SILENCIO

Publicado el 09/01/2017 a las 17:45
Silence. Año 2016. Duración. 159 min. País. Estados Unidos. Director. Martin Scorsese. Guión. Jay Cocks,Martin Scorsese (Novela: Shusaku Endo). Música. Kim Allen Kluge,Kathryn Kluge. Fotografía. Rodrigo Prieto. Intérpretes. Andrew Garfield,Adam Driver,Liam Neeson,Ciarán Hinds,Issei Ogata,Tadanobu Asano,Shin'ya Tsukamoto,Ryô Kase,Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka),Nana Komatsu,Yôsuke Kubozuka,Yoshi Oida,Ten Miyazawa
La relación del Japón de mediados y finales del s. XVI y primera mitad del XVII con el cristianismo quizás lo más certero fueradecir conel catolicismo; aunque a algunos les pueda parecer sutil, la diferencia viene al caso fue compleja y estuvo sujeta a vaivenes que tenían más que ver con el comercio y la política que con la fe. No les voy a ofrecer una disertación histórica, no teman. Para eso, les recomiendo este maravilloso texto de alguien que sabe de lo que habla, el escritor David Gil (http://blogs.20minutos.es/xx-siglos/2017/01/03/silencio-y-el-cristianismo-en-japon-de-las-armas-de-fuego-a-la-clandestinidad/), publicado en 20 minutos con motivo del estreno de Silencio, la última película de Martin Scorsese, que adapta la novela homónima de uno de los escritores más singulares de aquel país, Shsaku Endõ.
Como tantos otros escritores, Endõ (1923-1996) recurrió a una novela histórica para hablar de otra cosa. De sí mismo, de sus dudas, de la “persecución” la exclusión social es el martirio moderno que vivía en su propio país por ser un católico educado en el extranjero en los dos momentos más importantes de su vida: su infancia, que pasó en Manchuria, y su etapa universitaria, que pasó en Francia. Dos momentos importantes, cuando a uno se le forjanla educación sentimental y la cabeza. Como él mismo manifestó en más de unaocasión, elcatolicismo era para él, para un japonés, un traje que no le acababa de encajar. Nada de corte a medida. Más bien todo lo contrario. Su novela, titulada Silencio, le acercó a las tribulaciones de otros grandes narradores con dudas y sufrimientos espirituales parejos a los suyos en algún momento de sus vidas: Unamuno, Bergman, Dreyer, Graham Greene, Bresson, Tarkovski
Martin Scorseseforma parte de ellos.
Hace tiempo que el director de Queens inició un viaje personal, una peregrinación. Todas sus películas están impregnadas en mayor o menor medida de una serie de cuestiones que tienen que ver con la espiritualidad, la fe, la religión, la duda, la pertenencia (a la mafia, a la familia, a una iglesia), la debilidad, lo profundamente humano de esa debilidad y, finalmente, la búsqueda delperdón. La última tentación de Cristo (The last tempation of Christ, 1988) fue uno de los hitos más señalados y explícitos de ese viaje, su primer paso, firme; nueve años después vino Kundun (Kundun, 1997), y ahora nos llega Silencio, la culminación. Pero donde en la película basada en la obra de Nikos Kazantzakis todo era fuerza, en Silencio, al igual que en Kundun, casi todo adolece de falta de ella.
Existe una adaptación japonesa de la novela de Endõ dirigida por Masahiro Shinoda y co-escrita por el mismo Endõ (Chinmoku, 1971) nominada a la Palma de Oro en 1972 de la que la película de Scorsese toma encuadres y planos, escenas enteras; también su trama a excepción del arranque casi entera, la voz en offy un montónde cosas más, pero hay algunos elementos que, como ya le sucediera al Scorsese de Internal Affairs,inclinan la balanza hacia el original (sin ser tampoco una obra maestra). La escritura y el trabajo del personaje de Inoue, en aquella ocasión interpretado por el gran Eiji Okada, y el tratamiento del personaje del padre Ferreira (Liam Neeson) son ejemplo de ellos.
En su versión, Scorsese opta por dotar al antiguo maestro del protagonista (el padre Cristóvâo Ferreria existió de hecho, y apostató; también Inoue Masashige, del mismo modo queAlessandro Valignano, aunque en la época en la que transcurre la película llevaraunos cuantos años muertos, pequeña licencia) del estatus mítico del Kurtz de Apocalypse Now, y convierte su búsqueda en el elemento principal del arranque. Esa búsqueda, sin embargo, elemento de guión tan funcional, se pierde, se diluye hasta tal punto que, cuando asistimos a su aparición, al anhelado reencuentro, la cosa resulta no tener interés dramático alguno. Donde el Kurtz de Milius, de Coppola, de Brando se alzaba con el mejor momento, el Ferreira de Scorsese se convierte en uno de los peores. De los más vacíos. Cuando debería ser todo lo contrario. Un choque de trenes.
Tampoco Andrew Gardfield y Adam Driver están del todo acertados (de nuevo aquí se traiciona el espíritu deEndõ, intercambiando casi sus caracteres), pero tratan de defender el papel. Sí lo están, en cambio, los japoneses, especialmente Tadanobu Asano en su rol de intérprete. Mención aparte merece la aparición del director y actor Shin’ya Tsukamoto (Tetsuo, Bullet Ballet) interpretando a Mokichi,todo un lujo.
Me habrán leído más de una vez y aún lo harán más que adaptar una novela no es cuestión de llevar al pie de la letra su estructura, sus diálogos, su trama a la pantalla, sino de capturar su espíritu y convertirlo en algo nuevo. Algo que se sostenga por sí mismo, tanto intelectual como artísticamente. Novela y guión comparten elementos, es cierto; pero deben seguir caminos distintos. Sus dramaturgias, sus ritmos, lo que funciona y no funciona en ellos es diferente.
En muchas ocasiones, lo que se sostiene sin problemas sobrela celulosa, el celuloide lo arrastra como una carga pesada.
Pero vayamos al meollo.
La novela deEndõ es, por encima de todo, un monólogo interior de su protagonistael personaje real en el que está basado era italiano y se llamaba Giuseppe Chiara. Una luchasin cuartel. Brutal y descarnada. Pelea diaria contra sus propias dudas. Contra el silencio empecinado de Dios frente al sufrimiento masivo de sus fieles. El sufrimiento de los suyos. Pobres diablos.Por eso acabaapostatando. Pero norenuncia a Dios, sino al Dios de la Iglesia. Al que le han enseñado en el seminario. Es decir, al Dios católico. No obstante,sigue manteniendo una creencia espiritual en Dios. En un nuevo Dios. En su Dios. Un Dios diferente al aprendido, al inculcado. En la película, sin embargo, toda esa lucha interna, desgarradora, lacerante se pierde. Incluso se prostituye en el mismísimo último plano, en el que Scorsese,que como el padre Chiara, también duda, se toma la licencia de abogar por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana a la que pertenece.
La película encierra buenos momentos, es cierto. No tanto intelectuales, de discurso, como estéticos Scorsese sigue siendo un maestro en eso, pero es, en general, tediosa; a ratos vacía; a ratos pretenciosa. No tengo nada en contra de la lentitud. El problema no es ese (les aseguro que Tarkovski, que Bergman, que Dreyer, que Bresson me apasionan, solo por citar a algunos lentos del pelotón de cabeza). No tengo nada contra la profundidad. Nada contra el discurso cinematográfico que exige, que obliga. Todo lo contrario. Pero uno debe ser un narrador muy poderoso para sostenerlos. Y el Scorsese de Silencio se queda a medio camino, como si fuera demasiado (auto)consciente de la importancia de lo que cuenta. Como si el peso de la responsabilidad de adaptar aquel libro que le entregara el arzobispo de Nueva York tras una charla sobre La última tentación se hubiera convertido en un yugo. Prueba de ello son sus constantes reiteraciones y repeticiones de las escenas de apostasía, de las de tortura y martirio, o el tratamiento del personaje más profundamente humano de todos, Kichijiro (Yôsuke Kubozuka), que, por culpa de ello, cae por momentos en el ridículo. Al Scorsese cineasta le ha podido el Scorsese seminarista. Una pena.