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Fuera de campo
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UN POCO DE OSCURIDAD

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UN POCO DE OSCURIDAD

14/11/2013 a las 12:16
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Pido disculpas de antemano. Es un buen truco para que, a partir de este sustantivo –el propio sustantivo sustantivo-, me lean con mejores ojos. Porque hoy voy a hacer algo que me gusta poco, que es hablar de mí. Por pudor. Y porque no soy materia interesante, al menos para mí, que me tengo muy visto, oído y sufrido. A lo que iba

Quiero compartir con todos la publicación de mi segunda novela. Se titula “El honor es una mortaja”, género negro, Editorial Almuzara (http://www.editorialalmuzara.com/editorial.php?idioma=1&libro=766). Género negro del de siempre, con muertos, policías de distintos pelajes, épocas y condiciones, detectives, hombres buenos, malos, menos buenos, menos malos y toda la pesca. Y hasta aquí lo hablar de mí con semejante descaro publicitario. Ha sido un mal trago, pero ya pasó. Así que a otra cosa.

Y la otra cosa que se me ha ocurrido esta semana, ya que me he vestido de negro riguroso, pues es hablar de cine noir. Clasificaciones de “las mejores” hay muchas, todas acertadas. Me ha rondado por el ánimo caer en la tentación de sumergirme en legajos sobre esto del arte cinematográfico para encontrar títulos que ni a ustedes ni a mí nos suenen mucho, pero he logrado sobreponerme. Es más que probable que hayan visto todas las películas que voy a citar. Si alguna se les ha escapado, me sentiré feliz de haberles abocado a ella. Otra advertencia: quizás piensen que no son las mejores. Es probable. Porque esta clasificación surge de mis recuerdos, y no soy un testigo fiable. Están advertidos.

Comenzaré con Tener y no tener (Howard Hawks, 1944), que es una de esas películas con particularidad. Es la única que yo conozco en la que un Premio Nobel de Literatura –aunque aún no lo era-, William Faulkner, adaptó para el cine a otro Premio Nobel de Literatura, Ernest Hemingway –que tampoco lo era todavía-. Ahí queda esa curiosidad. Bogart y Bacall. Y el gran, enorme, Walter Brennan, el maravilloso “Stumpy” de Río Bravo (H.Hawks, 1959), que también es noir en el oeste.

Sigo con Forajidos (Robert Siodmak, 1946), con Burt Lancaster, Ava Gardner y Edmund O’Brien. Quizás lo que me tira más de esta película es el relato corto de Hemingway que se esconde detrás. Y porque, más detrás aún, se ocultan dos de mis cineastas-guionistas favoritos: John Huston y Richard Brooks. Aunque el guión lo firme únicamente Anthony Vellier. También me gusta la versión que hizo el gran Don Siegel (siempre injustamente tratado, aunque contribuyó a cambiar el cine en los 60 y 70, junto a Sergio Leone, el tándem Peckinpah-Lou Lombardo y la pareja de baile Arthur Penn-Dede Allen): Código del hampa (1964), con Lee Marvin, John Cassavetes y Angie Dickinson.

Perdición (Billy Wilder, 1944). Otra caso excepcional: el mismísimo Raymond Chandler (ese juntaletras que tiene un aire al Atticus Finch de Gregory Peck), mano a mano en las teclas con Wilder, adaptando al mismísimo James M. Cain (ese otro juntaletras que también tiene un aire al Atticus Finch de Gregory Peck en según qué fotos) Dos padres fundadores. A uno, lo comprenderán, le entran sudores. Además, el señor Chandler tiene su propio cameo en la película. Y como me he enredado con Chandler, y antes ha asomado por aquí William Faulkner, pues ahí va otra: El sueño eterno (1946). Lo sé, más Howard Hawks, qué le vamos a hacer. Y otra vez Bogart-Bacall. Pero es una película que trasciendo lo cinematográfico y se cuela en la vida real.

Sed de mal (Orson Welles, 1958). Qué les voy a decir? Pues película que sirve para una clase magistral, exagerada, brillante, única, como era Welles. Si le metemos de por medio a Charlton Heston (antes de que le quitaran el rifle de sus manos frías y muertas) y a Janet Leigh, además de al cada vez más orondo Welles, el gimlet es perfecto. Y, para aderezar, por si aún no les ha convencido, pues música de Henry Mancini.

Retrocedo dos años, hasta 1956. Ahí topamos con otra de esas películas especiales, con ángel: Atraco perfecto, del gran, grandioso Stanley Kubrick, con un magnífico Sterling Hayden. Y con un magnífico “todos los demás” también: Coleen Gray, Vince Edwards, Jay C. Flippen, Ted de Corsia Y, por supuesto, Lucien Ballard. Un tipo que puede que no les suene. No se preocupen, es normal: era el Director de Fotografía que parió la mayoría de las mejores películas de Sam Peckinpah (Grupo Salvaje, La Huida, La balada de Cable Hogue). Comprenderán que a uno se le pongan los pelos de punta.

Para no dejar de ver a Sterling Hayden, pues nos vamos a La jungla de asfalto (1950). John Huston. Podría dejarlo aquí, simplemente con el nombre. Huston, John Huston: el tipo de El halcón Maltés, el de El tesoro de Sierra Madre, el de Cayo Largo, La reina de África, Moby Dick, Vidas Rebeldes, y que rodó varias de las escenas del Bond de Casino Royale (1967), el de David Niven, Peter Sellers y Ursula Andrews.

Y el mismo John Huston que interpreta el papel de “Noah Cross” en Chinatown (Roman Polanski, 1974), otra película de muchos quilates. No solo por Polanski, sino por Robert Towne. De profesión, pues guionista. Aquí les dejo algunos de sus diamantes: Yakuza, Frenético, La Tapadera, Misión Imposible. Vale, también perpetró Días de Trueno. Señores, en esto del cine hay que comer. Chinatown es una de esas películas que atrapa, porque es una tragedia griega de las de siempre ambientada en el siglo XX. Y porque tiene uno de esos arranques que te te meten en la película sin posibilidad de escape, como los de Veredcito Final (San David Mamet escribiendo para San Sidney Lumet y San Paul Newman) o El Padrino.

O como el de Muerte entre las Flores (1990), escrita y dirigida por los hermanos Coen, Joel y Ethan –el segundo mejor par de hermanos en esto del cine después de los gemelos Epstein; dejemos a los Wachowski a un lado-, que es un homenaje a la obra maestra de Coppola pero sin Brando, sino con Jon Polito. Adaptando al gran Dashiell Hammett. Esto es un eterno retorno, como ven. Uno descubrió a John Turturro en esta película, y ya jamás le ha dejado de seguir. Qué sería esa cosa llamada Transformers sin él?

Me quedo sin espacio, así que acelero. Ahí van unas cuantas más de mis favoritas: Retorno al pasado (J. Tourneur, 1947), Los sobornados (Fritz Lang, 1953), Laura (Otto Preminger, 1944) Acelero más aún: Gilda, El cartero siempre llama dos veces (la de antes y la de más acá) Detour, El infierno del odio

Lo sé. Lo sé. A estas alturas, la mayoría de ustedes están pensando en que no he metido El Padrino. Es probable que hasta me hayan borrado de su lista de imprescindibles –basta con eliminar una simple eme y una i y listo-. Otros me odiarán por no haber citado tampoco a otra obra maestra igual de grande que la de Coppola –al menos para este cronista, que es probable que cada día sepa menos de esto del cine-: Érase una vez en América, del gran Sergio Leone, con música de ese tipo llamado Ennio Morricone, agrupanotas sobre pentagrama con cine al fondo, y con el trabajo de su inseparable Tonino Delli Colli, otro de esos grandes desconocidos, pero, probablemente, uno de los mejores Directores de Fotografía de la historia del cine italiano junto a Vittorio Storaro. Dos insignes romanos.

La razón de no haberlas puesto, como de no haber puesto alguna otra (también me he comido a Scorsese), es que algún día hablaré del cine de gánsteres, que tiene identidad propia. Ahí, Coppola, Scorsese y Leone están arriba. En la cima de la cadena alimenticia.

Lo dicho. Hasta más ver. Y esperemos que mejor. Porque ir hacia atrás no es avanzar, aunque si el ministro Montoro afirma que un sueldo que baja, en realidad, sube, nunca se sabe.

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