LA MALDITA FAMILIA

Publicado el 15/11/2016 a las 18:58
Perdonen la franqueza: la familia es un pozo lleno de mierda. Una arena movediza que te traga y te hunde en el averno. Que te lastra desde el nacimiento. Desde el momento mismo de la concepción. Es un balance constante de debes y haberes. Un negocio de usureros que siempre exigen intereses desmedidos. Un atajo de chantajistas. Es una tela de araña hecha de concertinas que te laceran, te abren en canal y te dejan en carne viva. Expuesto. Magullado. Quebrado. Hundido. Sangrando. Desgraciado. Infeliz. Es una organización terrorista en la que vives tus momentos más felices y tus peores angustias.
Se equivocaba Tolstoi. No hay familias felices. Y todas las infelices lo son por el mismo motivo.
Las furias, el debut cinematográfico del dramaturgo Miguel del Arco, es la historia de una familia. La familia Ponte Alegre. Nuestra familia. La de cualquiera. Llena de oscuridad, de reproches, de tipos y tipas rotos, de gente despedazada. Es así, no se me pongan milindris. Es así porque solo quien te conoce íntimamente puede llegar a determinados extremos de crueldad. A hurgar donde duele de verdad. A arrancarte el maldito corazón.
Se trata de un texto poderoso, de una tragedia tan clásica como los nombres de los hijos que la componen: Aquiles, Héctor, Casandra. Héroes condenados desde su alumbramiento. Y es un debut poderoso, lleno de grandes momentos; la mayoría de ellos, sin embargo, demasiado ligados al texto, anclados a él, deudores de la palabra. Si uno repasa la filmografía de grandes directores como Paul Thomas Anderson, como cierto Sam Mendes, como un cada vez más lejano Woody Allen, como un Koreeda, incluso un Malick, siempre encuentra una dramaturgia de palabra preciosa y poderosa que discurre y se sustenta a la vez en lo textual y en lo visual. Las furias, sin embargo, depende en exceso de un guión brillante en su lectura, en su redacción, en su declamación especialmente si uno cuenta con un elenco de primera, Mercedes Sampietro, José Sacristán, Carmen Machi, Bárbara Lenni, Emma Suárez, Alberto San Juan, Gonzalo de Castro, Pere Arquillué, Raúl Prieto, Elisabet Gelabert, Macarena Sanz, en su dramaturgia pura, pero no tanto en su parte visual, cuando desaparece el texto hablado y debe aparecer el filmado. Y no hablo de la técnica, sino de dejar que la palabra calle, la película enmudezca, cese la música, que hablen los ojos, la luz, los gestos, los encuadres, llenos, vacíos en determinados momentos. El silencio. Hablo de narrativa pura, propiamente cinematográfica. Con todo, Miguel del Arco ha armado una película que merece la pena verse, sentirse, pensarse. Una cinta en la que cada espectador se reconocerá en todo, en parte, en algún momento, aunque sea fugaz. Por la que es necesario transitar.
Y lo hará de un modo brutal. Verá las miserias propias expuestas. Cabeceará al reconocer las ajenas. Y se sentirá en pelotas. Por eso, antes de ir a verla deben, prepárense. Les aseguro que, cuando salgan, se sentirán señalados.
Las furias existen. Claro que sí. Son lafamilia: una furia caníbal que siempre exige sangre, su libra de carne, un sacrificio humano. Que exige dolor. Mucho dolor. Todo el dolor. Tanto dolor Pero, por una de esas malditas, cabronas paradojas, la única salvación posible a la familia es la familia.