20 Aniversario

11 M: Los tres minutos que sacudieron el mundo

 El lunes se cumplirán 20 años de la tragedia del 11 M

Imagen del vagón donde tuvo lugar la explosión
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Los equipos de emergencia rescatan cuerpos entre el amasijo de hierros en que quedó convertido el cercanías 21431 a las 7.37 horas de aquel 11 de marzo, cuando tres explosiones destriparon otros tantos vagones en Atocha
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Agencia Colpisa

Publicado el 10/03/2024 a las 05:00

Patricia, solo siete meses asomada a la vida, pelo pajizo, ojos azules, una pulserita de oro con su nombre anudándole la muñeca, espera junto a sus padres, Jolanta y Wieslaw, a que el tren de todas las mañanas entre en la estación de Asamblea de Madrid-Entrevías. La luz de la mañana aún invernal apenas despunta este 11 de marzo anodino, rutinario, común en los gestos de complicidad que la pareja de inmigrantes polacos intercambia, con sus esperanzas enlazadas a esta ciudad de acogida y promesas, antes de echar a andar el día que tienen por delante. Un día como tantos otros, con sus cuitas cotidianas, con las inquietudes y los besos que casi nunca llega a presentirse que serán los últimos. Otros 189 viajeros, como la pequeña Patricia y sus progenitores, se aprestan a esta tempranera hora, en la que la neblina del sueño aún adormece el ánimo, a subirse a los vagones que surcan el corredor del Henares sin la punzada instintiva de que ya no habrá más trayectos. Gentes sencillas que van al trabajo, a estudiar, quizá de vuelta a casa cuando los demás madrugan. Las gentes de Vallecas. De Entrevías y de Santa Eugenia. Las gentes del Pozo del Tío Raimundo, curtido por todas las humildes batallas libradas para escapar de la penuria. Es fácil matar a quienes solo cogen un tren, desprotegidos, para ganarse la vida.

Ninguna de esas 192 personas puede llegar a intuir que junto a ellas se desplazan los asesinos, sus nueve asesinos, camuflados entre los rostros anónimos; las mochilas con su cargamento de muerte -varios kilos de Goma 2 Eco reforzados con metralla, detonadores y móviles cuya alarma hace las veces de temporizador- a los hombros de cuerpos que han perdido el alma a cambio de una fantasiosa inmortalidad en nombre de Alá.

Los viajeros inocentes, vulnerables, golpeados en masa y al azar para recrear el infierno en la tierra, avanzan hacia su final sin sospechar que el sobrecogedor desenlace llevan tiempo escribiéndolo un tal Jamal Zougam, el gerente marroquí de una tienda de telefonía en Lavapiés al que la Policía ya ha tenido en su punto de mira, y sus compinches fanatizados en la Yihad. Que los explosivos se los ha facilitado, saqueando la Mina Conchita en Asturias, José Emilio Suárez Trashorras, alguien que conoce la cantera y también cuál va a ser el mortífero destino de las cargas; un diablo de poca monta con desórdenes psíquicos por las drogas reconvertido en delincuente y confidente policial. Que la amenaza de atentar contra España, la ensoñación de Al-Andalus, se ha fraguado en una cumbre tribal en 2001 en Pakistán, dos años antes de que el demonio global, Osama Bin Laden, coloque en su diana al país por la implicación en las guerras de Afganistán e Irak tras el 11-S, sancionada por aquella foto que retrata al presidente del Gobierno, José María Aznar, en las Azores junto a George Bush hijo y Tony Blair.

192 personas fueron asesinadas en la masacre yihadista y 1857 resultaron heridas
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192 personas fueron asesinadas en la masacre yihadista y 1857 resultaron heridasEfe/reuters/afp
192 personas fueron asesinadas en la masacre yihadista y 1857 resultaron heridas

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Pero esta mañana del marzo madrileño los viajeros, salvo los asesinos, no tiene por qué acordarse de que son objetivos potenciales del islamismo más radicalizado que ha impreso cicatrices de martirio en lugares distantes del planeta. Lugares muy alejados de los vagones de Cercanías de Renfe que se acercan al corazón de Madrid con su traqueteo incesante de idas y venidas. Hace un rato, poco después de las siete de la mañana, los testigos que aún no saben que tendrán que serlo se cruzan, despreocupados, con al menos un par hombres que entran y salen del tren en Alcalá de Henares portando sus mochilas del horror.

Tres explosiones en Atocha abren el día de la infamia

El cercanías 2143 en que se desplazan Patricia, su madre y su padre se acomoda, perezoso, en la vía 2 de Atocha. El reloj se ha detenido a las 7.37. Y con él, la vida.

Tres explosiones en el suspiro de un minuto destripan otros tantos vagones con una violencia tan devastadora e incontrolable que los coches que circulan en torno a la arteria ferroviaria botan sobre el asfalto. "Me voy a rezar", musita una abuela de cuatro nietos a la que los bombazos sorprenden en las inmediaciones del apeadero. ¿Pero qué hacer cuando Dios, cualquier dios, ha borrado la piedad, la humanidad más esencial, en esos trenes transmutados en ataúdes para los cadáveres desmembrados en un instante, de los que los supervivientes intentan huir a la desesperada, impelidos por el pánico, rompiendo las ventanas, en los que se pierde el respeto a los muertos para poder salvar a los que aún respiran?

Entre la marabunta de zombis ensangrentados, bajo el ulular de los móviles ya sin dueño, un chaval, un residente de Pediatría del hospital Doce de Octubre, encuentra entre los escombros achatarrados a Patricia, la niña rubia con su pulserita dorada, apenas siete meses, asomada a la vida que los terroristas han querido hurtarle aplastándole el pecho y ennegreciéndole los pulmones. La pulsión por vivir ensaya el milagro en este andén en el que un pediatra en formación vuela para que esa bebé no se le vaya para siempre.

Y, pese a todo, hay que agradecer su clemencia a la suerte. Los artificieros detonan una cuarta mochila que no ha llegado a explotar. A unos centenares de metros, en la vía paralela de la calle Téllez, otras cuatro bombas revientan la unidad 17305 y extienden los eslabones del terror en una cadena insoportable. El tren se ha aproximado al hormiguero de Atocha con un par de minutos de retraso. Ciento veinte segundos molestos cuando se tiene prisa, pero salvadores para tantos porque esa dilación impide que los vagones exploten en plena estación y desaten un apocalipsis de derrumbes y espanto.

Median solo tres minutos entre los estallidos que inundan de muerte Atocha. En medio, casi simultáneos, otro artefacto enluta el cercanías 21713 en Santa Eugenia y otros dos el 21435 en el Pozo del Tío Raimundo cuajado aún de infraviviendas. Paqui, enfermera, se evade de la siembra de cadáveres socorriendo a todo aquel que conserva un hálito de vida. El policía Isidoro Zamorano, bregado en el Norte y que acaba de dejar a sus tres hijos en clase, se adentra en el averno intuyendo la tragedia, sumergido en "un olor raro, a pólvora, a mala cosa".

Y aún así, de nuevo pese a todo el calvario que lacera las entrañas, la suerte deja otro rastro de misericordia. La cuarta bolsa abandonada por los terrorista en el Pozo no detona. Esta mochila, la que acabará siendo la mochila del 11-M, emprende un temerario periplo entre los restos de las víctimas sin que nadie recele de su letal contenido. Hasta que el bulto recala en la comisaría de Vallecas y un artificiero se juega el tipo desactivándolo a mano. Y allí está el móvil con tarjeta. El tesoro que conduce hacia Jamal Zougam.

Pero eso ocurrirá más tarde, mucho más tarde. A las ocho de la mañana, la guerra -ésta por otros medios- vuelve a convertir Madrid en capital del dolor. La destrucción comienza a hacer balance, el que imprimirá en la memoria colectiva 192 asesinados y 1.857 heridos. El peor abismo terrorista afrontado por Europa, solo comparable a la voladura del avión de la Pan Am sobre la localidad escocesa de Lockerbie. El polideportivo de Daoiz y Velarde se convierte en un improvisado nido para acoger a las víctimas que llegan de la calle Téllez. Ifema se habilita como un gigantesco tanatorio hacia el que corren las familias que no logran dar con los suyos, en una letanía que implora que no hayan cogido justo hoy ningún tren de la muerte.

Los madrileños se echan a la calle para auxiliar a sus convecinos, las donaciones solidarias de sangre garantizan el suministro, los taxistas regalan carreras a quienes aprietan los dientes y el llanto aferrándose a una postrera esperanza. La Audiencia Nacional encomienda al juez Juan del Olmo y la fiscal Olga Sánchez la instrucción de un sumario para la Historia.

Al-Qaida reivindica la carnicería

El yihadismo acaba de recrear el 11-S neoyorkino en el 11-M madrileño, pero en esta primera hora de fragor y turbación ante el golpe feroz, despiadado, el país señala a ETA. A esa ETA que ha ido elevando uno a uno los listones de su crueldad y que once días antes de esta tenebrosa jornada ha intentado introducir en la capital española dos furgonetas con media tonelada de explosivos, interceptadas por las fuerzas de seguridad, para llevar al límite las elecciones generales convocadas este domingo, 14 de marzo. "No son vascos, son alimañas y asesinos", retumba la condena del lehendakari Juan José Ibarretxe, el primero que ofrece una solemne declaración institucional para definir dónde se sitúa la ciudadanía de bien de Euskadi que ruega ya para que no hayan sido los suyos los ejecutores de semejante atrocidad. Son las 9.35. Antes que Ibarretxe, el portavoz del Gobierno del PP, Eduardo Zaplana, y el líder de la oposición socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, atribuyen también la matanza a la banda etarra.

Lejos del foco periodístico que intenta responder al quién, el cómo y el por qué, en un esfuerzo tan denodado como baldío por encontrar las palabras con las que describir lo indescriptible, el portero de un edificio en Alcalá de Henares ha alertado a la Policía de la presencia de una furgoneta con movimientos sospechosos estacionada cerca de la estación ferroviaria. Es la Renault Kangoo blanca robada en Tetuán por los terroristas de los que aún nada se sabe; la que deja evidencias de los crímenes y una cinta con versos coránicos junto a otra de la Orquesta Mondragón que alimentará en el futuro, chuscamente, la teoría de la conspiración sobre la autoría de los atentados.

A mediodía, el líder de la ilegalizada Batasuna, Arnaldo Otegi, niega que haya sido ETA -¿cómo lo sabían quienes acusaban al Estado de derecho de incriminarles injustamente por complicidad terrorista?- y alguien que está en sus antípodas, el comisario general de Información, Jesús de la Morena, traslada a Interior su escepticismo sobre la culpa etarra.

Cuatro horas después de la masacre, cuando la siempre bulliciosa Madrid se recoge en un silencio de funeral, comienza a forjarse la fractura ante el estremecedor desafío que reta a todo el país. El presidente Aznar telefonea a la prensa para contarle que no hay otra pista válida que la de ETA; la senda que recorre el ministro del Interior, Ángel Acebes; la que aún siguen surcando la mayoría de los líderes políticos españoles; la que el embajador en EE UU, Javier Rupérez, traslada a George Bush; la que la titular de Exteriores, Ana de Palacio, trabajará para que la hagan suya las cancillerías internacionales y la ONU pese a que la hipótesis yihadista ya gana terreno. A las ocho de la tarde, con la ciudadanía desconsolada, iracunda y aturdida en un duelo inolvidable, Al-Qaida reivindica la carnicería en un diario en Londres en lengua árabe. Y el guion del día de la infamia cambia de raíl.

El pulso entre la verdad a medias, la mentira y la realidad se adueña de las 72 horas siguientes. Millones de personas llenan Madrid y otras ciudades, empapadas de lluvia y de lágrimas, para clamar contra el terror pero también para preguntar en voz alta ¿Quién ha sido?. Un eco imparable que se transforma en el Pásalo de la convulsa jornada de reflexión, con el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba acuñando una sentencia para las hemerotecas -"Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta"- y manifestantes congregados ante las sedes del PP.

El 14-M, el electorado castiga a Aznar, que había depositado su sucesión al frente del Gobierno en su candidato Mariano Rajoy escogido por el propio presidente popular, y otorga la Moncloa a Zapatero. Los terroristas que el 3 de abril no se inmolan en el piso de Leganés en el que se han atrincherado acaban encausados y condenados. La verdad judicial sentencia que ha sido la Yihad.

En medio del pavor en Atocha, un pediatra rescata a una niña de siete meses de Entrevías, rubia, su nombre grabado en una pulserita. No hay milagro en el barrio de las gentes humildes. El 11-M también termina segando la vida de Patricia apenas alumbrada.

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