COSTUMBRISMO LIGHT

Publicado el 20/03/2014 a las 14:47
Mamporros de unos y otros aparte –el cruce de artículos de opinión sobre la película le ha hecho buena parte de la promoción a Telecinco Cinema, impagable-, Ocho apellidos vascos ha reventado la taquilla, 2,8 millones de euros en su primer fin de semana. Y eso es bueno para nuestra industria, lo mires por donde lo mires.
Hablemos de cine ahora.
La película dirigida Emilio Martínez Lázaro es una comedia fácil, sin complicaciones ni profundidades, pegada al tópico que todos, nos guste o no, compartimos, cosas del costumbrismo; no ofende, sonroja a ratos. Chica vasca de las de carácter y euskoflekillo conoce casanova andaluz en despedida de soltera que ya no es tal (a la muchacha la han dejado plantada, no sabemos, ni sabremos por qué, simple Magguffin); duermen juntos y camarero sevillano, bético, de tablao, costalero y enamoraoel pobre, la sigue hasta Euskadi para conquistarla. En cuanto el desdichado pone un pie en Argoita -un compendio de Zumaia, Zarautz y Getaria-, queda enredado en una falsa boda y tiene que hacerse pasar por vascongado. Pues uno pone acento, sustituye el miarma por hostia y listo. Ah, también debe liderar la kale borroka local con adaptación de Los Del Río y cánticos mundialeros y embuchar como un descosido, por supuesto, alubia, chuletón, chiquito y sidra.
Las comparaciones con Bienvenidos al norte de Dany Boon (2008) no se han hecho esperar, pero lo que allí era contraste inteligente, irónico y mordaz no pasa de rascado de superficie en Ocho apellidos... Tanto en lo vasco como en lo andaluz, eso sí. Visto lo visto, tampoco se pretendía más.No estamos ante una cinta de guión complicado, ni en cuanto a trama, ni en lo referido a la construcción de los personajes, a algunos de los cuales se les adivina un fondo, un pasado que les ha dejado hechos unos zorros y que sugiere una profundidad dramática que se queda tras las cortinas, sacrificada en honor al dios del gag –tan rápido a veces que uno pierde algunos giros entre risas, uno de los artes más difíciles de la comedia, el tempo, el descanso entre golpe y golpe, la pausa cómica que tan genialmente cultivaron Wilder, Mel Brooks o Jim Abrahams y David Zucker-. Ahí está, en el personaje del padre interpretado por Karra Elejalde (lo mejor de la película), de la falsa madre que construye Carmen Machi (lo otro mejor), incluso en el de Clara Lago, que anda algo perdida en algunos momentos, pero a la que el corte de pelole sienta bien digan lo que digan. Completa el reparto Dani Rovira, que debuta, y unas veces se le nota, cuando tiene que interpretar solo con el rostro, y otras no, cuando tira de frase.
Lo que me lleva a uno de los mayores peros de Ocho apellidos Su trabajo de dirección. Durante todo el metraje uno tiene la cosa aquella en el vientre de que Emilio Martínez Lázaro –que ha mostrado sobradamente su buen hacer en otras cintas- tenía prisa por despachar, que ni entró en el juego ni se creía el material. Y le hace un flaco favor al conjunto. Algunas escenas que merecían más se ventilan deprisa, se tramitan, liquidan y corten. Uno se pregunta por qué no se ha confiado en el propio Cobeaga para dirigir. La película hubiera salido ganando. Pero un director vale tanto como su último éxito en taquilla, y a pesar de que Pagafantas funcionó bien, No controles pinchó, algo tendrá que ver, especulo.
En Resumen, como escribiría el maestro Miguel Urabayen: Ocho apellidos vascos es una película de Borja Cobeaga y Diego San José ejecutada por Emilio Martínez Lázaro, con algunos diálogos y réplicas divertidas, otras feroces, momentos brillantes y buenos puntos de humor aquí y allá, pero Coincido con el apunte de Fausto Fernández en una de las revistas oficiales de la cosa: algunas escenas pedían a grito más desmadre. Otras, esto ya es cosecha propia, más mimo, y alguna que otra, un punto más dramático.