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Fuera de campo
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SEMANA INFAME

Fuera de campo
SEMANA INFAME
Actualizada 14/08/2014 a las 17:29

Doscientos diez millones de dólares. Lo que, al cambio, vienen a ser 156.670.500 euros. Eso es lo que ha costado Transformers: la era de la extinción. Y lo primero que a uno le viene a la cabeza es que ojalá. Ojalá que esta interminable saga de Autobots, Decepticons y demás ralea se extinguiera. Porque esta última entrega es, probablemente, la peor película del año. Y eso que solo llevamos la mitad de ejercicio cinematográfico. Pero dudo que abandone de nuevo una sala de cine antes del final en mucho tiempo. De hecho, es la segunda vez que lo hago en mi vida. La mala noticia es que, según los mentideros hollywoodienses, Transformers 5 ya está en marcha Y que Michael Bay y la Paramount están dispuestos a alargar la cosa dos entregas más. Por qué?

 

Transformers-Age-of-Extinction-Poster-Optimus-and-Grimlock

 

Está claro que a Bay se le ha ido la pinza. Lo peor es constatar que a Ehren Kruger, guionista de la infamia, también. La respuesta a mi agónico por qué de antes es simple: porque la taquilla de La era de la extinción sube y sube. Ahí tienen el significado de Blockbuster bien definido: 'basura rentable'.Poco más que decir. La cinta dura dos horas y cuarenta y cinco minutos, y le sobran dos horas y media. Si únicamente les interesan los efectos especiales y no exigen guión alguno, Transformers 4 es su película: diálogos desastrosos, una trama sin mucho sentido y menor interés, un metraje absurda e innecesariamente largo y unos personajes tan lamentables que le hacen a uno subir los colores. Lo dicho: allá ustedes. Va por ti, Sergio. Sin acritud.

 

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

 

Por si lo reseñado arriba no fuera ya suficiente para la depresión, la semana ha ido de mal en peor con la noticia de las muertes de dos grandes actores: Robin Williams, al que veremos por última vez cuando se estrene Una noche en el museo: El secreto de la tumba (en fase de postproducción), y Lauren Bacall.

 

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Mi primer recuerdo cinematográfico de Robin Williams fue haciendo de Popeye (Robert Altman, 1980), poco después de que quien estos escribe descubriera el cine en los Balañá de Barcelona con el Superman de Richard Donner. Después interpretó al maravilloso Garb de El mundo según Garb (George Roy Hill, 1982). Pero no nos presentaron seriamente hasta 1987, cuando le conocí como Adrian Cornauer, el genial personaje surgido de la máquina de escribir de Mitch Markowitz (uno de los guionistas de la fabulosa serie de finales de los setenta M.A.S.H.) para Good morning, Vietnam (Barry Levinson, 1987). Dos años después, me enamoré perdidamente de él como John Keating, el inolvidable profesor de El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). Por entonces, yo iba a un colegio parecido a la Academia Welton, y la película supuso una revolución para todos nosotros. Huelga decir que creamos nuestro propio ‘Club de los poetas muertos’, por supuesto.

 

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Nuestro idilio se confirmó en Despertares (Penny Marshal, 1990) y alcanzó su cenit enEl rey pescador (Terry Gilliam, 1991), una de esas joyas escritas de vez en cuando por Richard LaGravanese (Los puentes de Madison, Behid the candelabra). A pesar de que interpretó 23 películas más, la cosa entre nosotros se enfrió hasta el 97, año en el que trabajó en otras dos estupendas películas: Desmontando a Harry (Woody Allen) y El indomable Will Hunting (Gus Van Sant). Tiempo después, su papel en Retratos de una obsesión (Mark Romanek) e Insomnia (tercer largo de Cristopher Nolan tras Following y Memento) me perturbaron , y sus interpretaciones de Teddy Roosvelt en la saga Noche en el Museo (Shawn Levy) me devolvieron a mi infancia por la vía rápida, la cinematográfica, que es tan veloz como la proustiano-olfativa.

 

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Robin Williams era un actor como la copa de un pino japonés, capaz de interpretar a la perfección cualquier papel. De desaparecer tras él. De ser el personaje. Su mayor virtud, sin embargo, consistía en enriquecer los textos que le daban, fruto de su experiencia como cómico en numerosos clubes nocturnos tras sus estudios en la Julliard. Algunos de sus diálogos más memorables, como la conversación en la que le habla de su mujer a Matt Damonen El indomablebrotaron de su ingenio, no del papel. Eso era Robin Williams, señores:un genio.

Mis recuerdos de Lauren Bacall son de cine-club. De películas en blanco y negro descubiertas con asombro y vistas con reverencia. Desde su primer papel como Marie ‘La Flaca’ en Tener o no tener, la fantástica película de Howard Hawks que ostenta el curioso record de ser la única que yo recuerdo con dos premios Nobel en sus créditos: Ernest Hemingway y William Faulkner –que escribió cinco guiones para Hawks: Vivamos hoy (como dialoguista), El camino de la gloria, Tener y no tener, El sueño eterno y Tierra de faraones, además de firmar uno para Jean Renoir (El sureño, 1945) y el Gunga Din de George Stevens-.

 

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Fue precisamente la actriz Dee Hartford, la primera esposa de Hawks, quien, tras verla en la portada de Harper’s Bazaar, le sugirió a su marido que le hiciera una prueba para el papel de Marie Browning. Y el destino hizo el resto: la convirtió en una estrella y, conoció a Humphrey Bogart, con quien se casaría.Pero Bacall era mucho más que la mujer de Bogart. Era una actriz que se comía la pantalla a dentelladas. Y sus 72 películas –la última, Trouble is my business, del director debutante Tom Konkle, filmándose cuando le ha sobrevenido la muerte- lo demuestran. LaurenBacall fue muchas mujeres. Fue Rose Cullen, Vivian Rutledge, Irene Jansen, Nora Temple, Sonia Kovak, Schatze Page, Meg Faversen Rinehardt, Cathy Grainger, Lucy Moore Hadley, Mrs. Sampson y Mrs Hubbard. Fue Sally Ross, Marcia Sindell, Slim Chrysler, Hannah Morgan y Ma Ginger. Fue la voz de la Bruja de la Landas en El castillo ambulante de Miyazaki (2004) y Natalie van Miller en The Walker (Paul Schrader, 2007), uno de sus últimos trabajos mientras esperaba la llamada de Pedro Almodóvar, al que en una ocasión advirtió: date prisa , no creo que vaya a estar mucho más por aquí. Tenía razón, la flaca.

 

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Lauren Bacall fue una actriz multifacética, dotada para el drama, la comedia y el musical, con su inconfundible voz ronca. Señores, en pie: hace mutis una de las mejores actrices de su generación, metida hasta las trancas en la trinchera hasta el último momento. Puro talento.

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