DENTRO DE LLEWYN DAVIS - NOS VEMOS EN LOS GOYA

Publicado el 09/01/2014 a las 16:41
Les decía hace unas semanas que, como las de Allen, Eatswood, Burton, Koreeda y alguno más –no crean que muchos, mientras sigo esperando la resurrección de Martin Scorsese-, recibo con los brazos abiertos cada nueva película de los Coen. Y, por fin, ha llegado.
El guión, inspirado en los ambientes recogidos en el libro “El alcalde de MacDougal Street”, del músicoDave Van Ronk (de hecho, la portada del disco “Inside Llewyn Davis” que el personaje carga hasta Chicago es un homenaje a la del disco del propio van Ronk, “Inside Dave van Ronk”), nos cuenta en círculo una semana en la vida de Llewyn Davis, un cantante folk que va de sofá en sofá en el invierno del Nueva York de 1961 –tenía que ser invierno, imposible otra estación; qué tendrán los hermanos con esta estación...-. Un tipo bastante capullo cuyo compañero musical se liquidó saltando del puente George Washington. Llewyn trata de hacerse un nombre, pero tiene un problema grave; el peor que cualquiera pueda tener, se lo aseguro: él mismo. Como le espeta a bocajarro el personaje de Jean (fantástica Carey Mulligan, que junto a Justin Timberlake yEthan Phillips forman un trío musical homenaje a Peter, Paul and Mary), es “el hermano idiota del rey Midas, que convierte todo lo que toca en mierda”. Ese es Llewyn Davis. Ni más, ni menos.
Así que, en un último intento por cambiar su suerte, inicia uno de esos viajes típicamente coenianos –tan surrealistas como los que pudieran salir de la cabeza del propio Luis Buñuel- a Chicago para ver a Bud Grossman –basado en Albert Grossman, dueño del Gate of Horn y magnate de lo suyo-, interpretado por F. Murray Abraham. Una sala enorme, una actuación personal, directa, cara a cara con EL TIPO, y hace lo único que sabe: escoger la canción equivocada, “The death of Queen Jane”, una antigua balada inglesa que habla, pero no parece que hable, del embarazo del personaje de Jane, que espera un hijo del propio Llewyn. Nada más escucharle, Grossman le clava: “Se nota que no estás verde, pero no puedo hacer dinero con eso”. Y le echa un último cable: formar un trío con otros dos cantantes. Llewyn, por supuesto, rechaza la oferta.
En un momento de ese periplo, el personaje va al baño y, sentado en la taza, trono de grandes filósofos, lee un mensaje en la pared del minúsculo retrete de carretera: What are you doing? Se lo traduzco, aunque no les haga falta: Qué (coño) estás haciendo? No hay salvación para Davis, y el último clavo ardiendo al que trata de agarrarse, se le va al traste. Más adelante, en otro momento, Llewyn pasa por delante de un cine y se detiene frente al cartel de una película: El viaje increíble (Fletcher Markle, 1963), la historia de dos perros y un gato que han perdido a sus dueños y deben encontrar el camino a casa. Que es lo que hace Ulises, el gato de la película, a diferencia del propio Llewyn, que es un Odiseo perdidísimo.
Se lo aseguro: en una película de los Coen, nada, absolutamente nada -pintadas, pósteres de películas, letras de las canciones, frases aparentemente insustanciales, lo que sea- es gratuito.
Pero si en algo destacan Joel y Ethan Coen, además de por teclear cosas fantásticas, es por su habilidad para re-crear mundos. Y no me refiero únicamente a la mampostería, sino al propio espíritu de un tiempo. Como en cualquier cosa que hacen, la factura técnica de la película es perfecta. Pero lo suyo va más allá. Su preocupación por las atmósferas en las que se desenvuelven sus personajes es difícil de encontrar en ningún otro cineasta (a veces a uno le da por pensar que lo que realmente hacen es reflejar épocas como nadie, los personajes son secundarios). En esta ocasión han contado con el Director de Fotografía Bruno Delbonnel (Amelie, Harry Potter y el misterio del príncipe, Historia de un crimen o Sombras tenebrosas) ya que no pudieron atar a Roger Deakins, fotógrafo habitual de la mayoría de sus fechorías. Es lo que tiene que tu DP de cabecera esté rodando Skyfall. Así es el cine.
El trabajo de Delbonnel, que tampoco es manco, ni cojo ni tuerto, recreando el Village y el Nueva York de los 60 es soberbio y nos mete de lleno en el histórico Gaslight Cafe, en el 116 de MacDougal Street, que abrió sus puertas en 1958 y las cerró en el 71. Allí soltaron algunos de sus versosAllen Ginsberg y Gregory Corso, el más joven de los chicos beat,antes de que lo comprara Clarence Hood y lo conviertiera en un centro de referencia folk en Gotham. En él dio algunas de sus primeras actuaciones Bob Dylan, al que los Coen hacen un pequeño homenaje en la escena final (aunque, si no me equivoco, no grabó esa canción, Farewell, hasta el 63. De nuevo, licencias).
Quizás el referente más cercano que podamos encontrar dentro de su propia filmografía a Inside Llewyn Davis sea Un tipo corriente. No por historia, sino por personaje y por tono. También tiene cosas de Barton Fink. Y de O brother. Para empezar, la colaboración con el músico, compositor y productor T-Bone Burnett, guitarrista en la banda de Bob Dylan y Joan Baez en la gira Rolling Thunder Revue (otoño 1975-primavera 1976) y productor de gente como Roy Orbison, Elton John, Elvis Costello, Diana Krall Un pedazo de músico.
Pero debo confesarles que hay algo en esta película que no me hace saborearla del todo. Como me pasó con Un tipo corriente. Quizás sea su desasosiego. Y uno, pues no tenía el día para desvelos. Por mucho que tenga una de las escenas más hermosas de toda la filmografía de los Coen: cuando Llewyn visita a su padre, un anciano de mar varado en una residencia, y le canta Shoals of Herring, una canción marinera compuesta en 1960 por Ewan MacColl. Los Coen son unos pedazo de cineastas y Oscar Isaac es un pedazo de actor. Y de músico.
El otro día un amigo me preguntaba por la estructura de la película, que arranca con el final, nos lleva una semana atrás, nos devuelve al principio, que es el final, y lo remata con un par de minutos más. Tras darle vueltas, he llegado a una única conclusión. Inside Llewyn Davis tiene la estructura propia de una canción folk.
A POR EL GOYA
No quería cerrar esta entrega sin tres enhorabuenas. Porque, una vez más, la Comunidad Foral vuelve a vestirse de gala para lucir palmito en la alfombra de la próxima edición de los premios Goya. Algo que empieza a convertirse en una buena costumbre, especialmente en lo tocante al cine documental. Quizás va siendo hora de apostar más y volver a sacar pecho devolviendo al Festival Internacional Punto de Vista(tendrás que peleártelo Oskar...) a la periodicidad anual que merece. Porque Navarra es una tierra de grandes documentalistas que merecen que su Gobierno Foral se estire.
Si el año pasado era Raúl de la Fuente (Nomadak TX, Virgen negra) quien aguantaba el tipo mejor que bien en la categoría de Mejor Cortometraje Documental con su estupenda película –no por ser corta y documental deja de ser película, como me enseñó a fuego Elías Querejeta- Virgen negra, este año reincide con Minerita, que muestra las condiciones en las que viven y trabajan las mujeres en el Cerro Rico de Potosí, en Bolivia. Eso sí, sin tener que competir contra el todopoderoso Javier Bardem y su Sáhara Sino contra Iosu López, otro navarro. Así que tenemos un 50 % de posibilidades de que uno de los nuestros se traiga un cabezudo. La película de López, titulada La alfombra roja –quizás el nombre sea premonitorio, aunque esas cosas del patrocionio han hecho que las alfombras hayan dejado de ser rojas en demasiados certámenes-, una historia sobre la vida de los peques en los slums de la India, en especial la de una de ellos, Rubina, que en su día protagonizó la afamada Slumdog Millionaire (Danny Boyle, Loveleen Tendan, 2008) y que se agarra como gato panza arriba a su sueño de ser actriz para cambiar las cosas en su barrio.
Otra navarra a la que le toca un pedacito de nominación también, aunque no directa, es a la actriz navarra Laura de Pedro, que ha participado encarnando a una maestro de la época de la República en el largometraje documental Las maestras de la República, dirigida por Pilar Pérez Solano.
Le leía al bueno de Raúl de la Fuente el otro día en un periódico que “antes ganará la Liga y la Champions Osasuna que yo este Goya”. Además de contra La alfombra roja, compite contra Manuel Chaves Nogales: El hombre que estaba allí, la historia del periodista y escritor sevillano Manuel Chaves Nogales, un tipo de lo más movido e interesante, dirigida por Daniel Suberviola y Luis Felipe Torrente; y contra La gran desilusión, que recoge el testimonio de Ángel Fernández, un proyeccionista de cine de barrio, frente a la amenaza inminente de la muerte de su medio de vida, escrita y dirigida por Pedro González Kuhn. Conociendo a los miembros de la sacrosanta Academia de Cine de Sefarad, parece tener todas las de ganar. Pero no quiero despedirme sin recordarle a Raúl que la temporada 2005/06, Osasuna quedó 4º y se clasificó para la Champions. Que un año antes jugó la Copa de la UEFA y el 11 de junio de 2005 disputó contra el Betis la Final de la Copa del Rey en el Calderón. Así que
Una cosa es segura, se lo he repetido ya un par de veces: Navarra es una tierra de muy buenos cineastas. Les adelanto desde hoy mismo que el año que viene habrá otra película documental navarra nominada. Al tiempo.