La vida desde la sordera

Laura Arribas Berendson. Madre de un chico sordo

Publicado el 26/09/2026 a las 08:29

Tenemos un hijo sordo. El diagnóstico fue certero y atravesó nuestros oídos sin tiempo de reaccionar. “Son de majícos”, nos dijo la enfermera mientras desconectaba los cables de los Potenciales Evocados que se utilizaban en esa época, hace 43 años, para detectar con exactitud la hipoacusia bilateral profunda en un bebé de 2 meses. “No dejéis de hablarle nunca”. Nos animaron las enfermeras, ángeles de la guarda en momentos cruciales. Luego aparecerían Nacha Medina y Mariangeles Soler, dos logopedas extraordinarias que sustentaron un trabajo en equipo durante muchos años. ¡Gracias!

Nos encontramos, así, frente a minusvalía grave y compleja, que exigía una nueva pedagogía. Una nueva manera de conocer y de aprender. Un trabajo que exigía tiempo, paciencia y una capacidad de observación por encima de lo habitual. Descubrimos, como dijo Roberto Cabezas en su artículo en este mismo diario, La memoria del mar, que ellos- nuestros hijos- vienen a enseñarnos a mirar el mundo de nuevo, de otra manera. Con Aristóteles descubrimos que había una relación muy estrecha entre oír, hablar y aprender. Y observar, añadimos. Así que empezamos a trabajar. El nuevo guion nos exigió dejar de lado el concepto de objetivos y resultados.

Aparcamos la idea de rendimiento y éxito, y nos centramos en dar los pasos como se iban presentando, sin prisas. Gatear, andar, las fichas de animales y objetos en todas las paredes, la visita al aeropuerto para tocar el avión y ver cómo despega y vuela, las gallinas en la granja del vecino, el baño en el mar, los coches, etc...

Hasta que un día ¡aparecen las palabras! A partir de “agua”, tras una semana entera de jugar con su hermana mojados hasta los zapatos, empezaron a salir, a borbotones, de forma mágica y empezó el milagro de la comunicación, de llamar a cada cosa por su nombre, como si todo hubiera estado esperando a la palabra mágica del agua. Descubrió el habla. Su hermana mayor fue su mejor aliada en esos primeros años de vida, y después. Y la familia entera. Luego vinieron los discursos esquematizados, con subtítulos, la adaptación de los currículos, los subtítulos en el cine… Queda por conseguir los subtítulos en las clases, en las homilias, en los soportes públicos. Y lo mejor que se puede tener, un amigo al lado que les diga por dónde va el discurso, de qué están hablando. Al sordo le toca poner el esfuerzo de atención que, al final del día, le resulta agotador.

“Todos mis amigos aprueban la filosofía, -nos dijo cabizbajo una tarde al volver del colegio-, menos yo. Pero, una cosa, me he dado cuenta de que el único que filosofa soy yo”. ¿Qué más podíamos querer? Para nosotros eso era un sobresaliente, ajeno a los sistemas de evaluación del colegio que no captaban el esfuerzo y el empeño de un chaval, ante una pérdida auditiva de ese calibre. Los profesores creían que, al hablar tan bien, no tenía problema. Sin embargo, la dificultad latía en todos los escenarios de su vida.

Mañana celebramos el Día Internacional de las Personas Sordas. Un aniversario más que queremos que sirva para sacar a la luz y dar a conocer esta minusvalía que, como no se ve y pasa desapercibida, no se le atiende adecuadamente. Una minusvalía para la que las barreras siguen presentes.

Alrededor de 500 niños con alguna deficiencia auditiva viven en Navarra. Unas 16.000 personas en total. ¿Qué dificultades tienen en su vida cotidiana? Todas merecen un reconocimiento que alivie su lucha diaria por la vida. En España son alrededor de 1.230.000 personas sordas y unos 3.400 niños entre dos y cinco años. Los sordos perciben el mensaje fragmentado, se pierden las palabras y es imposible hilar un mensaje coherente. Si quiere el lector hacer una prueba, le invito. Coge dos folios con un texto que tienes que aprender y tacha con un rotulador negro el 80% de las palabras. Luego intenta leer y entender lo que dice. O ponte a ver la televisión, con el volumen apagado y sin subtítulos. Así es como perciben el lenguaje los sordos.

Así es como se les presenta el mundo. A trozos. Muy difícil de entender. Vivimos en una gran paradoja. Por un lado, una sociedad en la que los oyentes cada vez nos escuchamos menos; y por otro, un colectivo que se desespera por escuchar. El Día de las Personas Sordas puede servir también para que, quienes oímos, comprendamos el privilegio que supone escuchar una voz y la responsabilidad que supone prestarle atención.

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