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Fuera de campo
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COLAS Y OH, CAPITÁN, MI CAPITÁN

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COLAS Y “OH, CAPITÁN, MI CAPITÁN”
Actualizada 24/10/2013 a las 14:47

Colas. Bueno, cola. Una. Una única cola. Muy larga. No estoy esperando para comprar un iPhone. Tampoco para llevarme a la Play o la Box la nueva entrega de un videojuego. Ni un ejemplar del fenómeno editorial del año. Estoy frente a un cine. Sí. Un cine. En Pamplona. Metido en una cola para entrar en el cine. Ni siquiera para comprar la entrada. Una cola para acceder a las salas. La cola dobla la esquina de la calle hasta un hotel pegado. Alguno se quedará a dormir. Hoy, lo de menos es la película: Capitán Phillips. Lo de más es la cola. Tercer día de La Fiesta del Cine en toda España, que se resume a tres días de entradas a 2,90 euros.

Delante, un chico y dos chicas, veintipocos (aunque soy malo con las edades, quizás son veintemuchos) manifiestan su amor por el séptimo arte y aseguran que vendrían más si las entradas costaran lo otro, menos. Como hoy. Se convencen a sí mismos. Luego él se pierde en disquisiciones sobre los márgenes de beneficio y las leyes de la oferta y la demanda y la competencia. Estoy en la cola de entrada de un cine de una película de Woody Allen, pienso. Dentro de la película. Y el chaval de los ojos azules, pero no añil, sino más tirando al turquesa del Caribe, insiste en el margen de beneficio, en la oferta, la demanda y la competencia. Y una de las chicas: “Es solo el precio, mira la cola. Más claro, tus iris”, ratifica. Él insiste en tratar de explicar lo del margen de beneficio. Insiste en el margen de beneficio. Es todo por el margen de beneficio. También habla de las distribuidoras y de sus márgenes de beneficio. Estoy atrapado en una clase de Económicas de la Universidad, maldigo ahora. Siento tentaciones de preguntarle por la prima de riesgo. Si se arranca a hablar sobre Marshal McLuhan sabré que es cierto: soy un secundario en Annie Hall (http://www.youtube.com/watch?v=GLJ2W6v_evY). Será oficial.

Esto no avanza. Mi economista reza ahora en silencio (aunque la súplica se le escapa en voz alta por el agujero que tiene entre las dos paletas, como Quim Gutiérrez)que ojalá un cuarto de la cola que tenemos por delante vaya a ver Las brujas de Zugarramurdi. Pregona sus virtudes como un predicador. Con boca de piñón, sin embargo, le dice a su novia que ya la ha visto y no le ha gustado nada. A estas alturas de cola ya he deducido que una de las chicas es su pareja; la forma de tocarla, de acariciarla, de marcar terreno cuando yo la miro, cuando la mira otro, de mirarla a ella, de susurrar y de sonreírle le delatan.

Comienzo a hacer algo tan peligroso como pensar. Y pienso que a la gente le gusta el cine. La cola, que crece, que crece y crece así lo demuestra, supongo. La amiga que no es la novia del chico de ojos que no son índigo así lo piensa también. Lo ha dicho antes. Al menos, de boquilla. Como los libros. Pero que no le dan un valor de siete euros, como a un cubata. Un cubata sí vale siete euros. Y dos, catorce. Y el tercer gin-tonic también vale sus siete euros, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete monedas bailando claqué sobre la barra. Los vale cada fin de semana. O cada dos. El cine, no. Vale 2,90 euros una vez al mes. Ese es su precio real de mercado. Eso piensa mi economista. El que tengo delante. Justo delante de mis narices. Ni más, ni menos. Eso es lo que lo valora la gente a precio de cash converters. Siete u ocho euros al mes es demasiado caro. Me dan ganas de meterme: ocho pavos (así les llaman ahora, tanto los de veintipocos como los de veintimuchos) son una pasta, pero es una cuestión de en qué te merece la pena gastarlos y en qué no. Miro a mi lado y pienso que me encantaría salir de campo y traerme a Woody Allen para que les diga que también merece la pena gastarse esos ocho pavos en una película, y que si resulta ser de garrafón, pues mala suerte, esas cosas pasan en los cines y en las barras, qué le vamos a hacer. Con el tiempo, uno acaba aprendiendo dónde tomarse una copa decente y de quién ver una película, de quién no.

Hoy, como decía, Capitán Phillips. Pero es lo de menos, porque durante un rato me he convertido en el secundario detrás de Woody Allen y Diane Keaton en una cola de cine. Una cola como las de antes. Al salir, recuerdo una frase que le he leído a Michael Haneke con motivo de la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Artes de este año (merecido, sí señor): "El cine de acción contribuye a atontar al publico". Y pienso que en este caso no le falta razón. A veces hay guionistas muy por encima de los directores que les tocan en suerte. En otras ocasiones, sin embargo, hay directores que están muy por encima de los guionistas que les han tocado en suerte. Es el caso de Paul Greengrass con el libreto que maneja en Capitán Phillips. Lo firma Billy Ray. Miro en su currículo y descubro que ha perpetrado películas como El color de la noche (Richard Rush, 1994), Desafío final (una de Dolph Lundgren), La guerra de Hurt (Gregory Hoblit, 2002), Sospechoso Zero (Elías Merhige, 2004), Plan de vuelo: desaparecida (Robert Schwentke, 2005), La sombra del poder (Kevin McDonald, 2009) y Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012). Y que ha escrito el guion del futuro Sinatra para Scorsese. Inmediatamente pienso en que todo aquello que hacía de United 93 una buena obra, de Bloody Sunday una buena obra, aquí no está. Curioso: ambas estaban escritas por el propio Greengrass. Esta no. Son estas películas las que sirven para distinguir a un buen director de uno que no lo es tanto. Y Greengrass lo es. Muy por encima del texto: plano como Atacama, ni siquiera una arista, un montículo, un gris claro por alguna parte. Al ver la película, solo me interesa Muse, el pirata. Y es tan oscuro por dentro, sin un gris escondido en algún rincón entre sus vísceras, como lo es por fuera.

Para los que sientan curiosidad por verle la cara al verdadero Rich Phillips, aquí os dejo un link con foto (lo de que parte de la tripulación real del Maersk Alabama cuenta otra verdad sobre el secuestro no ha sido intencionado..., habrá sido mi subconsciente): http://www.abc.es/cultura/cine/20131017/abci-capitan-phillips-captain-mentira-201310161929.html La película está basada en un libro escrito por él.

Antes de meter la llave en el bombín de casa procedente del cuerno de África, recuerdo otras palabras de Haneke: “El cine en las salas parece condenado a la desaparición”. Y vuelvo a pensar: hoy no. No en esta cola.

Por cierto, pido disculpas públicas a Walt Whitman por robarle un mordisco de un verso para el título. No se lo merecía. Y, de paso, por alusiones, a Abraham Lincoln.

P.D. Al ver de nuevo la escena de Annie Hall me ha entrado un vértigo horrible: seré capaz de escribir algo tan genial alguna vez en mi vida?

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