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ODA A TENNESSE WILLIAMS

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ODA A TENNESSE WILLIAMS

15/01/2014 a las 16:51
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Existen pocas certezas en el globo. Menos conforme uno cumple años. Pero una de ellas es que todas las familias son disfuncionales. Eso sí, como diría Tolstoi, cada familia disfuncional, lo es a su manera. Agosto: Osage county, la segunda película dirigida por John Wells (The company men, 2010) refleja a una de esas familias. El texto en la que está basada, un maravilloso pedazo de dramaturgia escrita por el polifacético Tracy Letts, es una oda a Tennesse Williams con cierto aderezo de mala baba a lo Arthur Miller. De hecho, podía haber surgido de sus mismísimas Underwood (probablemente en posesión de Tom Hanks, uno de los mayores coleccionistas de viejas máquinas de escribir de grandes glorias restauradas por el milanés Ermanno Marzorati Pero eso es otra historia).

 

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Quizás no le pongan cara al señor Letts así, a botepronto, pero les aseguro que le han visto más de una y dos veces. Porque lleva una larga carrera como actor de TV (y de Broadway, pero supongo que, al igual que yo, no se dejan caer por Gotham a menudo, por desgracia). Su último papel, el del senador Andrew Lockhart en Homeland. El hombre que le disputa la dirección de la CIA a Saul Berenson (Mandy Patinkin).

 

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Hijo del actor Dennis Letts y la escritora de éxito Billie Letts, es uno de los dramaturgos más destacados del actual Broadway, ganador del Pulitzer y del Tony por precisamente este drama (también estuvo nominado a otro Pulitzer en 2004 por “Man of Nebraska”). Un gran admirador de Williams, vecinos de planicie como quien dice.

Al igual que en otras dos ocasiones (Bug, William Friedkin, 2007 y Killer Joe, también dirigida por Friedkin en 2011), el propio Letts se ha encargado de que nadie maltratara su texto y firma el guion, ambientado en las áridas llanuras repletas de nada de su Oklahoma natal (la casi totalidad de la cinta está, de hecho, rodada allí). La película cuenta con un puñado de productores, entre ellos George Clooney y el gran Harvey Wenstein, y un equipo técnico solvente, como el músico Gustavo Santaolalla (que ha puestos notas a películas como Amores Perros, 21 gramos, Babel, Brokeback Mountain, Biutiful o En la carretera), el Director de Fotografía Adriano Goldman (Jane Eyre, Pacto de silencio) y, en especial, el gran montador Stephen Mirrione (Traffic, la serie Ocean’s eleven, todo lo de Iñárritu y lo de Clooney o Los juegos del hambre).

Pero si en algo destaca por encima de todo, es en eso que se llama elenco: Meryl Streep, Julia Roberts, Chris Cooper, Ewan McGregor, Margo Martindale, Sam Shepard (que es un visto y no visto, pero que permanece presente toda la película), Dermot Mulroney, Juliette Lewis, Julianne Nicholson, Abigail Brestlin, Misty Upham y Benedict Cumberbatch (el Holmes de la BBC). La sola enumeración impone. Todos están inmensos, aunque el duelo Streep versus Roberts sea el más destacado. Cada actor tiene su momento, y lo aprovecha. La mayor virtud que puede tener un titiritero es hacer que nos olvidemos de quién es y convertirse en el personaje. Y les aseguro que por muy Meryl Streep que uno tenga delante de las narices, a quien ve no es a la actriz de Nueva Jersey, sino a Violet Weston (como la Bette Davis de La Loba, de la que algo tiene). Y así sucede, uno a uno, con el resto de cómicos. Pero uno siente especial debilidad por ese hombre llamado Chris Cooper, así que, si tengo que escoger, me quedo con su fantástico agón con su mujer, interpretada por Margo Martindale.

 

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Durante la promoción de su Blancanieves, Julia Roberts lloró en una entrevista al comunicar que, al fin, iba a trabajar con Meryl Streep. Y ambas están fantásticas en esta película que trata de las relaciones de un grupo de personajes que la genética ha vinculado a esa unidad llamada familia. Rencillas, odios, secretos más o menos escandalosos, decepciones, infelicidad, infidelidad, envidia De lo que uno puede encontrar en muchas. Un castillo de sentimientos en frágil equilibrio; un estornudo y la cosa se viene abajo. Qué extraño pegamento mantiene unido a un grupo a veces tan heterogéneo de personas que, de no mediar la biología, ni siquiera serían amigas?

Uno podría argüir que Agosto es una representación desmesurada. Extrema. Y lo es. Bienvenidos al arte de la dramaturgia. El único pero procede de algo que ya les comenté hace algún tiempo en estas líneas: nos encontramos frente a un muy buen pedazo de texto, pero lo que funciona sobre un escenario, no lo hace del mismo modo en la pantalla, donde uno de los trabajos más importantes del guionista, primero, y del director, después, está en saber unir de modo invisible las costuras de la historia. Y no hay nada peor en una película que verle el zurzido. O la ausencia de él. Cada pespunte, vainica, encaje, bordado, calado, sutura y cadeneta. Porque de ello depende la fluidez de la obra. Su inevitabilidad. Agosto está hecho de brillantes retales, de escenas que, en muchos momentos, subyugan y ahogan (tengan cuidado, porque es bastante probable que reconozcan y, lo que es más temible, se reconozcan en algún momento). Te machacan, como se dice ahora. Pero le falta, claro, lo que no tiene del todo: un buen director de cine y un guionista con el culo pelado de oficio.

 

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Lo que sí es de escritor de primera es saber transmitir el verdadero deseo de un personaje, lo que tiene tan dentro que no se atreve a sacar, a través de una canción que se repite dos veces a lo largo de la película: Lay Down Sally, de Eric Clapton. Es una pena que aquellos espectadores que no sepan inglés se pierdan una elección tan importante. Es un olvido que se repite y se repite en la inmensa mayoría de películas extranjeras que nos llegan. Y debería ser corregido. Porque es esencial. Como lo era en las películas de Ford.

Aquí les dejo una versión. Nada menos que con Eric Clapton y Mark Knopfler mano a mano.

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