UN PASEO POR CISJORDANIA

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Carlos Bassas

Publicado el 17/07/2014 a las 15:37

“Los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a quienes no les han cortado la cabeza”. No son palabras mías, sino de Emile M. Cioran, un tipo algo pesimista con la cosa humana –lo que le acercó tantas veces a la verdad, dicho sea de paso- que nació en las tierras de Drácula allá por 1911. No las pensé yo, pero las suscribo. Otra cita suya, apócrifa –así me la transmitió mi padre en su día- sostiene: “Hay que estar siempre del lado del oprimido, pero sin olvidar jamás que oprimido y opresor están hechos de la misma sustancia”.

 

Omar poster

Omar, la nueva película del palestino Hany Abu-Assad (The 14th chick, Ranas wedding, Paradise Now, The courier), distribuida por Golem, ha sido la primera cinta de nacionalidad palestina nominada a un Oscar. Muchos pensarán que la designación fue más política que otra cosa, pero se equivocarán. Omar tiene sus propios méritos. Y los tiene gracias, precisamente, a su distanciamiento de lo político, de lo panfletario, y a su acercamiento a una propuesta narrativa y dramática madura e interesante. No estamos ante una película maniquea –abstenerse por tanto abanderados de una y otra causa-, sino ante una historia dura, realista y amarga. Abu-Assad se centra en sus personajes, en la historia de un chaval, Omar (Adam Bakri), enamorado de Nadia (Leem Lubany), la hermana de Tarek (Iyad Hoorani), líder de una pequeña facción palestina –de luchadores, de resistentes, de terroristas, etiqueten según sus colores políticos, pero sin olvidar, como decía Cioran, que unos y otros están tallados a partir del mismo tronco-. Para casarse con Nadia, Omar debe demostrar a su familia que es un hombre de provecho, y a ese lado del muro, pues solo hay un camino. No les destripo más.

 

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Abu-Assad filma a ratos con la crudeza de cierto neorrealismo documentalista; a otros, con el ‘falso hiperrealismo documental’ –que me perdonen los puristas y puretas- al que nos tienen habituados directores como Paul Greengrass. La combinación de ambos estilos hace de la película un cóctel agrio, inclemente y severo, pero a su vez entretenido y con ritmo –algunas escenas de persecución son dignas de Bourne-, equilibrio harto difícil de conseguir, en la que unos y otros muestran tanto su crueldad, como su lado más humano, incluso prosaico en ocasiones. No esperen ver solo despiadados hebreos monocolor o palestinos que se mesan la barba lanuda mientras tiran dekalashnikov y sueltan a grito pelado el takbir ‘Al.lahu-àkbar’.

 

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Las banderas no son más que mortajas de colores que envuelven cuerpos hechos de la misma sangre y de la misma carne. Estas palabras son mías, pero estoy seguro de que Cioran las hubiera suscrito. Por desgracia, mucha gente no piensa igual. Si quieren disfrutar de una buena película sin sabor a BigMac, Whopper o Big King, tanto da, no dejen de acercarse a ver Omar, que nos llega con el lujo añadido de estar enversión original con subtítulos en castellano. Ve teabon o sajten, según prefieran.

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