Política
Sánchez vuelve a jugársela sin agotar tampoco su tercer mandato
El presidente, el único desde los albores de la democracia que no ha acabado una legislatura, arriesga de nuevo para intentar obtener gasolina de su última derrota


Publicado el 05/10/2026 a las 19:15
"Las legislaturas en España duran cuatro años". El presidente del Gobierno llevaba meses colgado de ese mantra -anudado a su compromiso de exprimir la legislatura hasta su último aliento en 2027- hasta que este lunes decidió disolver las Cortes y anticipar las elecciones generales una vez más desde que llegó a La Moncloa en junio de 2018, ensanchando así la leyenda del indomable. Del resistente que nunca da un balón por perdido. Del político de la inagotable voluntad de poder. Del líder que, según los que lo idolatran, es un mago en aquello de hacer de la necesidad virtud y que, para quienes lo detestan, no es más que un tahúr que concibe la gobernabilidad como un juego de manos. Visto y no visto. Lo que era impensable antes del traumático desahucio de la anciana Maricarmen Abascal -que Pedro Sánchez adelantara unos comicios adversos vadeando el fango de la corrupción y con la crisis nacional por Ceuta abierta en canal- ha cobrado cuerpo en las 72 horas de retiro que se ha tomado el jefe del Ejecutivo para pensárselo. Y donde dije digo, digo ahora que precipito la cita con las urnas. Tres veces en otros tantos mandatos. Todos los presidentes -salvo en los convulsos tiempos de la Transición de Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo- han agotado alguna legislatura. Sánchez, ninguna. Tampoco ésta, la más difícil. La que, en realidad, ha durado más de lo que sus vicisitudes parecían pronosticar.
Aunque la ocasión para intentar reanimar sus opciones electorales ha venido de la mano de la sacudida social provocada por el desalojo de una vecina madrileña de 87 años -el aleteo impredecible de la mariposa en un ignoto piso de la calle Sainz de Baranda-, fue Carles Puigdemont quien permitió el inicio de la investidura a cambio de la amnistía que terminará de ejecutar a su favor el Tribunal Constitucional este martes y ha sido Carles Puigdemont quien ha acelerado su agónico final tumbando los 'decretos Maricarmen'. El expresident, que podría componer una de las imágenes de la precampaña cruzando la frontera como un hombre plenamente libre nueve años después de haber situado Cataluña ante el abismo de la secesión, ha acusado ahora a Sánchez de utilizar "la angustia de millones de personas" maquinando con esos dos textos normativos a sabiendas de que podían no prosperar; para erigirse, en definitiva, en víctima de las derechas a modo de señuelo electoral. Pero si ese era el maniobrero plan en la trastienda, Sánchez se trabajó -vídeo de presión incluido sobre Junts- lo contrario: que los reales decretos prosperaran, en la ensoñación de que podía insuflar oxígeno a los maltrechos pulmones de su mandato. Recibido el revés en el Congreso, Sánchez vuelve a intentar, en apariencia, lo imposible: aprovechar para tomar impulso desde el retroceso de una derrota estrepitosa.
Fue lo que hizo hace ahora justo una década, con sus lágrimas de despedida y su travesía del desierto en el Peugeot que ha pasado de símbolo de veneración a estigma corrupto por obra de José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García, después de que la dirección del PSOE le defenestrara como su secretario general en el fratricida comité federal del 1 de octubre de 2016. Solo los muy fieles, o los muy ilusos, daban un euro por él; por quien estaba llamado a ser un paréntesis en la historia socialista y cuyo aguante, cuya feroz determinación por hacer lo que se propone, no supo calibrar Susana Díaz, quien lo encumbró porque pensaba que iba a poder manejarlo. Aquel desdoro político, con los suyos echándolo a la vista de todo el país, acabó transformándole en un mártir ante las bases que lo restituyeron en el liderazgo. Hoy, esa victoria en las primarias está mancillada por las corruptelas por las que ya han sido condenados Ábalos y Koldo y por las que está encausado Cerdán.
Te puede interesar

Sánchez reiventó a comienzos de 2019 lo de intentar mutar una derrota en oportunidad primero y éxito después. Abortó su primer y breve mandato, conquistado en la fulgurante moción de censura contra Mariano Rajoy -de nuevo un visto y no visto, en una semana-, cuando ERC y el entonces PdeCAT sumaron sus votos a los del PP y Ciudadanos para vetar sus Presupuestos inaugurales en La Moncloa; tres días antes, Pablo Casado y Albert Rivera se habían retratado con Santiago Abascal en la fallida 'foto de Colón'. Sánchez vio la puerta entreabierta, resolvió y ejecutó: finiquitó la legislatura y llamó a las urnas. Salió vencido del Congreso, pero el PSOE fue primera fuerza en las generales de abril, aunque no le alcanzara para poder formar Gobierno y acabara haciéndolo, tras la repetición electoral seis meses más tarde, con el Podemos que tanto le quitaba el sueño al presidente.Sánchez reincidió en la jugada -más febril, más instintiva, más a la desesperada- el 29 de mayo de 2023, a las pocas horas de que él, sus alcaldes y barones territoriales y el conjunto del partido se estamparan contra la aplastante victoria del PP capitaneado ya por Alberto Núñez Feijóo en las municipales y autonómicas del 28-M. El nuevo inquilino de la planta noble de Génova se veía ya llevado en volandas a Moncloa, con medio año por delante -lo que restaba de legislatura- para zaherir a su rival socialista miércoles sí y miércoles también en la sesión de control al Gobierno en el Congreso. Sánchez cortocircuitó aquella amenaza infernal con el golpe de mano, corregido y aumentado, de agotar mandato y forzar las generales antes de tiempo. El repentino cambio de marco, el error del PP de maridar con Vox en las instituciones locales en aquellas semanas de tránsito y una campaña 'ad hoc' permitieron al presidente aguantar lo justo como para poder negociar y pactar su tercera investidura con Puigdemont, desdiciéndose nuevamente de lo prometido: que no haría cambalaches con la exigencia del independentismo de amnistiar los delitos del 'procés'. El primer dirigente español en salir triunfante de una moción de censura se erigía en el primero en retener el Gobierno sin haber ganado las elecciones En 2019, Sánchez anticipó los comicios porque no cedió a la reclamación de los secesionistas de un relator exterior en una mesa de diálogo sobre el "conflicto" catalán a cambio de refrendarle los Presupuestos. En esta legislatura a la que ahora ha puesto lacre, su Gobierno no ha aprobado un solo proyecto de Cuentas Públicas y aceptó negociar con Puigdemont, aún prófugo de la justicia española, en suelo suizo mes a mes, con mediador internacional y con Cerdán como enviado especial. Al cabo, ha sido la peripecia vital de una octogenaria desahuciada de la casa en la que había residido siete décadas en alquiler y otra derrota, la de sus dos decretos de vivienda en el Congreso, lo que ha persuadido al presidente de bajar el telón a un mandato en el que ha vuelto a ser el primer jefe de Gobierno en ver a su hermano sentenciado por enchufismo y a su mujer, al borde del banquillo por presunta corrupción. Parafraseando a Antonio Gramsci, el ideólogo de cabecera del Podemos de aquel 15-M hoy redivivo en otras tiendas de campaña, a Sánchez le tira más "el optimismo de la voluntad" que "el pesimismo de la inteligencia". Con "el muro" simbólico frente la derecha y la ultraderecha que levantó en su discurso de investidura de hace casi tres años agujereado por las encuestas que aupan al PP y Vox por encima de los 200 escaños, el presidente se aferra ahora al muro físico de la vivienda para intentar un postrero juego de manos con su última derrota.