47. Una garza blanca, Sarah Orne Jewett

Publicado el 03/02/2017 a las 15:33
El amor. El de Mishima por Omi, el de Marie Curie por Pierre, el de Rosa Montero por Pablo, el mío, virtual pero vivo, por Valerie. Disfruto observándolo cuando nace, cuando aún es pequeño, como en este relato de la escritora norteamericana.
Sylvia, la niña de nueve años que lo protagoniza, conoce al joven ornitólogo en el bosque y desde entonces ya no ve el mundo de la misma manera. Después de su encuentro con él en el camino de vuelta a casa, Sylvia sigue amando a su abuela y a su vaca, a los pájaros y a los árboles, pero intuye que lo que empieza a despertar en su corazón es algo nuevo y poderoso, un sentimiento diferente.
Me gusta este cuento delicado, el modo en que su autora sigue al personaje en la espesura. Me gusta que describa a la niña como un ser soñador y solitario, que le atribuya un carácter marcado a pesar de su edad. Aunque la haya deslumbrado el cazador, su gentileza y su aspecto elegante, ella es capaz de guardar el secreto de la garza blanca, el lugar del bosque donde anida. Quizá ya ha comprendido que todo consiste en un intercambio, que no habrá nada romántico en el amor.
Igual que en Los crisantemos, la historia corta de John Steinbeck, aquí la aparición inesperada de un extraño también hace las veces de detonante. Si entonces la granjera de California se sentía reanimada por la visita del afilador, ahora es el muchacho de la escopeta quien introduce a la pastora en el mundo del deseo. Sylvia pasea hasta los confines del valle como de costumbre, se asoma al mar al final del recorrido y, sin embargo, lo que en otras ocasiones era un espacio cotidiano se ha convertido en una inquietud para siempre.
Lector: Crees que vale la pena seguir esa inquietud, obedecer sus señales?
Creo que es una forma de vida tan sacrificada como otras. Requiere un crecimiento parecido al que nos impone el paso del tiempo. No sé a quién queremos antes de verdad, a qué criatura de nuestro entorno, pero es algo que aprendemos. La fórmula del amor es una receta difícil, un combinado frágil que se corta al menor desequilibrio. La componen un mínimo de felicidad personal, espacios abiertos y los suficientes puntos débiles en el carácter como para necesitar a alguien a nuestro lado que los compense.
Y hay un momento en que se produce una sinergia entre los afectos, un impulso natural que transforma cada conato de atracción en un sentimiento definitivo. Es posible que hasta cierta edad sólo hayamos sido capaces de apreciar a nuestros semejantes, a otros seres humanos. Entonces descubrimos que esa intensidad nos sirve también para los animales y para las cosas, los abarca en una prolongación de sí misma.
Cuando Sylvia, la protagonista de Una garza blanca, sea mayor y haya conocido a muchos cazadores, entenderá que en el fondo es un vínculo de raíces comunes el que une a los hombres entre sí, y a éstos con las vacas, las aves, los abedules y las flores, una fuerza invisible que tira de nosotros por fortuna.
Lector: Venga, ahora sí, dime qué ocurrió con tu alumna del taller.
En el último ejercicio de aquel curso, ya no escribió la escena de siempre, sino una historia mucho más larga. Contó cómo se había enamorado de uno de sus cuidadores del manicomio. Contó cómo fueron conociéndose en los paseos por el jardín, cómo empezaron a pasar cada vez más tiempo juntos. Contó cómo se escondían en una de las habitaciones de su planta y cómo se besaban en la oscuridad mientras los demás internos dormían. Describió el silencio del lugar y la luz que entraba por las ventanas cuando unas horas después el amanecer les sorprendía acostados.
Lector: Pero, no se escapó de allí?
Sí, ésa fue su forma de escaparse. El amor.