar, en buscar información, en cambiar algo si crees necesario...

Y me viene a la cabeza otro típico pensamiento de padre o madre de adolescente: "yo no sé por qué mi hijo no me cuenta nada, tengo que enterarme por terceros...yo que llevo trabajando como un burro (o una burra) para que no le falte de nada y así me lo agradece..." Yo me limito a explicar cómo para un adolescente los padres ya no son referentes, que lo son sus amigos...que se dan cuenta de que los padres también cometen fallos y no son dioses...que esa confianza se siembra desde pequeños con el juego, con los diálogos, y los resultados se ven entonces. Al principio se suelen justificar con el excesivo trabajo, las labores de casa, pero después de unos minutos se dan cuenta de que si hubieran invertido algo más de tiempo con su hijo, la "época del pavo" no sería tan dura en casa...y siempre acaban con ese "ojalá hubiera...".

Si un niño te viene a contar las anécdotas "tontas" del cole y tú no le haces mucho caso porque son "cosas de niños", cuando llegue a la adolescencia, no creas que va a contarte nada sobre ese chico popular de clase que fuma porros con el que se junta en el recreo o sobre esa chica que le gusta...no solo es responsabilidad de "la época del pavo"...es así de duro...el diálogo y el juego son una inversión que dura años, que muchas veces se toman como una obligación más y que por eso cuesta y no se hace porque no se le da importancia.

Después de hablar de todo esto con un padre o una madre preocupados, se dan cuenta de que la situación en casa no solo es cosa del adolescente, sino el resultado (en parte) de una falta de comunicación de años, y eso hace que comiencen a pensar qué pueden hacer a partir de entonces.

Carlos Moreira

Psicólogo del Teléfono de la Esperanza de Navarra

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