MINOTAURO

Publicado el 28/04/2016 a las 10:21
Como escritor de novela negra, amante del género y conocedor de sus entresijos de ahora y de antes, literarios y audiovisuales, el que nuestro cine apueste por este tipo de historias es siempre una buena noticia. Cuando nos hemos puesto, nos hemos puesto, y muy bien, por cierto, en los últimos años. Este país tiene una larga tradición literaria al respecto en sus distintas vertientes policial, crook, hardboiled, y faltan dedos en el cuerpo para contar los buenos escritores que lo pueblan aunque algunos anden en el exilio. Créanme, les conozco. Por eso les digo que el género negro es tan agradecido como cabrón; como si fuera uno mismo de los personajes que habitan sus callejones. Y no me refiero a que quien se adentre en lo oscuro deba respetar sus códigos temáticos, visuales, narrativos, estilísticos y sus paisajes como si fueran tierra sagrada (esperen a disfrutar del trabajo de Félix Viscarret y Leonardo Padura que está por venir, y el de Elio Quiroga adaptando al gran Alexis Ravelo). Nada más lejos de la realidad: abajo las fronteras, bienvenidas las ventanas abiertas que ha experimentado últimamente en las páginas de papel reciclado. Me refiero a que, cuando uno decide perderse en sus laberintos, surcar sus aguas, debe hacerlo con fuerza, con ingenio y con personalidad.
La película de Maíllo es visualmente estupenda, gracias a su buen hacer como director ya demostrado en Eva, 2011, y al trabajo de Elena Ruíz (Lo imposible, El orfanato, Eva) en el montaje. Lo que cojea un tanto en esta ocasión es el texto, firmado por el estupendo sí, lo mantengo, no hay contradicción: gran guionista Rafael Cobos (7 vírgenes, Grupo 7, La isla mínima) y por Fernando Navarro (Anacleto: agente secreto). Siempre les digo lo mismo: elesqueleto sobre el que se arman los órganos, las arterias y las venas, los vasos, los tendones y ligamentos, los músculos y la piel son las palabras. Solo si están bien escritas, el chico nos quedaráaseado, hasta guapo. El pero deToro no está en la construcción de la trama y el devenir de susepisodios, perfectamente cosidos con puntadas ágiles y precisas, sino en la creación de otros dos elementos dramáticos esenciales: un mundo posible y unos personajes con profundidad. Al menos, las brazas justas para que la quilla no nos encalle.
Es bien cierto que, en muchas ocasiones, el género trabaja con arquetipos, pero no es menos cierto que los personajes, para ser interesantes, para ser carne que pueda lacerarse es decir, para ser dramáticos, deben tener esquinas y recovecos y cuartos traseros y un color tirando a la gama del gris, que se forma cuando uno combina oscuros y claros. Lo que en Grupo 7 y La isla mínima dos de las mejores películas de género de los últimos tiempos era un trabajo magnífico por parte de Cobos, en Toro se queda a medias.
El personaje interpretado por José Sacristán, ese Don al estilo andaluz obsesionado con Santa Lucía con la enucleación, con la Semana Santa, con ser nombrado cofrade mayor, es un traje demasiado rígido, más bien una armadura (extranjera). Lo mismo les sucede al resto, a ese Toro interpretado por Mario Casas y a su hermano, al que da voz y movimientos Luis Tosar. No es que los actores estén mal, es que el papel no acaba de estar bien escrito. Problemas de patrón. Eso sí, para dotar al texto de un señor pedigrí, de un árbol genealógico que mostrar orgulloso, sus dos hacedores lo han salpicado de ecos de tragedia clásica y ciertos referentes mitológicos. Tenemos respeto a las unidades aristotélicas; tenemos una pitonisa y un oráculo edípico la advertencia a Layo de que un hijo le matará; hay una bestia, un terrible minotauro atrapado en su propio laberinto de tinta tatuada; hay traición entre padres, hijos y hermanos; hay búsqueda de la propia identidad y, por supuesto, hay violencia y muerte.
Con todo, la película nos brinda buenos momentos; se deja ver, vaya. Aunque sale algo mal parada si uno es amante del buen noir patrio el que mira y cuenta nuestra basura sin necesidad de clonar lo foráneo y le da por compararla con algunas de sus hermanas más recientes: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de Agustín Díaz Yanes; La caja 507 y No habrá paz para los malvados, de ese maravilloso tándem pilotado por Michel Gaztambide y Enrique Urbizu; Grupo 7 y La isla mínima, de ese otro estupendo equipo formado por Rafa Cobos y Alberto Rodríguez cuya El hombre de las mil caras nos espera, y la más desconocida, pero estupenda, 27 kilates de Patxi Amezcua.
Como ven, pueden encontrar tantas razones para ir a ver Toro como para escaquearse. Por suerte, no soy crítico hacedor de éxitos ni destructor de carreras, tan solo simple comentarista solo respondo por lo mío. De modo que, como siempre les digo: ustedes deciden.