¿Deberían volver las barracas al centro de Pamplona?
Doce horas después del Pobre de Mí, el alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, lanzaba la propuesta para los Sanfermines del año que viene de trasladar el recinto ferial de nuevo al centro de la ciudad. La ubicación que se baraja es la de los fosos de la Ciudadela, aunque no es la única posible.
A favor
Adriana Ollo
Las barracas, al centro
Las barracas han sido un referente para las fiestas de San Fermín. Punto de encuentro familiar y también de amigos sobre todo en plena adolescencia, y una cita casi obligada después de los fuegos artificiales, cuando muchas de las miles de personas que habían contemplado el espectáculo se veían prácticamente obligadas a pasar por el recinto para acercarse al Casco Antiguo. Tienen razón los feriantes cuando lamentan que hace casi una década fueron desplazados del centro festivo al barrio de la Rochapea, pese a que apenas les separan unas decenas de metros del Casco Antiguo. Ellos defienden, como también lo hicieron en su día los colectivos de Gora Iruña, enclavados también en la Rochapea durante unos años y ahora repartidos por varios escenarios del centro de la fiesta, que quieren volver a la meseta. El problema está ahora en buscar la mejor localización, la que menos afecciones provoque, y en ese cometido será el Ayuntamiento de Pamplona el que tenga que mojarse.
En contra
José Mari Belcos
Una decisión innecesaria
Después de diez años, la situación de las barracas en la Rochapea ya estaba naturalizada y las quejas iniciales habían descendido notablemente -las quejas, con razón, nunca se extinguen-. Todo el mundo se había acostumbrado a que las barracas se situaran en la parte baja de la ciudad, de modo que, ahora, la decisión anunciada por Asiron causa cuando menos sorpresa. Volver a subir las barracas al centro de Pamplona supone saturar más un espacio que, durante San Fermín ya está suficientemente saturado. Además, independiente del lugar que se elija, las molestias -y, con ellas, las quejas- van a regresar, ya sea por el ruido que tendrán que soportar los nuevos vecinos de los feriantes o por la afección que supondrá a algo tan querido como los fuegos artificiales. Si lo que se pretende es reavivar el fuego de unas fiestas venidas irremediablemente a menos, camuflar la ausencia de gente concentrándola a toda en el mismo lugar no parece la mejor solución. Lo dicho: una decisión innecesaria.