LA COMÉDIE FRAN

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Carlos Bassas

Publicado el 24/04/2014 a las 23:26

De un tiempo a esta parte, el cine francés, su comedia especialmente, se ha convertido en un sello de calidad. La cena de los idiotas (Francis Veber), Bienvenidos al norte (Dani Boon), Pequeñas mentiras sin importancia (Guillaume Canet) o Intocabale (Olivier Nakache y Eric Toledano), por citar algunas, han llenado las salas de cine no solo francesas, sino de media Europa. También las españolas. Por sí solo, ese binomio es suficiente para que muchos espectadores decidan apostar por ellas en cuanto llegan a las carteleras, y que directores como Bertrand Tavernier, ya con una vida a la espalda y kilómetros de buen cine, decidan sumergirse en sus aguas.

 

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Su última película, Crónicas diplomáticas (Quai D’Orsay), se adentra en el mundo de la política para retratar a un Ministro de Exteriores francés que es, pero no es, pero sí es, Dominique de Villepin. La película, basada en el trabajo del dibujante y guionista de comics Cristophe Blain (editado en España porNorma), que firma el guion junto al también debutante Abel Lanzac, es una sátira paródica de la remiradapolitique francesa. Una caricatura, una pantomima del político, de la burocracia, de la diplomacia occidental que pretende ser brillante, pero se queda a medio camino.

 

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Tavernier consigue buenos momentos –algunos brillantes, oui-, pero el texto, algo torpe y falto de ritmo, demasiado largo en general, deshilachado y tramado solo a ratos, hace que el resultado final se resienta y llegue incluso a ser tedioso en algunos pasajes. La subtrama de la familia inmigrante a punto de ser deportada, por ejemplo, carece de sitio -de sentido-, del mismo modo que el leimotivwilderiano -melbrookiano acaso- del portazo y los folios volando que anuncia cada llegada del ministro acaba resultando ridículo. La comedia, la buena comedia, es el género más difícil y complicado de sacar adelante y exige un texto, un guion perfecto, medido, trabajado hasta la coma. No basta con reunir una serie de gags bajo un mismo techo para conseguir que la familia esté unida, o para que se conviertan en buenos amigos. Al igual que otros géneros, la comedia –la buena comedia, que nada tiene que ver con el slapstick, la bufonada de mamporros- también exige trama y pide a gritos urdimbre tejida con mimo. Como los jerséis de abuela. Hablo de Lubistch, de Wilder, de I.A.L. Diamond, Edwin J. Mayer y los hermanos Epstein, de Robert Riskin, de Hawks y Dudley Nichols, de George Cukor, Ruth Gordon y Garson Kanin

 

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Tampoco el errático y excesivamente ‘casual’ trabajo de dirección de Tavernier, que de pulso tiene un rato sobradamente demostrado, ayuda en este caso a que el asunto adquiera ciertos vuelos. El mundo de la política pide a gritos una comedia inteligente, mordaz, irónica, negra, sagaz y brillante, demoledora, desde hace tiempo, pero nos tendremos que sentar a esperar un poco más a que alguien clone a Rafael Azcona.

Ya ven, ni es oro todo lo que reluce, ni son buenas todas las comedias francesas.

 

 

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