Inundaciones en Valencia
La mujer de Catarroja que no murió cuatro veces: "Si no es por él, yo no estaría aquí"
Conchi estuvo a punto de perder la vida en la riada provocada por la DANA, pero Nico arriesgó la suya para salvarla


Publicado el 10/11/2024 a las 08:46
Por la calle baja un río desbocado de color marrón. Suena una sirena y en la superficie asoma una cabeza arrastrada por la corriente. Los vecinos creen que es una niña que se agarra como puede a un árbol. Gritos. Dos chicos sacan desde un balcón una escalera con una cuerda y varias sábanas anudadas, pero hay demasiada distancia y el viento no ayuda. "Ay, el coche, el coche, no…", exclama María José, que pide ayuda mientras graba desde el bloque de enfrente. El vehículo baja sin control y pasa a un metro de ella. "Se va a ahogar, mamá, se va a ahogar", solloza su hijo. "Pobreta…", termina María José.
En Catarroja muy pocos conocen aún el desenlace del vídeo, que se viralizó durante los primeros días hasta convertirse en una de las imágenes icónicas de la catástrofe. "¿Sabes quién es? ¿Está viva? Sería un milagro", pregunta María José en la misma calle, una semana después. El milagro se llama Concepción Serrano y, aunque es muy menuda, no es una niña. Conchi tiene 31 años, pesa 40 kilos y es una fuerza de la naturaleza: "Yo ya he estado a punto de morir otras tres veces, así que en realidad esta es la cuarta. ¡Pero me quedan otras tres vidas! Creo que no me voy a morir tan fácilmente...".
Estuvo muy cerca. Cuando la corriente la arrastraba, una mano la agarró de la chaqueta y la arrastró hacia la vida. Era Nicolás Hidalgo, un camionero de 51 años que tiene los brazos como los gemelos de un futbolista. No va al gimnasio, pero de joven fue culturista y ahora es senderista federado, de ahí los (muchos) conocimientos que desplegó en un rescate agónico. Esta es la historia del reencuentro entre la mujer que no murió cuatro veces y el héroe que la salvó.
"Yo ya estaba en casa. Me asomé y vi los coches en contradirección. Ni siquiera llovía, pero había un palmito de agua". Conchi se acordó de su furgoneta nueva, que compró en febrero al montar una pequeña empresa, Limpiezas Bonavista.
Al llegar al parking, vio a dos hombres. Uno de ellos era Nico. "No lo conocía de nada, pese a que vivimos al lado. Fíjate la casualidad: de no haberlo visto nunca a encontrármelo dos veces el mismo día". Él le explicó que el barranco del Poyo se había desbordado y que no sabían qué iba a pasar. Nico estaba buscando dónde dejar el suyo. Decidió llevarlo a la vecina localidad de Albal y volverse andando.
Conchi se quedó sola en el parking, bloqueada: "Pensé: ‘¿dónde voy yo con la furgoneta?’. Veo que me entra el agua por las alfombrillas y comprendo que no hay solución ya. Me puse la documentación en el pecho para que no se mojara pensando que llegaría a casa caminando, pero la corriente me arrastró".
[Conchi vino al mundo con una vuelta del cordón al cuello. "Nací casi muerta. Si tardan un minuto más, no estaría aquí para contarlo"] Esa fue la primera vez que esquivó la muerte.
Nico caminó los 2,3 kilómetros que separan Catarroja y Albal, dos pueblos unidos por una avenida. A dos esquinas de su casa, el agua ya le alcanzaba la cintura. Cuando llegó a la calle Victoria Costa Mayo, a 50 metros de su domicilio, se dio cuenta de que la corriente podía con él: "Me dejé llevar con la intención de acercarme a la pared y me deslicé hasta que vi un bajo con una reja y me agarré".
Conchi venía del lado opuesto. "Me sujeté a un árbol. Unos vecinos me lanzaban sábanas y una escalera, pero no las podía coger. Sólo podía gritar ‘socorro, que me muero’. Aguanté todo lo que pude, pero la corriente era muy fuerte, me solté y salí disparada calle abajo".
Nico escuchó el grito de unos vecinos: "¡Una niña va para allá!". Él vio cómo se aproximaba hacia él y pensó: "Cuando esté más cerca, salto. Hubo un momento en que la perdí, se hundió unos segundos, pero luego la vi asomar la cabeza. Había un árbol enfrente de mí. Me agarré a él, me alargué todo lo que pude y la cogí de la chaqueta que llevaba puesta. La pobre estaba cansadísima". Nico tiró de ella hacia un portal, se sujetó al buzón y pidió un martillo a los vecinos para romper el cristal y entrar. Ella no paraba de gritar y pedir socorro, y él intentaba calmarla: "Tranquila, que de esta salimos". Aunque realmente no pensaba eso.
Estaban a un par de metros del dique que formaban los coches. "Si me soltaba, nos íbamos directos". Había que acceder al portal, pero tenía un doble acristalamiento. "Yo sabía que no íbamos a conseguir romperlo, pero alucinaba viendo cómo [Conchi] le daba patadas y codazos, con lo débil que estaba. Le dije que lo dejara, que se iba a hacer daño. La verdad es que ella luchó hasta el final".
De pronto, el portal se abrió de par en par. No lo hizo por los golpes de Conchi, sino por la fuerza del agua. "Si no, hubiésemos acabado enterrados por los coches", afirma Nico, que se corrige a sí mismo al instante. "Bueno, algo se nos habría ocurrido, allí no nos íbamos a quedar".
[Con siete meses, Conchi tuvo meningitis. Los médicos prepararon a sus padres para lo peor. Cuando fueron a operarla, los síntomas habían desaparecido. "De cada 100.000 personas hay un caso como el mío"] Esa fue la segunda.
Cuando el portal se abrió "de golpe", Nico analizó la situación: "A la izquierda estaba el descansillo y cinco escalones hasta el rellano. Teníamos que ir hacia ahí, porque a la derecha estaba el ascensor, que se encontraba averiado y con las puertas abiertas". Era una trampa mortal. "Fue lo que más miedo me dio. Si caemos ahí no lo contamos -tiene tres plantas hacia abajo-, e íbamos directos, porque el hueco se convirtió en una especie de desagüe".
Nico se agarró con una mano a la barandilla que había junto a los escalones y, con la otra, mantenía sujeta a Conchi, que estaba siendo arrastrada hacia el hueco del ascensor. Y ocurrió lo peor que les podía pasar. "La barandilla tenía tres puntos de sujeción al suelo y dos de ellos se soltaron". Si el tercero también lo hacía, caerían irremediablemente por el desagüe del foso. "Ahí ya sí creí que no la íbamos a contar".
[Con nueve meses, mientras su madre cocinaba, Conchi se cayó por la ventana de un primero. "Salí ilesa. No me hice ni un rasguño, ni siquiera un moretón"] La tercera. En el hospital de La Fe de Valencia a la pequeña Concepción la conocían como ‘la campeona’.
El portal estaba oscuro. Nico entendió que la única opción que tenían de sobrevivir era soltarse de la barandilla. Pero necesitaba algún punto al que aferrarse. Sin dejar a Conchi, Nico se agarró al voladizo del escalón y, sucesivamente, se fue soltando de un peldaño para asirse al siguiente. "En ese momento, llegó un vecino y me pescó", apunta ella. Ni siquiera saben quién es. Sí recuerdan bien a Salomé Chulvi, la mujer que los acogió en su casa tras el rescate.
Después de aquel día, Conchi buscó a Nico por redes sociales para darle las gracias. "Yo estaba deseando encontrarlo porque es mi héroe. Gracias a ti estoy aquí y lo puedo contar. "Si tú no hubieras estado ahí, yo no estaría aquí, es así".
Es curioso, pero a ella siempre le gustó el nombre de Nicolás. "De pequeña me pegaba el día viendo telenovelas y el prota se llamaba Nicolás. Era tan guapo el chico que el nombre me enamoró". Ella siempre pensó ponerle así a su primer hijo, pero su novio no quería. "Ahora sí, sin ninguna duda", dice Ricardo, su pareja. "Si es niño se llamará Nicolás y si es niña, Nicol". Pero será en honor a Nicolás de Catarroja, el héroe que vivía en la calle de atrás.