JULIETA(S)

Publicado el 14/04/2016 a las 14:58
El cine, la dramaturgia, la novela, el arte son, en esencia, artificio. Una realidad vista a través de un temperamento, decía Zola. Luego armada y contada.A nadie debe sorprender tal afirmación. Una película, una novela, una obra de teatro son re-creación.Sin embargo, el trabajo del artista es el de, en gran medida, esconderlo. Hacer desaparecer los mimbres, los andamios, las puntadas que sostienen el engaño maravilloso engaño para, de ese modo, ofrecer al espectador un mundo posible, verosímil concepto que nada tiene que ver con el de verazque lleve a la agitación.
Le pesa al arranque de la película de Almodóvar su excesivo artificio.Claramente perceptible. Un artificio que viene del texto, pero que también está en la puesta en escena. Un artificio que lo inunda todo, desde los planteamientos, pasando por los diálogos, por cada encuadre, por cada imagen. Y la música. Preciosa, de Alberto Iglesias, pero que no cesa. No cesa. No cesa. Llueve sobre toda la película. Está presente, acompaña, puntea cada plano, como si texto e imagen no fueran ya suficientes. Si uno escapara despavorido hiciera un Boyero de la sala a mitad de cinta, al salir afirmaría que la película es, además de artificial, pretenciosa algo que ha acompañado a Almodóvara lo largo de muchasde sus películas; una sombra que quizás se encoja a mediodía, pero que siempre está ahí. Acaso sea inevitable que una cosa derive en la otra. Consciente de sí misma. De su virtuosismo. De su vocación artística. De su esteticismo. De su, digamos, intelectualidad, que lo único que consigue es quebrar en gran medida su verosimilitud. Hacer que uno se aleje de unos personajes con los que debería romperse.
El estilo, ese tótem tan difícil de alcanzar, tan complicado de definir, consiste en ofrecer una visión del mundo propia, un modo de mirarlo, de observarlo, de entenderlo único, individual, de transmitirlo con singularidad. Pero tiene un peligro: que devore lo que uno está contando. Que se constituya fin en sí mismo. Llegados a ese punto, la historia pasa a un segundo plano y la forma se convierte en puerto.
Para ser justos, sin embargo, si resisten la tentación de largarse, llegado cierto momento, se produce un cambio. No es algo radical, de un corte de montaje a otro como el paso de una Julieta a otra, sino algo progresivo. Y entonces la película se desprende de artificio y empieza a mostrar cierta verdad. Una verdad doliente, dura, sincera, cercana a los propios relatos de la gran escritora canadiense Alice Munro en los que está basada la película. Diríase que Almodóvar se olvida poco a poco de sí mismo para centrarse en lo que importa, lo que cuenta, en sus personajes. En su dolor. En su culpa. En la historia de esta mujer rota llamada Julieta, interpretada en dos tiempos por Adriana Ugarte y Emma Suárez, que ha perdido a su hija, cuya ausencia llena sus días como un sonoro silencio el vacío. DE tan callado, está siempre presente. El resto del reparto aguanta Daniel Grao, Michelle Jenner, Darío Grandinetti, Inma Cuesta, menos, quizás, Rossy de Palma, en un papel una Mrs. Danvers gallega no tan mal escrito como probablemente mal dirigido. Aún así, cierta sensación de artificio acompaña al metraje hasta el final. Como su música. Demasiado presente, como les decía, en cada rincón; demasiado para una película con supuestamente tantos silencios.
Pero, como siempre les digo: juzguen ustedes mismos, que para algo son mayorcitos.