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La borra del café, Mario Benedetti

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La borra del café, Mario Benedetti

Actualizada 19/01/2019 a las 10:22
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He quedado con el señor Benedetti en un restaurante de Montevideo. Es un mediodía caluroso de diciembre. Él nació en otra región del país, en Paso de los Toros, pero vivió aquí muchos años. Aunque habríamos podido conversar sobre volúmenes de relatos y de poemas, sobre libros de diversos géneros firmados por el escritor uruguayo, he preferido citarle para que me hable de una de sus últimas novelas.

 

 

Fue una manera de regresar al Montevideo de entonces. Al lugar al que me trasladé con mis padres cuando aún era pequeño. Una vez ahí, quise escribir la historia de un chico parecido. Con afanes y pulsiones similares. No un relato autobiográfico, sino un texto de ficción donde yo pudiese incluir hilos narrativos capaces de hacer literaria una infancia como la mía.

Supongo que algunas de esas líneas argumentales están basadas en hechos reales. Me refiero a la llegada a la ciudad del Graf Zeppelin y del acorazado alemán Graf Spee, o al hallazgo del cadáver del Dandy en la playa.

En mayor o menor grado. Pero transformadas en la medida de lo necesario. Como casi todos los capítulos están escritos desde la perspectiva de alguien de mi edad en aquella época, podría creerse que recurro a mis propias experiencias. Que las recojo de modo fidedigno. He ahí un vicio habitual en muchos lectores. Su tendencia a identificar el tono testimonial elegido por el autor, el recurso al Yo, con la intención de escribir sobre sí mismo. En este caso no fue así. Y es que una de las virtudes que más aprecio en las novelas es la posibilidad que nos ofrecen de convertir lo vivido por nosotros o por los demás en algo muy diferente.

Sea como fuere, es un acierto por su parte contar la vida de Claudio desde distintos puntos de vista. Es decir, no sólo en primera, sino también en tercera persona.

Claro. Porque, incluso en los confines de lo imaginado, de lo inventado, el uso exclusivo del Yo en un personaje como el mío limita el potencial novelesco. Lo empobrece en cierto sentido. Más allá de descubrir el mundo a través de sus ojos, a mí me interesaba observar a Claudio desde fuera. Ver cómo se movía entre la gente. Cómo se relacionaba con otros individuos. Cómo se esforzaba por llegar a ellos, por entenderlos. Cómo asumía el hecho de que su condición y sus circunstancias fuesen otras. Quizá por eso, utilicé un narrador omnisciente en los episodios donde aparece el ciego Mateo, en el del casino, o en algunas escenas y diálogos de Mariana y el protagonista.

Sin olvidar el último...

Sí, también quise mantener esa diferencia de voces entre el principio y el final. Me pareció lógica en el contexto de un Bildungsroman, de una novela de formación. Responde al propio desarrollo humano. Al concepto de crecimiento y aprendizaje. El personaje sale al mundo con el propósito de contemplarse, de conocerse. Empieza así, pero más tarde evoluciona hacia una idea colectiva. Acepta naturalmente ser parte de un todo. Ya no piensa tanto en sí mismo, en sus necesidades o tribulaciones, en sus deseos o ilusiones, sino que tiende su mirada hacia los demás. Y ese momento en que Claudio ya se sabe un hombre entre el resto de hombres, yo debía narrarlo con los recursos distanciadores que nos permite el lenguaje.

En dos capítulos usted cede la palabra a Sergio, el padre de Claudio, a través de una especie de diario. Sin embargo, esas entradas no tienen continuidad. Qué pretendía con ello?

Lo que he mencionado más arriba. Es decir, considerar el mundo del muchacho desde todos los ángulos posibles. Introducir una visión más en esa panorámica. Pero es cierto que, en el caso de estos apuntes, la idea se quedó en tentativa. Admito que hay algo veleidoso en ella. Reconozco que no supe relacionarla con el resto de registros ni desarrollarla hasta el final.

Empieza a atardecer en Montevideo. El señor Benedetti y yo hemos conversado mientras comíamos. Ahora, pasada la sobremesa, vuelvo a dirigirme a él y le pregunto si alguna vez en su vida le leyeron el destino en los posos del café.

Me lo propusieron en varias ocasiones, pero no quise. No, porque me lo habría creído y no habría podido dormir tranquilo nunca más.

 

 

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