EE UU
La Casa Blanca se prepara para otra campaña de una guerra enquistada
A Donald Trump se le complica la situación en Oriente Próximo a la vez que cae el apoyo ciudadano en Estados Unidos a los ataques contra Irán


Publicado el 10/07/2026 a las 08:54
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una nueva fase, impredecible y peligrosa. El alto el fuego que Donald Trump presentó hace apenas unas semanas como el principio del fin del conflicto está ya, en sus propias palabras, “acabado”. Y el centro de la crisis es el estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que circula una parte esencial del petróleo mundial y que ahora se ha convertido en el nuevo campo de batalla entre Washington y la república islámica.
La Casa Blanca se prepara para una nueva campaña en un conflicto que daba por acabado y que se alargará aún no se sabe cuánto. Todo dependerá, dicen, de los próximos movimientos de Irán. Es una forma de reconocer que la guerra ha dejado de tener un calendario claro. Comenzó con el objetivo declarado de degradar las capacidades balísticas iraníes y destruir lo que quedaba de su programa nuclear. Ahora se ha transformado en una batalla abierta por la libertad de navegación en el Golfo Pérsico, algo que no estaba en duda antes del ataque inicial de Trump.
El Pentágono anunció durante la noche del miércoles una segunda jornada consecutiva de ataques contra Irán. El Mando Central de Estados Unidos dijo haber golpeado unos 90 objetivos, entre ellos sistemas de defensa aérea, instalaciones de vigilancia costera, depósitos de drones y misiles, capacidades navales e infraestructura logística en la costa iraní. El objetivo oficial, dijo, era degradar la capacidad de Irán para amenazar a barcos comerciales y civiles en el estrecho de Ormuz. Al menos 14 personas murieron y 78 resultaron heridas en la república islámica tras 48 horas de bombardeos.
Desde Ankara, Trump declaró que el alto el fuego estaba roto. “Para mí, se acabó”, dijo. También dejó caer que ya no estaba seguro de querer negociar con los iraníes. “Podemos jugar, pero no estoy seguro de que quiera hacer un acuerdo. Terminemos el trabajo”, afirmó. El presidente intenta así mantener una distinción difícil: insiste en que no se trata de una guerra, sino de una desnuclearización y un desarme de Irán. Pero la promesa de una operación limitada empieza a parecerse a una crisis regional sin salida inmediata y con efectos sobre el bolsillo de los estadounidenses.
El vicepresidente JD Vance, adalid del acuerdo ahora roto, resumió el miércoles la posición estadounidense con una frase directa: si Irán dispara contra barcos, EE UU responderá con más fuerza. Trump fue incluso más lejos y sugirió que podría restablecer un bloqueo naval contra puertos iraníes. Según dijo, sería un bloqueo dirigido sólo contra Irán y no contra el resto del tráfico marítimo. También advirtió de que, si Teherán vuelve a atacar barcos, la respuesta será “mucho peor”.
El problema para Washington es que cada golpe militar reduce y mucho el margen de la diplomacia. La Administración Trump sostiene que Irán quiere negociar “desesperadamente”, en palabras del propio presidente, pero al mismo tiempo él dice que tratar con Teherán es una pérdida de tiempo. Ese vaivén resume la dificultad de la estrategia de presionar a Irán hasta el límite sin quedar atrapado en una guerra larga, golpear con contundencia sin cerrar del todo la puerta a un acuerdo y decir que la guerra no ha vuelto cuando los ataques se suceden cada noche.
LA SOLEDAD DEL PRESIDENTE
La OTAN, reunida en Turquía esta semana, respaldó el principio de libertad de navegación y reclamó que Irán no adquiera un arma nuclear. Pero la cumbre volvió a mostrar la soledad relativa de Trump en este frente. El presidente reprochó a sus aliados no haber apoyado más claramente a EE UU en la guerra contra Irán y vinculó esas tensiones a otros choques abiertos con Europa, incluida su presión sobre Groenlandia y sus amenazas comerciales contra España.
La crisis iraní vuelve así a absorber a Washington justo cuando Trump intentaba presentar su política exterior como una cadena de acuerdos cerrados: el alto el fuego, la negociación nuclear, la reapertura parcial de Ormuz -según la Guardia Revolucionaria iraní, la navegación en el estrecho se ha recuperado hasta alrededor del 50 por ciento de los niveles previos a la guerra- y una salida rápida de la guerra que él presenta como un éxito. Todo eso ha quedado ahora en suspenso. El presidente regresó ya a la Casa Blanca con una guerra que no se resuelve, con Irán golpeando bases estadounidenses en el Golfo y con el estrecho de Ormuz convertido en el centro de un enfrentamiento que puede prolongarse mucho más de lo que la Casa Blanca admite y desea.
La nueva escalada llega además con un problema político interno para Trump: la guerra con Irán sigue siendo impopular entre los estadounidenses. Según un promedio actualizado el 9 de julio, sólo un 36% apoya el conflicto, frente a un 57% que se opone. Ante unas elecciones parciales, las de noviembre, un panorama poco halagüeño para el presidente.