EL AVISO

Publicado el 29/03/2018 a las 16:32
Título original. El aviso. Año. 2018. Duración. 92 min. País. España. Dirección. Daniel Calparsoro. Guion. Chris Sparling,Jorge Guerricaechevarría,Patxi Amezcua (Novela: Paul Pen). Música. Julio de la Rosa. Fotografía. Sergi Vilanova. Intérpretes. Raúl Arévalo,Aura Garrido,Hugo Arbués,Belén Cuesta,Antonio Dechent,Aitor Luna,Luis Callejo,Sergio Mur,Julieta Serrano,Juan López-Tagle,Antonio Durán,Alfredo Villa,Patricia Vico,Javier Perdiguero,Jorge Usón,Jon Bermúdez,Mateo Jalón,Ignacio Herráez,Víctor Castillo. Morena Films / Tormenta Films / ICAA / Movistar+ / Netflix / Televisión Española (TVE) / Warning of Rivard.
El aviso, la nueva película dirigida por Daniel Calparsoro, es una víctima extraña de dos procesos: el de su adaptación, su posterior reescritura y su remate final, por un lado; y el de su dirección, por otro.La novela en la que está basada (El aviso, Paul Pen, RBA, 2011) era ya de por sí una película; quizás sería más correcto decir que se trataba de una serie completa: en ella conviven dos historias paralelas, una desgranada en los capítulos pares, otra en los impares, 12 episodios una temporada que funcionaban como un tiro. Sin complejo alguno. A pesar de los cambios, su adaptación a la gran pantalla bebe de esa misma estructura: dos historias situadas en épocas temporales distintas que acaban coincidiendo en un atisbo final. Pero no acaba de funcionar. Quizás el problema de fondo esté en un guión que no se cree lo que Pen sí se creía al escribir la novela y parece acabar reduciéndolo todo a la historia de un matemático esquizofrénico que deja de tomar su medicación.
Tampoco contribuye a mejorar el texto cierta falta de tensión dramática en la dirección. El trabajo de Calparsoro es narrativa y técnicamente impecable es un tipo que lleva muchos años sabiendo muy bien lo que se hace, pero menos poderoso en lo dramático, algo parecido a lo que ya le sucedió en Cien años de perdón (2016). Uno no puede dejar de observar un cambio en el Calparsoro director a partir de Asfalto (2000). Es como si a medida que se ha convertido en un tipo con más oficio, más completo, hubiera ido perdiendo la fuerza de sus tres primeras películas: Salto al vacío (1995), Pasajes (1996) y A ciegas (1997). Se trata de una apreciación puramente subjetiva, lo sé, pero donde antes era capaz de transmitir fuerza, drama, rabia, congoja, ahora tiende a quedarse a medio camino. De transmitir frío incluso.
Uno sigue siendo capaz de verle asomar, de reconocerle en determinadas escenas, pero le pierde de vista en otras. Como si pusiera el brillante oficio que atesora por encima del riesgo a contar de un modo distinto. Con el tiempo, se lo digo desde cierta experiencia como narrador, tendemos a instalarnos en la seguridad de lo conocido, de lo que sabemos que hacemos bien, de una técnica aprendida y dominada con los años, y eso nos acaba apartando de lo que nos impulsaba en un principio: el ansia de contar las cosas de un modo distinto sin importarnos si nos íbamos a estrellar o no. Fuerza que, precisamente, mostró el propio Arévalo en su debut como director con Tarde para la ira (2016). Pero, a veces, el oficio el sacar adelante las películas con solvencia, que no es poco teniendo en cuenta de lo que cuesta levantar un proyecto cinematográfico en este país acaba prevaleciendo sobre otras cosas.
Y contamos peor una historia.
Bien es cierto que en poco ayuda un guion escrito a ocho manos que combina escenas que funcionan muy bien con otras que no acaban de querer adentrarse en ciertas complejidades, que no acaban de creerse lo que se está contando. Un guion que apuesta antes por llegar a un final, el que sea, que por armarlo como se debe, sin complejos, creyéndose el mundo que se ha construido.
No hace falta llegar al extremo del Aronofsky de Pi (1998), sino ahondar un poco más en el misterio que la propia película plantea a lo largo de sus primeros 30 o 40 minutos. Para muestra, un botón: pasar por alto un detalle tan decisivo en una secuencia numérica como la fecha significativa de un suceso (12 de abril) rompe la verosimilitud y credibilidad de un personaje. De toda una historia.
Quizás ahí radique la diferencia entre nuestros narradores y los de otras latitudes: en creernos lo que contamos, sin miedo. Sin complejos.
Nuestra literatura ya lo ha conseguido. Por qué no nuestro cine? Excepción hecha de Juan Antonio Bayona.