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Fuera de campo
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HITCHCOCK-TRUFFAUT, 50 AÑOS DESPUÉS

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HITCHCOCK-TRUFFAUT, 50 AÑOS DESPUÉS
Actualizada 07/04/2016 a las 11:51

 

Hitchcock_Truffaut-782072173-largeEn 1966 vio la luz un libro revolucionario. Un libro del que, como decía su artífice, el cineasta francés François Truffaut, él no se consideraba autor, “sino tan solo iniciador, o, mejor aún, provocador”. Un libro que recogía las reflexiones sobre el oficio de su director de cine más admirado, Alfred Hitchcock, al que había defendido con uñas y dientes desde las páginas de Cahiers du Cinema. Una entrevista exhaustiva celebrada a lo largo de 8 días. Corría el año 1962. En una habitación de los Estudios Universal en Hollywood, encerrados casi como en una película del propio Hitch o del gran Buñuel Truffaut, Hitchcock, el director de fotografía Philippe Halsman, encargado de filmar las sesiones y fotografiar el encuentro, y la traductora Helen Scott; el tema de conversación, uno solo: El cine según Hitchcock.

 

 

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Con motivo del 50 aniversario de la publicación de aquel libro, de aquella Biblia de 500 preguntas referencia indispensable para todo aquel que quiera dedicarse a este arte de masas, para todo aquel que diga amarlo, para todo aquel que quiera conocer, entender a Hitchcok, y, a su vez, a su entrevistador, Truffaut, a través de sus preguntas, Kent Jones nos brinda una película documental cuyo máximo valor es, por un lado, rescatar algunos de los audios e imágenes originales del encuentro, y, por otro, reunir las opiniones acerca de Hitch de directores tan diversos como Martin Scorsese, David Fincher, Wes Anderson, Paul Schrader, Peter Bogdanovich que años después quiso repetir la machada con el maestro John Ford, Olivier Assayas o Arnaud Desplechin. No se trata, pues, de un documental de creación o de narración poética, llámenlo como quieran, sino de un documento, de un archivo que aglutina, que recoge, que rescata y nos brinda elementos de ese encuentro puntuados con opiniones de actuales compañeros de oficio del despectivamente llamado por la prensa durante muchos años ‘gran maestro del suspense’. Esa es su mayor, su principal, su única virtud que no es poca, todo sea dicho. Una buena puerta de entrada al libro para comodones. De recordatorio de lo que hizo tan grande a Hitchcock para aquellos que hemos buceado largamente en sus páginas en muchas ocasiones.

 

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Cuando alguien me pregunta acerca de Hitchcock, de su cine, de sus contribuciones a este maravilloso oficio que comparto de contar historias, siempre suelo hacer referencia a 5 de ellas. La primera, de sobras conocida, es su manejo de la información narrativa y dramática a lo largo de la trama qué sabe el espectador, qué sabe el protagonista, de la que surge, precisamente, eso llamado ‘suspense’. La segunda, también de sobras conocida por todos: el McGuffin. No por tratarse de una contribución suya se trata de un elemento, un recurso usado por los contadores de historias desde los orígenes, sino por su nomenclatura y clarividente uso en algunas de sus películas, como en Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959). La tercera, lo que denominó el ‘Red herring’ o, traducido literalmente, ‘Arenque rojo’, que nos recuerda que, por encima de cualquier otra cosa, la principal labor de un narrador ya sea dramaturgo, novelista, cineasta es la de construir tramas o, en palabras de Aristóteles, fábulas.

Permítanme que les ilustre con su ejemplo probablemente más conocido, su adaptación de la novela Psicosis, de Robert Bloch, inspirada en el asesino Ed Gein. Mientras que el libro arranca con una conversación entre Norman Bates y su madre (cap. I), seguida por la llegada del personaje de Mary al Motel Bates (cap.II), Hitchcok y su guionista, Joseph Stefano, optaron por arrancar la película con una serie de secuencias largas, de ritmo explícitamente monótono, cansino, en las que se nos muestran la sustracción del dinero por parte de Mary y su largo viaje de 18 horas hasta su llegada al Motel, para, tras una nueva escena de conversación entre Norman y ella, pasar a la famosísima secuencia de la ducha. A esas alturas de cinta, uno ha asumido que la protagonista de la película parece ser ella (si su intérprete es, además, Janet Leigh, el efecto es mayor) Hasta que sucede lo que sucede. El impacto en la audiencia es mayúsculo. En eso consiste principalmente este noble arte: en construir tramas (fábulas) para contar historias, no únicamente en contarlas.

 

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La cuarta contribución a la que suelo referirme tiene que ver con la exposición pública de sus fetiches, de sus miedos, de sus obsesiones. Para algunos, impúdica; para otros, una muestra de que el artista se muestra, debe mostrarse –para serlo verdaderamente a sí mismo, su interior más íntimo, en su obra. Quizás la película más paradigmática en ese sentido sea Vértigo ( ), basada en la novela negra francesa D’entre les mortes, de Pierre Boileau y Thomas Narcejac. Una vez más, Hitchcok usó un texto previo que trasformó en una película diferente, íntimamente suya, alterando elementos de la trama y también el final en este caso, una concesión a la industria. Un catálogo de algunas sus obsesiones más oscuras que turbó a más de uno.

 

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La quinta y última no suele aparecer en prácticamente ninguna reflexión sobe el cine de Hitchcok, pero es de una importancia capital por lo que ha influido en la narrativa cinematográfica posterior. Me refiero a la ruptura de uno de los mayores tabús cinematográficos –aún vigente en muchos casos hoy: la verdad del flashback. Sucede en una de sus películas consideradas menores, Pánico en la escena (Stage fright, 1950), escrita por Alma Reville basada en una obra de teatro y en una novela y protagonizada por Jane Wyman, Marlene Dietrich y Richard Todd. En ella, el personaje interpretado por Todd, acusado de un asesinato, le cuenta a Jane Wyman lo sucedido: él es inocente. El relato de esa inocencia es mostrado en un flashback. Automáticamente, el público asumió que todo lo contenido en él era, por lo tanto, una verdad absoluta. Al final de la película, sin embargo, descubrimos que Todd ha mentido. Que su relato era mentira. Que es culpable.Semejante conculcación de la norma provocó que el público diera la espalda a la cinta, que la crítica la destrozara por tramposa, pero hizo posible, años después, que todos nos quedáramos con la boca abierta al ver Sospechosos habituales (The usual suspects, Brian Singer, 1995). Lo que Hitchcock hizo en Pánico en la escena es decirnos que lo importante no es lo que se relata en un flashback, sino quién lo cuenta. El narrador, la clave está siempre en el narrador. En su punto de vista.

Un conculcador de normas. Ese fue Alfred Hitchcock.

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