LA GRAN BELLEZA

Publicado el 06/03/2014 a las 16:21
Es probable que tras esta entrada se me escapen lectores a raudales y pierda la poca credibilidad que pueda haber tenido alguna vez. El pasado martes vi la flamante ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa de este año. La gran belleza, de Paolo Sorrentino.Obra maestra escriben muchos, la mayoría. Y qué quieren que les diga
Me pareció una película estéticamente impecable, con momentos seductores, alguno –varios, para ser justo- fascinante, incluso brillante, pero no acabó de cautivarme. Un cóctel de Fellini, de Visconti, de Ettore Scola, de Buñuel, de Lynch con chorrito de Bergman. Un viaje onírico, surreal de un escritor, Jep Gambardella (maravillosamente interpretado por Toni Servillo, eso sin duda), “precipitado en el remolino de la mundanidad” desde su llegada a Roma 40 años atrás. Un tipo que llama impostora a su sirvienta cuando el verdadero impostor es él.
Tras recibir la noticia de la muerte de su primer amor –probablemente, el único-, el gran Gambardella, cínico y misántropo, no misógino, como aclara él mismo, enfrenta la nada que le rodea, un mundo extravagante, superficial, vacuo, esteticista y decadente –casi surgido de la pluma del mismo Boccaccio-, e inicia la búsqueda de aquel destello de belleza que apenas probó a los dieciocho en las aguas del Mediterráneo. Lo persigue por las calles de una Roma cuya inteliguentsia cultural y política no ha cambiado nada desde los tiempos deNerón o Calígula; de día, más de noche, en palacios, en clubes, en fiestas, aunque solo es capaz de atisbarlo a ratos en el acuoso techo de su habitación.
Debo confesarles que, al igual que La gran belleza, la anterior película de Sorrentino, Un lugar donde quedarse (2011), también me sedujo a fotogramas. Ambas logran un ritmo melancólico, hipnótico, onírico y surreal, aunque ya observara en él ciertos indicios de locura. Maravillosa, genial para unos, demencial para otros. En ella, Sean Penn interpreta a una vieja gloria del hard rock-punk que emprende un viaje similar al de Gambardella, por mucho que allí hubiera un criminal de guerra nazi de por medio. La cinta estaba llena de buenos momentos, algunos brillantes, como en La gran belleza. Y de algunos diálogos salidos del teclado de un gran escritor, también como en La gran belleza. Pero.
En dos años, Sorrentino y Umberto Contarello, su co-guionista, han dado el salto definitivo a un universo propio. Como hizoFellini. Una vuelta de tuerca inevitable. Consecuente. Y eso no abunda en nuestros días, es cierto. Pero uno corre el riesgo de quedar partido en dos, porque la línea que separa lo profundo de lo pretencioso es tan invisible como el hilo de araña.
Es curioso que los miembros de la Academia norteamericana hayan escogido La gran belleza por delante de La caza, Alabama Monroe o The missing picture. Aunque, si uno se para a pensarlo bien, tiene su lógica: han premiado una obra que les parece fascinante, cautivadora, tremendamente europea, intelectual, pero que es más que probable que no les haya siquiera entretenido a ratos. En una ocasión, Martin Scorsese decía al respecto de Al final de la escapada de Jean-Luc Godard: “Me pareció una película muy bohemia, muy europea, incluso pic-nic; no entendí nada, pero me gustó”. Estoy convencido de que gran parte del público de este lado del charco se encuentra en la misma tesitura.
La gran belleza es una de esas películas que, una vez pasadas, no sabes si te gustan o no, si lo que has visto es una obra maestra o una pretenciosa -y preciosa- impostura. Que tan pronto te fascinan, como te cabrean. O una genialidad. O un simple ejercicio de esteticismo. Será cuestión de verla una segunda vez, quizás entonces les diga que es la mejor película del año. O no.