Agricultura
Al campo ya no le salen las cuentas
Costes disparados, desigualdad en las ayudas y falta de relevo generacional ponen contra las cuerdas a un sector clave que deja de ser rentable


Publicado el 05/04/2026 a las 05:00
A las seis de la mañana, cuando todavía no ha salido el sol, el campo ya está en marcha. Los tractores arrancan, los animales esperan y los agricultores repiten un gesto que lleva décadas sosteniendo una parte esencial del país: producir alimentos. Pero algo ha cambiado. Ese gesto, que antes era rutina, ahora está cargado de incertidumbre. Ya no depende solo de si llueve o de cómo venga la campaña. Es otra cosa: trabajar más y, aun así, no saber si va a merecer la pena. "Cada vez es menos rentable ser agricultor o ganadero", resume Juan José Álvarez, secretario de Organización de Asaja. Lo que antes eran años malos se ha ido convirtiendo en un desgaste más estable: costes al alza, precios que no acompañan y márgenes cada vez más estrechos. Ahí está el problema: en los números. En los últimos años el gasóleo agrícola o los fertilizantes han llegado a encarecerse entre un 40% y un 45%, mientras los precios en origen apenas se han movido. Las cuentas no salen. Muchas explotaciones siguen adelante en condiciones límite, algunas incluso vendiendo por debajo de sus propios costes. "Así no se puede seguir", insiste Álvarez. A esa presión se ha sumado en las últimas semanas otro golpe derivado del conflicto en Oriente Medio: el combustible. La Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) denuncia que la subida del gasóleo agrícola responde en parte a movimientos especulativos. "Las seis principales petroleras han ganado 217.000 millones de euros desde que comenzó la guerra. Es indignante", sostienen. Más allá del dato, en el campo preocupa que el gasóleo B haya repuntado más que el de uso general. Para UPA, esto agrava una situación ya muy delicada. El campo depende de insumos como el combustible o los fertilizantes y cada subida acaba cayendo en el mismo sitio: el productor. Los afectados reclaman medidas urgentes para evitar que el sistema se desequilibre aún más. El deterioro no representa solo una percepción. El sector lleva más de dos años encadenando caídas en el empleo y en la facturación. Se pierde actividad, se pierden explotaciones y se vacía poco a poco el medio rural. Y eso acaba notándose.
UNA ACTIVIDAD EN RETROCESO
El problema no es solo que no salgan las cuentas. Es que el campo español se está dejando peso en el camino. En Europa, otros países avanzan más rápido. Desde antes de la crisis financiera, la producción agraria en España apenas ha crecido, mientras que en el Este europeo o en Francia lo ha hecho con mucha más intensidad. A ello se suma el impacto del clima. La sequía de las últimas campañas ha reducido rendimientos y ha convertido cada cosecha en una incógnita. Pero no todos lo sufren igual. Mientras las explotaciones tradicionales afrontan restricciones cuando escasea la lluvia, los modelos más intensivos, ligados a grandes inversiones, logran mantener cierta estabilidad. Es una diferencia que el sector señala cada vez con más claridad. También ocurre con las ayudas. La Política Agraria Común refleja una fuerte desigualdad: una minoría concentra una parte significativa de los fondos, mientras la mayoría de los agricultores recibe cantidades mucho más reducidas. Eso marca quién puede resistir y quién no. A todo esto se suma la competencia exterior. Los acuerdos comerciales, como Mercosur, abren oportunidades, pero también generan inquietud. "Queremos jugar con las mismas reglas", repite Álvarez. En el Gobierno, sin embargo, la visión es distinta. El ministro de Agricultura, Luis Planas, ha defendido el acuerdo como una "gran noticia" que permitirá abrir mercados y garantizar el suministro de materias primas como la soja, clave para la alimentación del ganado. Mientras tanto, el modelo agrario también cambia. Las grandes explotaciones resisten mejor, mientras que las pequeñas y medianas, que siguen siendo mayoría, tienen más dificultades para absorber los golpes. Y hay un problema que lo atraviesa todo: la edad. El campo envejece. Casi cuatro de cada diez agricultores tienen más de 50 años. "No hay relevo", resume Álvarez. El límite de la resistencia Durante la pandemia, el campo no se detuvo. Siguió produciendo cuando casi todo lo demás paraba. Pero ese reconocimiento no ha cambiado demasiado las cosas. Las organizaciones agrarias reclaman medidas concretas: desde una aplicación más estricta de la Ley de la Cadena Alimentaria hasta cambios fiscales que alivien costes. En el fondo, piden algo básico: poder vivir de su trabajo. España es una potencia agroalimentaria, sí. Y en paralelo, el campo cumple una función que no admite alternativas: alimentar. "Estamos hablando de las cosas de comer. Con eso no se juega", advierte Álvarez. Aun así, cada mañana los tractores vuelven a arrancar.
El sector agroalimentario, en cifras
El sector agroalimentario español es uno de los principales motores de la economía. En 2024 generó un valor añadido bruto de más de 130.000 millones de euros, lo que supone en torno al 9% del PIB nacional. En términos de empleo, el conjunto de la cadena -que incluye producción, industria y distribución- supera los 2,5 millones de trabajadores, cerca del 11,6% del total. El peso del sector se apoya en buena medida en su capacidad exportadora. Las ventas al exterior alcanzaron los 74.000 millones de euros en 2024, lo que representa aproximadamente el 19% de las exportaciones españolas. Alemania, Francia, Italia o Reino Unido se mantienen como los principales destinos de productos como frutas, hortalizas, carne o aceite. Dentro del propio sector existen diferencias significativas. La fase de comercialización concentra la mayor parte del valor añadido y del empleo, seguida del sector primario y de la industria de transformación. Esta estructura refleja el creciente peso de los eslabones finales de la cadena frente a la producción. También afloran importantes contrastes territoriales. Andalucía, Cataluña y la Comunidad Valenciana concentran más del 40% del valor añadido agroalimentario y cerca de la mitad del empleo del sector. Al mismo tiempo, existen diferencias en competitividad entre regiones, ligadas en gran medida a los costes laborales y a la productividad. En conjunto, el sector agroalimentario español presenta niveles de competitividad superiores a la media de la Unión Europea, impulsados por una productividad elevada. Sin embargo, esa fortaleza agregada convive con una estructura muy heterogénea, en la que coexisten grandes empresas altamente competitivas con un tejido de pequeñas explotaciones de menor dimensión. A esta estructura se suma un patrón de consumo relativamente estable. En 2024 los hogares españoles consumieron cerca de 27.000 millones de kilos de alimentos, con un gasto que superó los 83.000 millones de euros. La alimentación sigue representando en torno a una quinta parte de la cesta de la compra, aunque con diferencias entre territorios.
