HISTORIA DE UN CREYENTE

Publicado el 18/03/2015 a las 16:45
“Esta película es una versión libre de una historia real”. Así define Borja Cobeaga su cinta casi al final de los créditos. Además de eso, El negociador es la película más personal –la más íntima también- de su director, por mucho que en Pagafantas o No controles hubiera dejado parte de su ADN.
Poco más hay de común entre esta y aquellas más allá del nombre de su hacedor y de un presupuesto anoréxico para lo que otros gastan con resultados bastante peores. Lo que en Pagafantas y en No controles –y en Ocho apellidos vascos, también surgida a medias del teclado de Cobeaga- era comedia más o menos fácil, lenguaje correcto, diálogos funcionales y dosis de tópico costumbrista, en El Negociador se torna tragi-comedia dramática de altos vuelos; cine serio, de verdad, lleno de grandes momentos y con algunos diálogos y escenas brillantes.
Casi desde sus dos primeros planos –uno de Ramón Barea sentado solo a una mesa, el otro, el intercalado cada vez frenético de un filete de ternera friéndose con rabia en una sartén- uno se da cuenta de que la película le ha salido a Cobeaga de las entrañas; que es una historia que llevaba tiempo queriendo contar. Que necesitaba contar. Por eso lo ha hecho solo, sin compañeros de viaje. Y lo ha hecho con esa sencillez directa, simple, honesta con la que uno cuenta algo que ya no puede callar; algo que debe decir; algo que le ha ardido por dentro durante mucho tiempo. Con buenas dosis de humor negro, sarcástico, irónico, realista y veraz, por mucho que para algunos el tema –las negociaciones/diálogo entre el Gobierno de Zapatero y ETA de 2006- no dé para esas “alegrías”.
El resultado es una muy buena película sobre un creyente; un hombre dispuesto a hablar. Ese verbo tan denostado; ese pecado de lesa humanidad. Y ese creyente es Manu Aranguren, un socialista del PSE interpretado por ese actor como la copa de una secuoya llamado Ramón Barea (alter ego en la película del Jesús Eguiguren real). Frente a él, un terrorista al que da vida de un modo no menos brillante Josean Beongoetxea (interpretando al interlocutor de Aranguren en aquel primer asalto, Josu Ternera), que ya venía de dejarnos con el pasmo en la cara en Loreak, la maravillosa película dirigida por Jon Garaño y José María Goenaga. Y por mucho que la cinta siga sus propios derroteros y sea únicamente fruto de la imaginación plausible de Cobeaga, uno no puede dejar de pensar que hay mucho de verdad en ella.
Si la semana pasada “arremetía” contra la comedia costumbrista que parece haberse instalado últimamente en nuestras pantallas –la generadora de industria, no todo iba a ser malo-, esta semana me rindo ante este drama que es comedia, que es tragedia, que es también esperpento; que te arranca la sonrisa, incluso la carcajada a ratos a pesar de lo que cuenta; esta historia llena de humor negro y brillante y atroz y valiente surgida del corazón y las meninges –para hacer buena comedia es más necesario el cerebro que cualquier otro órgano- de un cineasta que, plano a plano, se ha hecho adulto. Cine del bueno. Humor doliente, del que te arranca una lágrima cruel mientras te ríes; del que te hace torcer la comisura de los labios mientras una lágrima amenaza con trazarte un meandro mejilla abajo.
No deja de ser curioso que a quien esto escribe, El Negociador le haya llevado de regreso, por su forma de narrar contenida, por su finísimo humor, por su ironía, su sarcasmo y su negritud cáustica, por su fotografía y sus encuadres –y sus vacíos finales-, por su cadencia narrativa, al mejor trabajo de Cobeaga hasta la fecha –que queda desbancado oficialmente desde ya-: su cortometraje nominado al Oscar Éramos pocos, también protagonizado por Barea, y co-escrito junto a Sergio Barrejón.