La institución sanitario-administrativa y sus rarezas

Sergio Burguete Gallo

Publicado el 22/08/2026 a las 08:29

Si de mi criterio dependiera —y desde la hondura madura donde convergen la responsabilidad que me asiste y la inteligencia emocional que me sostiene—, aquellos altos cargos de la administración sanitario-institucional, ascendidos no por mérito, sino por el dedo ideológico que gobierna el turno, serían, sin titubeo ni demora, fulminantemente apartados cuando incurrieran en la omisión de los deberes y obligaciones que jamás pueden desligarse del rango que ostentan.

Lo que para una parte de la ciudadanía constituye un haz de derechos inviolables, para otra se convierte en un conjunto de exigencias que las estructuras sanitarias deben cumplir con rigor, método y veracidad documental.

Porque es deber institucional garantizar una continuidad asistencial coherente, evitar denegaciones encubiertas, actuar con diligencia y emitir documentación formal, reglada y ajustada a derecho. El paciente tiene derecho a recibir información avalada por soporte documental oficial, no relatos oficiosos ni versiones que se aparten de lo que la historia clínica refleja con precisión.

Demasiadas veces estas obligaciones se vulneran con el único fin de proteger al engranaje de sus propios errores.

Y aquí surge una reflexión inevitable: equivocaciones cometemos todos, pero un ser humano con empatía -y con un sistema digno- corrige sus fallos. No los oculta. No los maquilla. No los transforma en aciertos ni en tampoco en verdades decretadas.

Cuando una institución prefiere enmascarar lo cierto, nos encontramos ante un modelo ruin, mezquino y cobarde, que renuncia a la ética que debería sostenerlo.

Si estas dejaciones y disfunciones se ejecutan a propósito, mediante decisiones conscientes, entonces estamos ante el ocaso de un aparato que pudo fundarse en el criterio, el método, la técnica, la empatía y la dignidad.

Sin apenas advertirlo, lo han reducido a una quimera con atisbos de rarezas, difícilmente transformable en realidad sin un viraje moral de proporciones estratosféricas.

Y concluyo: cuando un sistema olvida que su razón de ser es el paciente, ese sistema se marchita. Pero cuando el paciente recuerda que su conciencia es su único territorio soberano y actúa movido por la defensa de la verdad, entonces la estructura que parecía inamovible comienza a temblar.

Porque la verdad, incluso cuando nace en un susurro, puede crecer hasta convertirse en un estallido que desgarra el silencio, incendia la penumbra y derriba —como un coloso que despierta— todo aquello que se creía eterno.

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