Dudas en la gestión de las nuevas zonas verdes
Publicado el 20/06/2026 a las 08:17
Paseando por la nueva zona de Arrosadía -una plaza y sus calles colindantes construidas hace apenas unos años- me llamó la atención el estado de los alcorques y pequeños espacios ajardinados. Lejos de una imagen de mantenimiento cuidado o diseño urbano visible, estos espacios presentan vegetación espontánea crecida de forma irregular, con hierbas altas ya secas en algunos casos, ocupando prácticamente todo el entorno del arbolado, así como las zonas de juntas entre baldosas en la plaza aledaña a la calle Xavier Mina y calle Pablo Antoñana.Ante esta situación, trasladé una consulta al servicio municipal de jardinería del Ayuntamiento con el objetivo de conocer si este estado respondía a un criterio técnico concreto o a una cuestión de mantenimiento. La respuesta recibida indica que el servicio de Jardines “lleva a cabo los trabajos de mantenimiento según criterios técnicos” y que “se está apostando por los alcorques vivos, transformando estos espacios en microhábitats de biodiversidad”.
Añade además que “una vez la hierba se agoste y la disponibilidad de medios lo permita, se procederá a su desbroce”. Es precisamente en esta respuesta donde surge la principal duda. En la zona observada, parte de la vegetación se encuentra ya claramente agostada, seca, en los propios alcorques. Si el criterio técnico anunciado establece que el desbroce se realizará cuando la hierba se seque, cabría esperar que dicha intervención ya se hubiera producido, o al menos estuviera planificada de forma inminente.
Sin embargo, la actuación queda condicionada también a la “disponibilidad de medios”, una expresión que introduce un factor ajeno al criterio técnico de biodiversidad y que remite inevitablemente a limitaciones de recursos o de planificación operativa. De este modo, se genera una cierta ambigüedad: no queda claro si nos encontramos ante un modelo definido de naturalización urbana, con criterios precisos y planificados de intervención, o ante una reducción de tareas de mantenimiento que se justifica bajo el paraguas de la biodiversidad y que en realidad corresponde a una falta de presupuestos municipales para mantener las nuevas urbanizaciones.
No se trata de cuestionar la incorporación de estrategias de renaturalización en las ciudades, algo cada vez más extendido y con beneficios ambientales evidentes. La cuestión de fondo es la falta de concreción: qué espacios están diseñados para evolucionar como alcorques vivos, con qué criterios se decide la intervención, y con qué periodicidad se realiza el mantenimiento. Cuando estas preguntas no tienen respuesta clara, el riesgo es que la ciudadanía perciba como “modelo de biodiversidad” lo que en realidad puede ser una ausencia de definición operativa y de recursos para el mantenimiento urbano.
Una ciudad no solo se construye con nuevas infraestructuras, sino también con la claridad de cómo se cuidan después. Y en ese punto, la transparencia sobre el modelo de gestión es tan importante como el propio modelo.